martes, 25 de agosto de 2009

Tormenta de verano

Aunque cualquiera diría que aún es pronto para afirmarlo, esas manchas nubosas en el horizonte, esos vientos súbitos, traen consigo el final del verano.
La atmósfera está ya demasiado caliente, contiene demasiada energía, acumulada durante los límpidos días azules de estos últimos tres meses. Es hora de la descarga, de esas lluvias tórridas que no refrescan nada, de goterones grandes y calientes como las aguas de una piscina nocturna.

Para mí es uno de los mejores momentos del año pero, como todo cenit, es también el preludio de un descenso, de un sol que ya se aleja y unos días cada vez más cortos. Y hay algo de pérdida irremisible en esos días.
En una madrugada de finales del verano de 2002 escribí uno de esos microrelatos de los que tanto abusaba entonces y que formaba parte de un cuarteto dedicado a las estaciones. En principio es un pequeño relato sobre el placer de la lectura, dedicado a esos libros estivales que recordamos luego toda la vida, pero creo que también contiene -y ahora que estoy lejos de allí me doy perfecta cuenta- una esencia de Madrid, del Madrid despoblado, seco y caluroso, que aún vacío subsiste en el centro de la península antes de que su población ingente regrese de las playas conquistadas y arrasadas del Levante. Espero sinceramente que os guste.


El verano

Fue un verano tórrido. Las mujeres caminaban medio descalzas, con vestidos de tela suave y etérea, y los hombres sudaban en sus camisas y se abrían sofocados los primeros botones de la pechera. Entre el canto de las chicharras, el asfalto se fundía en las avenidas, los árboles no daban sombra y las calles se quedaban a media tarde desiertas, vacías. Y aunque las tormentas eran frecuentes, incluso la lluvia que caía entonces era tibia, y el calor volvía luego con más fuerza que antes.
Aquellas tormentas estivales llegaban a veces de madrugada, en mitad de la calma y el bochorno y cuando eran los grillos, y no las cigarras, quienes cantaban. En noches como aquellas, incapaz de dormir, yacía en mi cama destapado y semidesnudo, con la pequeña lamparita encendida sobre un libro. Y entre página y página llegaba hasta mi el siseo de los aspersores del jardín, hasta que por encima de todos los demás susurros nocturnos se escuchaba de pronto el bramido de un trueno lejano. Como asustados, los grillos del jardín callaban. La noche quieta, el tiempo dormido y yo despierto, leyendo mi libro.
En el silencio recién creado una suave brisa mecía los visillos de mi cuarto, junto a la ventana abierta, y un aire cálido y húmedo se colaba en la habitación con su promesa de agua y el leve aroma de una tierra distante y mojada. Y entonces comenzaba a oírse el viento, silbando entre las fachadas de los edificios, aullando como un loco que ha escapado a su encierro. Soplaba sobre el mundo como un preludio a la tormenta y agitaba vigoroso a su paso las hojas de los árboles cimbreantes, batiendo también los toldos de las terrazas y balcones que no habían sido alzados a la puesta del sol y que ahora temblaban y chirriaban, débilmente sujetos a sus goznes de metal. El fragor de los truenos se acercaba, rompían tan cerca que a veces los cristales de las ventanas y los adornos de las estanterías vibraban y, en la breve quietud que reinaba entre un estruendo y otro, se oían puertas que, empujadas por poderosas corrientes, se cerraban de golpe en el silencio oscuro y vacío de apartamentos colindantes.
No recuerdo la madrugada exacta, pero sí que fue en una de esas noches, mientras esperaba la lluvia ardiente, que leí la historia olvidada de un hombre que dormía de día y leía de noche.

viernes, 31 de julio de 2009

A Madrid por el Paso del Suroeste


Ver A Madrid en un mapa más grande

A Madrid va uno cuando la necesidad de afecto materno apremia, cuando un percance ha ocurrido o cuando desde la última vez ha transcurrido un tiempo excesivo. Y cualquier medio puede llevarte allí, pues en Madrid acaban todas las rutas aéreas, todas las líneas de ferrocarril. Diríase que todos los caminos conducen allí, y más si eres un expatriado, un prófugo o, como dice la canción de Sabina, un fugitivo.

En mi caso, viajaré esta vez al centro de la península por motivos personales, quiero darle un abrazo a alguien y decirle que la tierra no se hundirá bajo sus pies. Pero antes he de llegar allí y para ello he escogido la ruta más larga, el camino más tortuoso pero también el que tiene un mayor valor iniciático. Porque eso debiera ser todo viaje, un descubrimiento, una aventura, un temblor en nuestra rutina que sacuda los sentidos. Y todo lo demás debiera llamarse “traslado”, porque no pasa de ahí.

Mañana por la mañana, pertrechado con mi cazadora de verano y un pequeño equipaje, me calaré el casco, las gafas de sol y saldré del garaje con mi motocicleta dispuesto a abrir el que yo llamo, irrisoriamente, el Paso del Suroeste: una vía que hipotéticamente une Barcelona y Madrid siguiendo una línea recta. Esto implica atravesar por carreteras comarcales las provincias de Barcelona, Tarragona, Teruel y Guadalajara, con lo que espero encontrar -imagino que no dragones ni damiselas- pero sí hermosos parajes, ríos, valles, montañas y llanuras infinitas de nubes sombreadas. Espero ver las vides con su fruto perlado dorándose al sol, encinas solitarias y colinas sembradas de girasoles a ambos lados de la carretera. Llevo conmigo mi cámara y no perderé ocasión de detenerme donde una postal me lo pida.
Sí, mañana tengo un viaje, a Madrid.

jueves, 7 de mayo de 2009

Primavera

Hace ya bastantes primaveras que escribí este “micro-relato” que formaba parte de un cuarteto dedicado a las estaciones y que si no recuerdo mal salió publicado en uno de los últimos números de la revista de la facultad. Desde entonces, la llegada de esta estación y el asentamiento de los primeros días reales del buen tiempo siempre me lo recuerdan, quizás últimamente con más fuerza puesto que este diminuto relato, esta escena, con su escueta ambientación y su fotografía, tienen para mí algo del Madrid que más echo a faltar.


La primavera

En cierta ocasión, un amigo me relataba en un bar el encuentro fortuito que tuvo con una chica a quien él profesaba un amor desmedido. Me habló de cómo una mañana la vio salir de un portal, por casualidad, y la paró, de cómo hablaron largo rato varados en la acera, a la sombra de unos árboles de primavera, y también me contó, entre cerveza y cerveza, cómo fue que la conoció, cómo que empezó a amarla y por qué razón. Me confesó que algunos días podía charlar con ella animadamente y, muchos otros, sintiéndose triste o alicaído, era incapaz de decirle nada por miedo a que ella no le encontrara entretenido. Aquel día, a la salida de aquel portal, ella sonreía y le escuchaba divertida, se pasaba de vez en cuando los dedos por el cabello castaño, suavemente acariciado por una ligera brisa y, entre risa y risa, respiraba profundamente dentro de su blusa entallada. Mas al poco ella miró su reloj, distrajo su atención hacia el final de la calle y agitó el brazo en dirección a un coche rojo que vino a detenerse junto a ellos. Del coche salió un muchacho apuesto y bien vestido que, una vez hechas las presentaciones, la tomó de la mano y se la llevó.

Miré a mi amigo por encima de mi cerveza, sin saber bien qué decir. “ ¿ Sabes ? -me explicó por encima de la suya con ojos lacrimosos que yo no sabía si atribuir al alcohol o a su corazón lastimado- lo peor de todo es que aquel día estuve brillante ”.

domingo, 5 de abril de 2009

Origen de la memoria


A través de un viejo compañero del colegio que me encontró recientemente en esa macro-indiscreta base de datos que es Facebook, me llega, 27 años después, esta fotografía que ni la memoria más persistente hubiera podido o sabido retener. O eso pensaba.
Porque nada más recibirla, mientras calculaba mentalmente el año en que fue tomada y obtenía un sorprendente 1981, empecé a recitar en un murmullo, uno a uno y sin ningún atisbo de duda, los nombres de todos esos niños y niñas, de sólo 6 o 7 años, que fueron mis compañeros en 1º de EGB.

Y de pronto no son sólo los colores desvaídos de esta imagen de los 80, como el sepia de las fotos del siglo XIX, los que me recuerdan aquellos años de escuela, sino cada rostro y cada historia impresa en él, cada apresurada carrera hacia el patio, al terminar la clase de la mañana, cada partida de chapas o de canicas, cada sonrojo ante una de aquellas niñas a las que escandalizaban nuestras palabrotas, en una época en la que los meses transcurrían lentos como eones y cada día era una aventura eterna.

No sé si mis allegados me reconocerán. Tercera fila, arriba, en el centro, con un estrambótico jersey a rayas horizontales por el que mañana mismo exigiré explicaciones a mi madre. A mi izquierda, bajito y con su largo tupé, está mi mejor amigo de entonces, Ángel Luis Arévalo, con quien compartía una sensibilidad y una visión estética y enriquecedora del mundo que cambié, como cromos de fútbol, por la amistad de otro chico más popular y que luego resultó ser uno de esos falsos líderes a los que todos hemos seguido por error alguna vez. Ángel Luis abandonó la escuela pocos años después, porque su madre, que se había vuelto a casar, se mudaba con su nuevo marido a Albacete, y yo, con esa crueldad ciega de la que sólo son capaces los niños, vi llegar y pasar el día de su marcha sin despedirme siquiera de él.

En la primera fila, la de más abajo, casi en el extremo de la fotografía, está María del Mar Díaz Ruiz. Esa niña menuda, de cabellos rubios y rizados en bello contraste con su chándal azul, fue, como se suele decir, mi primer amor, y, como casi todos los que tuve después, más platónico que correspondido. Cuatro cursos más tarde sus padres la cambiaron de colegio y eso me produciría la primera experiencia sentimentalmente dolorosa de mi vida. Aún hoy no me atrevo a valorar cómo influyó eso en mi actual forma de ser o incluso de escribir pero sí recuerdo que muchos, muchos años después, caminaba por la acera con un amigo de la universidad cuando tropecé con su rostro, de la misma belleza que yo recordaba, y bajé la cabeza fingiendo no haberla reconocido. No se si eso prueba que soy un cobarde, pero sí desde luego que podemos ser de adultos infinitamente más estúpidos que de niños.

No puedo dejar de escribir tampoco sobre la chica de blanco junto a María del Mar, de nombre Nadia Blázquez, pues con ella llenaría el hueco que años antes dejara su amiga y compañera. Nadia era de esas chicas cuyas condiciones en la vida -padres separados, algún que otro problema en casa- volvían excepcionalmente madura para su edad. Mientras los demás pedíamos permiso para volver a casa más tarde de las 8, ella ya cogía el metro sola y vivía sin limitaciones ni horarios. Me enamoré de ella en la fiesta de su doce cumpleaños, mientras bailábamos abrazados con la música de Eros Ramazzoti, en el salón de su casa, y ese mismo año tuve con ella mi primera cita, si bien estoy seguro que ella no la consideró nunca como tal, pues acudió en compañía de un libro que no dudó en decirme que traía por si se aburría. Salimos algunas veces más durante aquella primavera de interminables huelgas del profesorado en las que los alumnos vagábamos sueltos y libres por la ciudad, sentándonos en bancos de calles tan lejanas de casa y del colegio como nuestro temor a lo desconocido y a una invisible frontera nos permitía descubrir.
Nadia era preciosa pero yo nunca me atreví a tomarla siquiera de la mano, aunque lo deseara fervientemente cuando, al cruzar una calle o esquivar al gentío de una acera atestada, nos rozábamos levemente. No fue hasta el año siguiente que supe, por uno de esos amigos envidiosos, que ese mismo verano en que yo soñaba con rozar su piel ella retozaba ya sobre la hierba de una piscina municipal con uno de aquellos chicos nuevos y malotes que habían entrado ese año en el colegio. No me sorprendió tanto enterarme de aquello como descubrir lo que implicaba: que se había acabado la inocencia, que entrábamos todos, yo el último como siempre, en la adolescencia.

Finalmente -se lo debo a ella y a mi mismo- en el extremo derecho de la segunda fila está Diana. Era de esas chicas atractivas pero algo rellenita que terminaba siendo la confidente de todos los chicos antes que la causa de sus desvelos. No sé cómo llevaba ella eso, egoístamente nunca se lo pregunté: yo le hacía depositaria de mis secretos “Me gusta María del Mar” -le decía- pero nunca le preguntaba sobre los suyos. A veces tenía la sospecha, contrariado, de que era yo por quien ella suspiraba. La amistad de nuestras madres y la proximidad de nuestros hogares nos convirtieron en muy buenos amigos y siempre volvíamos a casa juntos, arrastrando a nuestros hermanos pequeños y cotilleando sobre los compañeros de clase.
Cuatro años después del instante en que aquí la veis retratada, cuando contaba tan sólo diez años de edad, su casa saltó por los aires al explosionar el gas que debido a una fuga se había ido acumulando en las escaleras del edificio durante horas, horas en las que seguramente ella y yo corríamos por el patio o volvíamos contentos a casa desde el colegio, y que detonó esa tarde bajo la presión del dedo inocente de un cartero que llamó al portero automático. Ella fue la única víctima mortal. Y el resto de su familia vivió para llorar su muerte y rozar la locura y abandonar para siempre aquel barrio y aquella escuela que yo ahora me empeño en recordar.

Es increíble. Miro de nuevo la foto y la veo realmente como un almacén de la memoria, el origen de tantas historias, no sólo la mía… Como dice esa tremenda película de Sergio Leone: “Conoces a los ganadores en la línea de salida”. Sí, pero también a los perdedores, y a los que no serán ni una cosa ni la otra, que son la mayoría y que seguramente siguen hoy con la multiplicidad y complejidad caleidoscópica de sus vidas, vidas que se extienden y se ramifican a partir de esta simple fotografía.

Profesora Iciar, Raquel, Blanca, Alicia, Ángel Luis, Pablo, Eduardo, Juan, Oscar, Daniel, MariPaz, Alicia, Helena, Olga, Rodrigo, Mónica, Nuria, Alejandro, Marcos, Fernando, Ignacio (Nacho), Miguel Ángel, Diana, Nadia, María del Mar, Ana, Inés, Diego, Israel, Encarna, Carlos, Alberto y Víctor, desde estas líneas yo os recuerdo y os honro a todos, a los que aún vivís y a los que ya no estáis, sois parte de la memoria, de mi memoria, única depositaria de lo que he sido y aún debo ser, hasta el día en que yo mismo exista sólo como eso, como fotografía, como origen de otra memoria.

viernes, 6 de marzo de 2009

Estic malalt: dolor y enfermedad


Así es, enfermo. Otra vez mi estómago, como no. En la que empieza a ser una rutina de mis días (y mis noches), al menos cuatro veces al año cojo una buena gastroenteritis, alguna clase de infección estomacal, un cólico o una indigestión que se complica y me hace expulsar las entrañas durante horas para dejarme luego postrado y febril durante dos o tres jornadas, a veces laborables y otras, para mayor escarnio, festivas.

La debilidad de mi estómago se ha ido haciendo patente desde mi juventud y ahora que empiezo a entrar en eso que llaman la mediana edad se reafirma como uno de los males, junto a los dolores de espalda, que prometen hacerse endémicos y propios, íntimamente personales, y que serán seguramente quienes me den guerra sin cuartel en la vejez.
Con el tiempo aprende uno a sobrellevarlos con cierta dignidad, salvo tal vez por el absentismo laboral que provocan y que siempre me ha causado algo de vergüenza, no tanto porque piense que cabe aún hacer algo con este estómago mío como por el hecho de comprobar que a ningún otro compañero le ocurre, lo que establece una comparación tan ridícula como pusilánime en la que lucho en desventaja.
Quizás lo que más me fascina (“fascina”, por dejar de usar palabras derrotistas, ahora que ya cedió la fiebre y he probado mi primer y delicioso trozo de pan tostado), es comprobar que mientras se halla uno inmerso en estos episodios de dolor y enfermedad, incluso cuando son tan efímeros como una noche de continuados vómitos biliares, puede uno prometer y de hecho promete lo que haga falta, se arrodilla ante dioses en los que no cree y jura erigir monumentos colosales a quienes sostienen nuestra mano o nuestra frente cuando esta se inclina o se introduce por completo en la blanca vacuidad del inodoro. Todo, lo daríamos todo, con tal de que el dolor o la nausea desaparecieran, y no puede uno creer entonces, mientras el esófago arde y se contrae, que el final de ese padecer esté cerca, que en realidad no vayan a ser sino unas pocas horas de sufrimiento, tras las cuales todo lo prometido, todo lo escrito en este párrafo incluso, parecerá exagerado.

Pero sin duda, si he de quedarme con alguna conclusión de estas últimas 48 horas, el perfecto candidato sería ese ya familiar momento, entre arcada y arcada, en los que la enfermedad nos da un respiro, un alivio, una muestra de piedad, y se detiene uno a pensar en lo maravilloso y a la vez milagroso que es realmente el estado opuesto a aquel en el que ahora está: el de la salud, el de los otros 350 días del año que pasamos en perfecta y equilibrada armonía con el mundo, sin una fiebre, sin un vómito, sin un dolor, y que nunca, nunca, llegamos a apreciar y agradecer lo suficiente.
Así que ahora, mientras digiero el mendrugo de pan de esta mañana, mientras empiezo a pensar en las tareas que tengo por delante, en ventilar la habitación, en la posibilidad de una ducha larga y caliente que acabe con la quema de mi actual pijama, en recuperar, en definitiva, la vida que el miércoles dejé en suspenso, doy gracias a los astros y a los dioses, reales e inventados, por concederme la salud y la dicha de un cuerpo que puede olvidar y desdeñar la enfermedad el 95,89% del tiempo que pasa en este mundo, para concentrarse en la salida del sol, en el desorden de mi casa, en el libro que estaba leyendo, en el protocolo NTP, en los tímidos inicios de la primavera.

lunes, 2 de febrero de 2009

Esta imagen, aquel momento


Dios, resulta tan difícil precisar. ¿Fue en el verano de 1996 o en el de 1997?. La verdad es que tampoco me importa demasiado. En aquellos primeros años de carrera, mis compañeros de Físicas y yo tomamos la costumbre de buscar siempre algún tipo de pequeña aventura al finalizar los exámenes de junio. Aquel año, con julio en ciernes, un grupo mixto de nueve o diez hicimos nuestra primera escala en Fuente De, al sur de los Picos de Europa. La idea era cruzar el macizo de sur a norte para alcanzar el llano y acabar bañándonos en las aguas azul oscuro del Cantábrico. No lo conseguimos, aquellos viejos glaciares eran difíciles de sortear, alguno pensó incluso que no saldría de allí y tuvimos que retroceder… pero esa es otra historia.

En uno de aquellos primeros momentos en los que todo era novedad y diversión, mi amiga Noemí tomó esta instantánea de mí, de mi yo de entonces. Ahí estoy, con mi viejo polo del equipo de tenis y unos ridículos shorts, literalmente entre la tierra y el cielo, en la que parece ser la cúspide del mundo. La imagen, aún siendo ésta una reproducción digital de un negativo de los de antes, conserva su esencia, su materia no gráfica, esa milagrosa e irreverente proximidad con la persona fotografiada que en otro tiempo hizo temer y creer a los pueblos indígenas que aquellas imágenes planas capturaban y robaban una parte de sus almas. Miro la fotografía y pienso que en mi caso así fue: una parte de mi alma está contenida en la sonrisa, y otra en el guiño de los ojos, heridos por el sol. Y todo el conjunto me resulta tan evidente y a la vez tan inexplorado como la tierra que subyace allá abajo, tan profundo como el cielo que se extiende detrás, tan misterioso como el destino del tiempo que ha trascurrido desde entonces.

domingo, 25 de enero de 2009

Viento del Oeste

En la península ibérica y por extensión en toda Europa Occidental, desde tiempos anteriores a las primeras culturas del Mediterráneo, la meteorología se ha caracterizado siempre por un trasiego periódico de frentes (siempre en pareja, primero uno cálido, luego otro frío) asociados a borrascas que se desplazan en la dirección de los vientos de latitudes medias, es decir, de oeste a este (en realidad, siguen el sentido de rotación de la Tierra, ya que en última instancia esa es precisamente su causa). Así que desde los primeros hombres de la prehistoria a los actuales meteorólogos, pasando por los campesinos del medievo, todos han mirado siempre hacia el oeste en busca de los cambios del tiempo.

Aunque siguiendo una dirección común, cada borrasca tiene su configuración isobárica propia y la que ha rozado el norte de España en las últimas 48 horas era una depresión especialmente profunda (por debajo de 980hPa en superficie) y que se hallaba “comprimida” por altas presiones desde el sur, acortándose el espacio entre las isobaras y disponiéndolas en línea recta, como trazadas con la regla de un escolar, a lo largo de cientos de kilómetros (si las isobaras hubieran sido curvas, aún con mayor gradiente de presión, los vientos que las siguen se habrían frenado por una cuestión inercial).

Los errores en las predicciones meteorológicas son con frecuencia el blanco de muchas y airadas críticas, a menudo por personas que olvidan mencionarlas cuando sí aciertan, que son la mayor parte de los días de nuestra vida. A diferencia de lo que en ocasiones puede ocurrir con otros fenómenos meteorológicos que se producen o alcanzan su máximo desarrollo en un corto espacio de tiempo (como las temibles y legendarias galernas del Cantábrico) o los que afectan a pequeñas extensiones de terreno (como la gota fría del Mediterráneo), esta última borrasca, su configuración isobárica, su potencia, había sido ya anticipada. Estaba en la página de la Agencia Estatal de Meteorología, estaba en los telediarios y en varios periódicos. La pregunta entonces es, ¿por qué 48 horas después estamos lamentando la muerte de 12 personas, incluyendo 4 niños, a causa de este temporal? La respuesta, en mi opinión, es una mezcla de las palabras incredulidad, indiferencia e inacción.

Cuando vivía en Carolina del norte, Estados Unidos, era relativamente común la formación de tornados (no tanto como en Kansas y el centro del país, ¿verdad Dorothy?). Un tornado es un fenómeno local, ni siquiera mesoescalar, y es virtualmente imposible averiguar dónde y en qué momento se va a originar o hacia donde se dirigirá una vez formado. Sin embargo, sí se conoce la situación atmosférica que antecede la formación de tornados, y en Estados Unidos, cuando ésta es detectada, la radio, la televisión y todo medio de comunicación que radie en la zona afectada, interrumpe su retrasmisión, olvida los lucrativos anuncios, y comienza a repetir continuos y cansinos mensajes de alerta a la población. Los más temerosos de los oyentes (como yo aquel día que estaba solo en casa) acaban metidos en la bañera y cubiertos de cojines hasta arriba, mientras que los menos precavidos continúan haciendo zapping en el salón. Lo que no hacen de ninguna forma los rudos hombres de aquel país es subir en ese momento a retirar la hojarasca seca de las canaletas obstruidas del tejado. Todo el mundo suspende sus actividades: en los colegios suenan los timbres fuera de hora y los chavales corren ordenadamente a refugiarse en el sótano de la escuela, y en su casa las bellas divorciadas y su american beauty dejan de lado ese día la jardinería, abandonando la poda de sus orquídeas, para refugiarse en el interior de su aséptico hogar.

En España tuvimos suerte, lo peor del temporal ocurrió de noche y en las primeras horas de la mañana de un sábado, mientras la población dormía o se desperezaba lentamente. De haber sido un martes a las siete de la tarde, 4x12 habrían sido las muertes causadas. Pero de nuevo, ¿hay culpables?, o mejor planteado, ¿podrían haberse reducido las calamidades?, ¿quién podría haberlas reducido?

Este país es geográficamente privilegiado: vivimos en latitudes medias, de temperaturas suaves todo el año, lejos de las latitudes tropicales que a veces envidiamos pero que sufren tres o cuatro veces por año el envite de los huracanes, lejos de los monzones y sus inundaciones, incluso lejos de peligrosos bordes tectónicos que causan seísmos y tsunamis. Sí, tenemos suerte, y la valoremos o no, lo cierto es que estamos acostumbrados, y el anuncio de fenómenos naturales o meteorológicos adversos nos provoca asombro, curiosidad o incredulidad antes que temor. Esto nos ocurre también porque no somos objetivos: mientras acudimos al trabajo una mañana de lunes o encendemos la tele un viernes por la tarde nos preocupa el tráfico o si retransmitirán el partido, pero no estamos midiendo peculiares vientos de 180 Km/h en el Atlántico, ni observando una boya-sonda subir y bajar 12 metros sobre el nivel medio del mar. No, nosotros no, pero el Estado sí.




Un Estado responsable, uno que recuerde que es su tarea garantizar la seguridad de su población, que por esa razón crea y mantiene con el dinero de todos un ejército, que presta fondos al desempleo, que garantiza los depósitos bancarios o prohíbe la conducción bajo los efectos del alcohol, no puede cometer la torpeza de no estar atento a fenómenos naturales que generan victimas mortales como los de estos días. Y más aún teniendo a su disposición una Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) cuya máxima, como reza su página web, es “contribuir a la seguridad de personas y bienes”.


Para un Estado responsable, la primera actuación habría sido alertar a la población, difundir al máximo la alarma constatada por la AEMET. No basta con sacarlo en el telediario justo detrás del estreno de un nuevo musical en el teatro Apolo. Hay que inundar a la gente durante unas horas con la información para primero vencer su natural indiferencia hacia lo publicado en los medios (tanta basura y cotilleo, ¿verdad?) y después lograr que den por cierto que la cosa es seria y que existe un riesgo. Papá Estado no puede prohibir a sus hijos salir a la calle –ni yo quisiera que lo hiciera- pero puede como digo promulgar un edicto o decreto que obligue a todos los medios de comunicación, televisión, prensa o radio, a interrumpir cada diez minutos su programación y sus aburridos anuncios con un mensaje de alerta en las ocasiones en que se prevea una situación de peligro local o general para una población. Y por supuesto no puede obligar a cerrar durante seis horas a una empresa privada, pero sí actuar sobre las dependencias que son de su competencia, cerrando una carretera, un aeropuerto, un colegio, un parque infantil o un polideportivo donde los niños, de estar abierto, entrarían a jugar, ignorantes del peligro.

Por eso me crispan las declaraciones del alcalde de Sant Boi (Barcelona) que hoy leo en la prensa a propósito de la muerte de cuatro niños que se entrenaban en un pabellón deportivo de esa localidad y que se derrumbó bajo la fuerza del viento. Sobre todo cuando el propio alcalde basa su exculpabilidad en un edificio bien construido que se vino abajo a acusa de un “viento extremo, tal vez un tornado”. No sé hasta que punto podrá el Sr.Alcalde de Sant Boi conseguir testigos o convencer al Servei Meteorologic de Catalunya para que diga lo contrario, pero mucho me temo que las condiciones de ese día eran de todo menos propicias para un tornado. Lo que estaba ocurriendo había sido avisado, previsto, una borrasca especialmente intensa atravesando el norte de España, sólo eso y nada menos que eso, y el desastre no lo produjo un tornado sino la falta de información y determinación de los políticos para cerrar una instalación publica en unas condiciones de viento excepcionales.
Mientras tanto, sé de cuatro chavales de quienes puedo decir seguro que, coincidan o no, no leerán este artículo.


http://www.abc.es/20090125/nacional-sucesos/vendaval-lleva-vida-cuatro-20090125.html

http://www.lavanguardia.es/sucesos/noticias/20090124/53625938731/el-vendaval-se-cobra-siete-vidas-en-catalunya-cuatro-son-ninos-de-sant-boi.html#nuevoComent

miércoles, 21 de enero de 2009

El turno de Obama


Ayer tarde, después del discurso de investidura de Barack Hussein Obama, escribía en el facebook de mi amigo Juan: “En eso tienes razón, mejor pragmático y trabajador que buen orador!. Aunque en su momento no quise dejarme llevar por el entusiasmo, admito que tengo la esperanza, la ilusión, de unos States distintos, que aprovechen su tremendo poderío para hacer..., no sé, tantas cosas que en el mundo están por hacer.”

Y así es. No me importa el discurso, no me importa su raza, por mí como si quiere tener tres becarias insaciables. Lo que ese hombre tiene que comprender es que ser el Presidente del país más poderoso de la Tierra es una responsabilidad que no puede circunscribirse únicamente a su enorme e imponente nación.

A menudo me ha gustado imaginar unos Estados Unidos que fomentaran y lideraran unas Naciones Unidas donde primara la democracia, donde el número de escaños de un país en ese foro fuera proporcional, entre otros factores, al número de bocas que alimentar, y donde no existiera la aberración, el tremendo absurdo, que supone el “derecho a veto”. Porque, ¿cómo se puede alabar y desear un sistema político para uno mismo y a la vez justificar y avalar su ausencia en el foro internacional?.
Luego pienso en su ejército, lo conozco bien, a los 17 años yo era un pequeño experto en armamento y a punto estuve de alistarme en las fuerzas aéreas a cambio de una beca para estudiar ingeniería aeronáutica en una universidad como Purdue. Es realmente una maquinaria imponente, en todos los terrenos, aire, mar o tierra. Una flota completa, como la Sexta, que tan bien conocemos en el Mediterráneo, tiene mayor poder de fuego que todo el ejército de algunas naciones desarrolladas (como la nuestra). ¿Se imaginan esa maquinaria liderando e impidiendo las masacres ejercutadas por caciques africanos, deteniendo guerras civiles fraticidas, apoyando a fuerzas civiles humanitarias y ejerciendo, en definitiva, no como un ejército imperialista sino como parte de una policía mundial dirigida y supervisada por un parlamento democrático en el seno de las Naciones Unidas?. Seamos sinceros: hay otras naciones que tienen una gran capacidad militar, antes Rusia, pronto China, algún día la India, pero los demás países no esperamos de ellas lo que esperaríamos de Estados Unidos. Por eso nos ha llamado siempre tanto la atención su indiferencia, su apatía e incluso su desprecio por estas cuestiones que plantean un orden mundial más justo. Sin embargo –insisto- Norteamérica ganaría tanto en prestigio, colaboración y cooperación adoptando una postura coherente con la democracia que ensalza y defiende.

Como decía antes, tengo ilusión, pero eso no significa que me haga ilusiones. Obama empezará lo primero por tomar el pulso a asuntos de índole interna. En ese aspecto, tiene cuestiones fundamentales sobre la mesa. La crisis económica es la más notoria y la más difícilmente abordable. Le siguen la sanidad, la educación y el cambio climático. En realidad todas ellas tienen un denominador común –escuche bien Sra. Aguirre- ya que en todos los casos existe en ese país un exceso de liberalismo: bolsas y mercados que rebajan o incrementan el precio de los alimentos hasta el punto de hacerlos parecer ridículos, innecesarios, o imposibles, prohibitivos, como si el mundo no necesitara comer y los repuntes de la bolsa bastaran para alimentarlo; nadie tiene la culpa –claman- ¡es la oferta y la demanda!. Una sanidad que no cubre al desempleado porque presume que en un país con oportunidades para todos nadie está sin empleo si no quiere, ¡cada cual que pague sus gastos médicos!. Una educación que se hunde lentamente -como decía el fallecido Carl Sagan- en la celebración de la estupidez, en la superstición y el Creacionismo, mientras sólo los más afortunados pueden pagarse una educación con miras más amplias, en caras y prestigiosas universidades. Y un sistema energético, derrochador como ninguno, que prefiere –porque le sale más barato, de nuevo oferta y demanda- terminar con las reservas de un combustible del pasado antes que empezar a invertir ya en la creación de alternativas limpias para el futuro. ¡Buff!, buena suerte, Mr. Marshall: sólo encauzar todo eso le llevaría a cualquiera los cuatro años de legislatura. Por eso, no creo que haya grandes cambios, todavía no, en aspectos internacionales. Sencillamente, Obama estará demasiado ocupado. Me conformo en realidad con que, gracias a este nuevo presidente y sus ideas más plurales y avanzadas, los americanos y americanas vayan poco a poco saliendo al mundo, integrándose en él, no invadiéndolo, reconociendo su diversidad y haciendo suya una historia común, planetaria, que nace en los pueblos del valle del Éufrates, hace ocho mil años, y no en el fervor patriótico de los últimos trescientos.
Veamos qué pasa, es el turno de Obama.

domingo, 11 de enero de 2009

Carta a una señorita de Burgos

Un mes de enero de hace ya muchos años, los suficientes para que sólo recuerde la estación y el mes pero no el año, terminé de escribir un relato breve en forma de carta. Tenía todo el sabor de mi personalidad de entonces, la de un universitario triste y bastante leído que buscaba destilar la esencia misma de la literatura. Huelga decir que no lo conseguí, pero de aquella época mohína de mi vida, a parte de algunas zancadillas del amor, saqué esto.


Carta a una señorita de Burgos

Cuan extraños y caprichosos son, Teresa, los senderos que en la memoria llevan a un recuerdo concreto. Así me ocurre a mi con aquel que lleva a la visión de tu rostro, que se me antoja desvaído e indescifrable en cualquier intento de evocarlo durante el día pero que puedo poseer, en cambio, con una precisión y claridad asombrosas, en un instante muy concreto al final de la noche, entre la vigilia y el sueño, cuando despierto y, aún sin abrir los ojos, soy consciente de la existencia de un mundo allá fuera, detrás de la cortina rosada de mis párpados. Sólo en ese momento, tan brillante y efímero, puedo hallar en mi memoria la plenitud de tu rostro, de cada detalle que lo configura, cada gesto, sonrisa o ademán que me llevó a amarlo. Luego, con la naturalidad con que el viento barre las hojas, abro los ojos y la imagen se pierde, se evapora, y no importa que intente o finja dormir de nuevo, tu rostro jamás vuelve. Rendido, me levanto y cumplo con la rutina que se impone en mi vida pero ya todo se reduce a una lenta espera, como un hombre que vive sólo para aguardar la salida del sol cada mañana.
Déjame, Teresa, que te cuente cómo llegó a ocurrir, cómo fue que perdí los últimos retazos de mi cordura.

Por aquel entonces ( en realidad no hace tanto tiempo de eso ), yo tenía mi mundo en orden. Había comenzado un nuevo curso en la facultad, uno más de una larga ristra ya iniciados, y aquel otoño en las aulas me debatía entre la angustia de mi lento avance en los estudios y el orgullo que sentía por el tímido estreno de mi carrera literaria con la publicación de uno de mis relatos en un volumen antológico. Y es que para mí todo se reducía a la luz de los días, a los libros que leía, a los amigos con quienes reía y al mundo hermoso sobre el que a ratos escribía. Tan asentadas me parecían las cosas, y tan suave y calmado su devenir, que no creí que fueran a cambiar: cuando el mundo viene siendo el mismo desde tiempo atrás, uno tiende a pensar que siempre ha sido igual, y al no recordar un pasado distinto, tampoco imagina un futuro muy dispar.
Pero un día subes por la gastada escalinata del aula Rey Pastor y tu mirada tropieza con la de una muchacha de ojos claros. Luego, sin volverla a mirar siquiera, muy tranquilo, dejas tus cosas sobre el pupitre, escuchas los quejidos de la madera al sentarte y contemplas la vista amplia que ofrece el aula. El profesor comienza a divagar junto a la pizarra: sus gestos, sus soniquetes y muletillas, son los de siempre y mientras le escuchas el mundo parece seguir siendo el mismo que era ayer.
Es curioso, jamás somos conscientes del principio de las cosas en el momento en que éstas se producen, no captamos la sutileza con que los pequeños cambios nos advierten y avisan. No se recuerda nunca, por ejemplo, el día exacto en que nació el amor sino que se suceden en la memoria los días, siempre idénticos, en que pudo ocurrir, y con el tiempo se nombra a uno y en mayúsculas se le titula: “ ese día en que me enamoré ”, pero es mentira, no hubo tal día. La rutina que envuelve las cosas no distingue entre dos puestas de sol y el propio astro gira y gira en torno al centro galáctico con la misma signatura. Siempre ha sido así, se olvidan los comienzos y se rememoran con detalle los finales, a los que se vuelve a menudo con una nostalgia obsesiva y recurrente porque suelen ser abruptos y tajantes, imposibles de olvidar. El principio de algo, en cambio, un libro, una película, una historia cualquiera, parece siempre un intento descarado y a veces irrisorio de establecer una conversación entre autor y lector, director y espectador, como cuando yo mismo, Teresa, me acercaba a ti sin casi conocerte y a duras penas lograba balbucir las cuatro palabras con que pedirte los apuntes del viernes o esgrimir cualquier otra excusa que me permitiera hablarte.
Solía sentir en las sienes las palpitaciones del corazón, la boca seca y las palmas sudorosas y nunca escuchaba lo que me decías ( que si eras de Burgos, que si vivías en una residencia de estudiantes, y otras cosas a las que no presté jamás atención ninguna ) pero, una vez pasado el trance, me envanecía de vuelta a casa pensando en el coraje que había mostrado, la postura valiente con que me había enfrentado a la situación, y valoraba inocentemente el éxito o el fracaso que había cosechado en función de tus gestos, tus palabras y los nervios que, muchas veces, tu misma mostrabas como un reflejo exacto de los míos.
Me parecen ahora muy lejanos aquellos días, en parte porque he vivido y sentido mucho desde entonces, pero entre otras cosas recuerdo que nuestras conversaciones eran breves y tensas, con alguno de los dos siempre en clara desventaja, nervioso al descubrir que el otro había logrado dominar su propia agitación y tenía el control de si mismo. Cuando era yo quien disfrutaba esa ventaja, no podía evitar cierto regocijo al interpretar que la tensión que se dejaba ver en ti era la misma que otras veces padecía yo y que tenía, tal vez, la misma causa. Pero, cuando era yo el afectado, el que no se tenía de pie a tu lado, procuraba evitarte y escapar de clase lo antes posible, y, al día siguiente, arrepentido, me pasaba por la biblioteca para dejar un libro que no había leído y buscar entre un mar de cabezas tu pelo corto y tu piel tan blanca.
Tenían esos días algo de actividad convulsa y obsesiva y se sucedían con una monotonía sólo interrumpida por los momentos que logré pasar contigo, como aquella tarde nublada en la que me quedé charlando con unos amigos después de clase y te vi marchar y, al poco, algo me conmovió y me obligó a salir corriendo detrás de ti, doblando esquinas tras las cuales esperaba hallarte, hasta que distinguí tu silueta blanca al final de la calle y me detuve, aguardé indeciso unos instantes y finalmente te llamé, grité tu nombre al aire una sola vez, alto y claro: ¡Teresa!
- Teresa, me voy contigo -repetí cuando llegué hasta ti, y tu sonreíste pero creo que yo lo decía en un sentido más amplio del que se dejaba entender.

Así continuaron yendo y viniendo los días y las semanas: lunes, martes, miércoles, . . . , sábado y domingo, pero para mi eran sólo el día en que te encontraría en tal o cual clase, el día en que surgiría tal o cual oportunidad de hablarte, y, por supuesto, la ansiedad del largo fin de semana sin verte. Te asaltaba en clase siempre que podía y no podía tanto como quería porque, igual que en ocasiones llegaba de buen humor a la facultad, me mostraba jovial y desprendido, gracioso y divertido, otras era apenas un pálido reflejo del muchacho del día anterior y me escondía y ocultaba en la rutina de las aulas con nombre y los pasillos sin él, pues no pudieses así saber que el hombre que ayer acaso te deslumbraba no podía hoy sostener en los espejos del cuarto de baño su propia mirada. Supongo que así, mostrándote lo mejor de mi y ocultándote lo peor, había pensado conquistarte y olvidé entre tanto que lo que en realidad estaba haciendo era fingir, representar un papel y traicionar en él a una parte de mi personalidad, aquella de la que pensé no podrías enamorarte jamás porque era triste, mohína y profunda y gustaba de caminar bajo la lluvia con la vista fija en la punta de los zapatos.
Lo peor fue que acabé por creerme mi propio papel y lo hice además con un convencimiento desaforado, como Augusto Pérez en la obra de Unamuno, cuando, por más que es advertido, confía hasta el final en su propia realidad y se aferra a ella en lugar de aceptar que no es más que el personaje de una novela, una obra de ficción. Y así empecé yo también a convencerme de que en mi vida no existían los días malos, que no había tristezas ni depresiones, ni momentos de angustia y ansiedad y que podía ser en todo momento el hombre maduro y seguro de si mismo que cualquier mujer, también tu, Teresa, querría a su lado.
No funcionó, claro. Un hombre que evita una parte de si mismo queda suspendido sobre un delgado alambre del que caerá cuando no pueda sostener por más tiempo su frágil equilibrio. Empecé por sentirme patético en los momentos en los que no lograba divertirme o pasarlo bien constantemente, como si no recordara ya que la vida de un hombre está formada por días dulces y días amargos y que sólo el azar y sus sutilezas nos traen a veces unos y a veces otros, y acabé por creer que el mundo era una farsa o un teatro y yo un actor poco dotado que no lograba representar su papel con la continuidad deseada ni la brillantez esperada.
Me derrumbé finalmente en una semana de vanidades rotas y descubrimientos larga y cruelmente postergados, como aquel que me anunció la existencia de tu novio, ocultó hasta entonces en todas tus sonrisas, en tus nervios de colegiala, y que en tus labios fue sin embargo súbita y descaradamente pronunciado. Y de aquel momento horrible recuerdo sobre todo el perfil de tu sonrisa antes de darte la vuelta y marcharte, una sonrisa que entonces me pareció estar burlándose de cada gota de sentimiento que me había hecho palpitar.

Igual que desgarra el cielo antes de la tormenta, igual que se cubre de nubes negras el firmamento y chapotea la lluvia en los cristales, algo así debió ocurrirle a mi corazón. Se oscureció mi visión del mundo y durante las noches interminables tenía continuas pesadillas. En todas ellas la escena se repetía: tu te alejabas y con estudiada indiferencia me dabas la espalda pero, antes de perderte en las sombras, me mirabas una última vez y te reías y yo sentía de nuevo todo el descaro y la burla de esa risa. En mis sueños, ese momento era tan doloroso que despertaba bañado en sudor, con las sábanas literalmente pegadas a mi piel. Y aunque es cierto que el tiempo lo cura todo, a veces éste pasa muy despacio, y durante los días siguientes recorrí como Dante los infiernos a los que nunca me había asomado, vagué sin rumbo por paisajes desolados, hasta que, entre lagos de azufre y cuevas de rojo fuego, por debajo del noveno círculo, hallé los restos de mi maltrecha personalidad, la que yo mismo había despreciado, y la hallé humillada, vendida, traicionada. Con las rodillas clavadas en la tierra me pregunté por la causa de mis desdichas, la razón que hasta aquel oscuro lugar me había llevado y, como quiera que tu nombre era siempre la respuesta, me enamoré de ti.
Sé que no suena precisamente encantador, un amor fraguado en la angustia y la soledad, en la tragedia de un corazón destrozado, pero es al calor de los sentimientos más intensos, Teresa, que surgen las pasiones más desaforadas, y así ocurre, por ejemplo, en las guerras, donde han tenido siempre lugar las mayores historias de amor y odio que se hayan narrado ( se me viene ahora a la memoria la del joven Robert Jordan que Hemingway retrató en “Por quién doblan las campanas” , pero son cientos las historias, reales e ilusorias, en las que es la intensidad de los sentimientos y no su carácter, amor u odio, tristeza o alegría, lo que finalmente enciende la llama ).
En la desnudez y el miedo que sentía, en la nausea profunda que me invadía cuando recordaba lo lejos que había llegado en mi febril obsesión, hallé la forma de expiar mis culpas, pero peor que todo eso fue descubrir que te seguía deseando. Y así admití por fin que nada de todo aquello habría ocurrido si no fuera porque algo más poderoso que la lógica o el pensamiento había tomado las riendas de mi vida, algún hechizo que me controlaba y ataba. Sólo entonces comprendí que te amaba.

Fue como empezar de nuevo.
Caminaba por mi casa deambulando como un zombie, sin ningún propósito o intención. Mis pensamientos estaban vacíos y ejecutaba mis quehaceres diarios con la pasión de una máquina o un ordenador. Mi ánimo hacía tiempo que se había empobrecido, reduciéndose mansamente como la hoguera de un campamento en el que todos se han ido a dormir. - A tu hijo le pasa algo -le decía mamá a papá en el salón. - Ya se le pasará -contestaba él creyendo que no les oía. Sí, fue como empezar de nuevo porque así empiezan todas las cosas, partiendo del reino de la nada, y allí estaba yo.
En ese arrastrar por la vida, aquellos que mejor me conocían no daban crédito a mi repentina falta de interés por las cosas. Yo mismo no entendía cómo un sentimiento que normalmente trae consigo un exultante deseo de vivir, podía sumirme en cambio en una melancolía como esa que suele bañar, con el sol tardío, las tardes de los domingos invernales. Había perdido la confianza en mi mismo cuando traicioné y acallé una parte de mi personalidad, como si me avergonzara de ella, pero, una vez admitido el error, no era capaz de salir a flote porque sabía que las causas que me habían llevado a ello ( y todas ellas se resumían en ti, Teresa ) permanecían aún vigentes, igual que sabía, y esto era lo peor, que si obtener tu cariño de ello dependía, una y mil veces me traicionaría.
Y pensando en todo eso, cada vez me costaba más acercarme a ti, hablarte. Me acosaban sudores fríos y labios temblorosos y, sin embargo, salía de clase en las tardes que yo llamaba impares ( porque no estabas tu en ellas y eran tres a la semana ) y a la caída del sol paseaba como un fantasma por la avenida de Reina Victoria con la única esperanza de encontrarme casualmente contigo. Lo que iba a decirte si así ocurría no lo sabía, pero mientras tanto caminaba solitario por las aceras manchadas de grises, adornadas de tiendas viejas y tristes, peluquerías como las de antaño, farmacias con rebotica y frascos en las estanterías, breves pozos de aroma en el aire y los sonidos de sirenas y tráfico. Se precipitaba la noche y la ciudad se encendía, los semáforos lucían como guirnaldas entre los faros blancos de los coches y las farolas transformaban en oropel lo que antes fueran tonos mediocres. Son tardes como esas, Teresa, sin nada esencial ni destacable en ellas, las que luego se graban indelebles en la memoria, no como hechos o fechas sino como luces, olores, sabores y demás sentidos que se mezclan en un todo muy disperso y que las simples palabras nunca logran describir. Paseaba desde Guzmán el Bueno hasta Cuatro caminos y allí entraba en la boca del metro donde descendía esos cuatro famosos tramos de escaleras que acercan a cada hombre a su propio y particular infierno. Luego, en el vagón de metro, mecido por el suave traqueteo de ruedas y raíles, observaba mi pálido reflejo en las ventanillas y me acordaba de que al día siguiente te vería en el aula N3, porque mañana era día par y nunca te había visto faltar a esa clase. Y esa certeza, saber que mañana estarías allí, sentada entre las primeras filas, me agitaba tanto que deseaba que llegara el día y al mismo tiempo lo temía pues adivinaba que en el estado actual en que me hallaba sería incapaz de hablarte como deseaba hacerlo, de comportarme tal y como yo era y no como la sombra del hombre había fingido ser.
Y así cada día me levantaba y me enfrentaba a la rutina. Llegaba siempre tarde a clase, como en mi era costumbre, pero en aquellas mañanas pares era además un alivio saber que gracias a ello había eludido ya un primer encuentro contigo a la entrada del aula. No, no quería hablarte, sabía que no podía, que no era capaz, pero me encantaba observarte desde la distancia de la última fila, tu cabello liso y cobrizo y de vez en cuando, al girarte para hablar con alguien, el asomo de tu perfil. Te veía sonreír, hablar divertida con el compañero sentado a tu lado y sonreír de nuevo. Y en tu dicha hallaba yo mi tristeza sin entender la razón. “ ¿ Cómo puede la sonrisa de la persona amada -le preguntaba a mi hado- , su gozo y alegría, llegar a causarme tanta pena y angustia ? ”. Y la respuesta la obtenía yo en tus nuevas risas y en mi soledad de la última fila, hasta que mi hado suspiraba y, mohíno él, me contestaba: “ Porque sonríe sin ti ”.
Y así era, así es, el amor es sobre todo un sentimiento profundamente egoísta porque deseamos la felicidad de aquel que amamos pero no entendemos que éste pueda ser feliz sin nosotros. En realidad, una respuesta aún más versada y sin duda mucho mejor expresada, la había hallado yo años antes leyendo a Proust, pero su dolor, casi un siglo anterior al mío, me era ajeno, como me eran ajenas por aquel entonces casi todas las cosas menos tu, Teresa.

Recordaba vagamente haber visto el mundo de forma muy distinta a como lo veía ahora. La frase “El mundo es hermoso” había estado alguna vez en mis labios, mas ya no podía ni tan siquiera pronunciarla sin sentir que mentía, a mi mismo y a todo el que me oyera. El mundo, a la luz de mi mirada, era de un gris muy desvaído, de unos tonos descoloridos que simbolizaban la derrota de los sueños y el fracaso de los sentidos. Cuando pienso en lo fácil que hubiera sido echarte la culpa a ti, odiarte, sólo un poco al principio y algo más cada vez, . . . , pero en el estado apático en que me hallaba me era más propio pensar que nadie es culpable de nada, que las cosas ocurren según un plan previsto con antelación a cuyo esquema prefijado no podemos escapar. Aceptar que el mundo no es hermoso, que el amor no es necesariamente un sentimiento de ida y vuelta, se convirtió en la enseñanza de aquellos días.
Mis amigos, los más íntimos, aquellos a los que jamás ocultaba nada, no eran ajenos al nihilismo en que me estaba sumergiendo y me miraban extrañados sin atreverse del todo a preguntar. Notaban con desasosiego que ya no respondía con risas a sus chistes, que no estaba atento a sus conversaciones e intentaban sin éxito involucrarme en aquellas actividades de las que yo siempre había disfrutado pero que ahora me importaban cada vez menos. El pitido inicial del partido de los domingos, por ejemplo, solía sorprenderme inmóvil y distraído de mi posición en el campo, y al final de los encuentros olvidaba, cada vez con más frecuencia, cumplir con mis obligaciones de capitán. En la noche de los viernes mis amigos me llamaban para salir, como siempre, pero, acostumbrados cada vez más a mi desidia, poco a poco dejaron de consultarme sobre los pequeños detalles, como el lugar a donde iríamos o el coche que cogeríamos. En esas salidas de fin de semana yo mismo me fui diluyendo como una gota de tinta en un vaso de agua. Estaba allí, a su lado, pero todos me sabían ausente y en los ambientes abigarrados de los bares y discotecas que frecuentábamos, entre el humo de los cigarrillos que ascendía en remolinos bajo luces multicolor, el calor insoportable y la música envolvente, mi presencia era cada vez menos evidente. De liderar aquellas salidas pasé a ser un mero cómplice de ellas: me quedaba absorto, con un codo apoyado en la barra, contemplando el sin fin de rostros que pasaban a mi lado, que me rozaban o empujaban, que se agitaban convulsos en la pista de baile. Trataba, ahora me acuerdo, de encontrarle algún sentido a todo aquello, a mi estado de ánimo, al de los demás, y a la inexplicable y abismal diferencia entre ambos. Pero era un esfuerzo baldío, inútil en su propósito y, muy pronto, bajo la idea inane de que muchas de las cosas de esta vida son simplemente incomprensibles, abandonaba y me rendía. Volvía entonces a mi pensamiento habitual, en el que, sobre todas las cosas, deseaba el final de aquel paréntesis tedioso que representaba el fin de semana y que tan dolorosamente me privaba de tu mirada.

En aquella época, ahora así lo veo, yo era como una bandera al viento, y me agitaba al capricho de éste. Llegaba a clase y esperaba la llegada de la brisa, o del vendaval, porque de vez en cuando tu te acercabas en los vestíbulos o en los pasillos y me preguntabas algo y si yo era capaz de responder con soltura y salir airoso de la situación, de arrancarte incluso una sonrisa, de nuevo podía entrar en los servicios y sostener mi mirada en los espejos. En esas ocasiones era otro, regresaba a casa con un gesto que no estaba esculpido en mi rostro y, si coincidía con un viernes, salía esa noche con una fuerza y unas ganas ya olvidadas y hasta mis amigos creían de pronto que su viejo compañero de juergas regresaba. Pero era una esperanza efímera porque a veces ni siquiera esa noche duraba y, antes de que amaneciera por encima de los edificios de la Castellana, me tornaba de nuevo meditabundo y taciturno y, al notarlo, yo mismo aceptaba que la noche estaba acabada para mi, me despedía de todos y salía a las calles escarchadas donde las farolas repartían una amarilla y neblinosa luminiscencia y las alcantarillas exhalaban su vaho cálido y ponzoñoso. Aterido por el frío, caminaba envuelto en el forro polar y cubría mi barbilla con su embozo de terciopelo. Eran tres cuartos de hora lo que duraba el paseo a casa, tres cuartos de hora para pensar mientras atravesaba la ciudad y me protegía del relente una noche más.
En esa tesitura, Teresa, llegó el último día de clase, la víspera de las vacaciones de Navidad, y tras él, sabía, me esperaba el más largo e insufrible fin de semana sin verte. No hacía sino pensar que las circunstancias me obligaban a despedirme de alguna forma, a arrancarte una última sonrisa que pudiera llevar conmigo y me sostuviera no un par de noches sino las dos semanas completas que se avecinaban, salpicadas de días festivos y visitas familiares, de una rutina que se repetía anualmente y que cancelaba igual las clases que los partidos de los domingos por la tarde, donde hasta ahora al menos había tenido la oportunidad de desfogarme golpeando con furia el balón.
Pero llegado el día, el momento preciso al salir de clase, no te dije nada. Me despedí en cambio de todos mis compañeros y compañeras de la facultad: me los iba encontrando por los pasillos y, muy jovial, les deseaba felices fiestas o les invitaba a acompañarme a mi y a otros amigos a la cafetería de Químicas donde se anunciaba, casi se oía ya, una buena fiesta. Y en esa fiesta y con esos amigos me oculté, llené mi estómago vacío de sidra y cerveza y traté de empaparme de una juerga que yo no entendía porque para mi en aquel día, como en tantos otros antes que él, nada había que celebrar. Asentía cuando mis amigos, venidos de otras facultades y universidades, me hablaban a gritos por encima de la música pero, en mi tácita aquiescencia y en mi falsa sonrisa, pensaba sólo en que no iba a verte en largo tiempo y en que ni siquiera me había despedido. Te imaginaba sentada en un tren a Burgos, mirando más allá de la ventanilla y olvidándote completamente de mi a medida que el paisaje sucio y gris de los arrabales de Madrid quedaba atrás. Me dolía, ante todo, la presteza con que la que creía que me olvidarías y lo poco que yo había hecho para evitarlo. Y en ese sufrir transcurrió la mañana y, entre más bebidas y risas no sentidas, cayeron sobre nosotros las primeras sombras de la tarde. Cuando ya estabamos a punto de marcharnos, nos entrevistó una reportera de Telemadrid a la que seguía con sumisa obediencia un cámara de televisión: contesté a sus preguntas con voz queda y rostro pétreo, de forma que nadie hubiera dicho que aquello era una fiesta. El cámara me enfocaba desde la izquierda y yo imaginaba mi perfil en un millón de televisores, en los hogares, en los bares, en las estaciones de ferrocarril.
Luego, de camino al coche aparcado junto a la facultad, pensé que probablemente aún no habías tomado ningún tren, tal vez hacías en esos momentos las maletas en esa residencia cuya ubicación por tus indicaciones yo más o menos conocía. Desarrollé esta idea mientras conducía por el paraninfo. Iba solo, con la única compañía de la música que en ese momento hacía vibrar el radiocassete del coche. Dos amigos me seguían en otro coche y les veía hacer gracias en mi espejo retrovisor. Aceleré y entré muy fuerte en la larga cuesta zigzageante que lleva de la ciudad universitaria a esa otra ciudad más urbana y más real que es Madrid. El coche de mis amigos comenzó a rezagarse pero yo cambié otra marcha y apreté el pedal. No quería pensar en la razón por la cual corría tanto pero la sabía muy bien: desde hacía unos minutos había concebido la idea de pasarme por tu residencia y preguntar por ti y era algo que, en el fondo, creía que no debía hacer, que me perdería en una despedida que para mi significaría mucho y para ti acaso nada. En un ataque de ansiedad, estaba acelerando más y más con la intención de pasar cuanto antes esa calle en la que debería girar si quería cambiar mi acostumbrado trayecto a casa por ese otro que me llevara hasta ti. Pasé un semáforo en verde y otro en ámbar, alcancé los noventa kilómetros hora en plena ascensión y entré en Reina Victoria con un bandazo. Pero entonces, a punto de cruzar la calle en cuestión, de nuevo esa imagen del tren, ese doloroso recuerdo de lo fácil que te sería olvidarme.
Creo que giré a cuarenta o cincuenta kilómetros la hora, no está mal para un giro de noventa grados. Oí chirriar los neumáticos y vi pasar por el retrovisor y perderse el coche de mis amigos y, más acá, pero en el mismo espejo retrovisor, encontré rostros que me miraban boquiabiertos desde las aceras. Bajé el volumen de la radio, seguí las indicaciones que me habías dado en cierta ocasión y aparqué en segunda fila.
Es curioso que me acuerde tan fielmente de todo eso, que recuerde con semejante virtuosismo de detalles todo cuanto aconteció en ese día, y apenas sí logre encontrar en mi memoria lo que pasó después, la conversación que tuvimos o tus rasgos y tus gestos mientras charlábamos. Una vez más, olvidé justo lo importante. Fue precisamente por aquel entonces cuando perdí el poder de invocar tu rostro y la capacidad de llamarlo a voluntad, y empecé a depender de esos momentos singulares entre la noche y el día, el sueño y la vigilia, para recobrarlo durante sólo unos instantes. Sí, Teresa, como te decía al principio de esta carta, qué curiosos los recuerdos y qué curiosa la memoria, y sí, Teresa, también yo me pregunto qué tendrá que ver tu rostro con el final de la noche y el advenimiento del día.

Las vacaciones fueron como esperaba. De pocas cosas puede uno decir algo así. De común, las cosas nunca ocurren como uno empieza por sospechar o como acaba por planear sino que se tuercen de pronto en giros bruscos, como aquel que en un golpe de volante me llevó a tu residencia sin que yo pudiera impedirlo. Las vacaciones, en cambio, son otra cosa porque, las clases, aún en su monotonía, introducen cambios y situaciones sin los cuales los días quedan vacíos y reducidos a una monotonía todavía inferior. Comienzan con un sin fin de planes sobre las cosas que has de hacer en cuanto tengas tiempo y luego resulta que el tiempo sobra y los días se repiten y te sorprenden sin hacer básicamente nada, cada nuevo día una copia del anterior, hasta que ya no distingues los martes de los jueves.
La visita imprevista a tu residencia no había logrado sacarme de mi estado aletargado ni evaporar mi calmada desidia, más bien todo lo contrario: lo había aplazado todo, mi vida y mi futuro, mis sueños y fantasías, hasta que acabaran aquellas aburridas vacaciones. Durante los primeros días salía de mi habitación y caminaba perdido por la casa dando vueltas y vueltas como un animal encerrado en su jaula. Vagaba hasta el estudio y leía un rato, erraba hacia el salón y miraba sin pestañear el televisor, y el final de cada programa y de cada película me sorprendía sin que supiera qué había visto o qué había sido del protagonista. Sólo el informe meteorológico conseguía a veces fijar mi entendimiento: escuchaba al hombre del tiempo y miraba el mapa de símbolos con atención, sólo por saber qué cielo cubriría Burgos a la mañana siguiente, si sería de un azul intenso o cubierto de nubes grises, si estarían mojadas las aceras cuando salieras a comprar el pan o si, horas antes, el viento agitaría las contraventanas de tu cuarto invitándote a despertar.
Fue por entonces cuando comencé a escribir esta carta, sin más motivo que el de registrar todo cuanto estaba sintiendo y llenar con negras letras los papeles blancos del escritorio igual que llenaba con el recuerdo de tu presencia las tardes vacías de los gélidos días de invierno. Y durante algún tiempo no hice otra cosa que escribir, y así pasaba las horas, ora inclinado sobre el escritorio, ora simplemente pensando, pensando en ti. Y soñaba con pasear a tu lado y, al cruzar la calle, cogerte de la mano dulcemente, y arroparte por la noches y dormir entre tus pechos, con el rostro hundido en tu vientre. Ah, Teresa, ¡ qué obsesión la de aquellos días !, ¡ qué dulce desasosiego ! y que leve e inconcreto, en cambio, el desvanecimiento de todas esas sensaciones en un océano de tiempo. Tiempo, tiempo y tiempo; tiempo hasta que ya nada parece igual, tiempo hasta que dudas si fue sueño o realidad.
Las vacaciones actuaron en mi como un sedante bienintencionado, lentamente administrado y eficazmente dosificado. Los días helados durmieron lo que sentía por ti y lo ocultaron bajo un grueso colchón sobre el que incluso la princesa del cuento hubiera podido conciliar el sueño sin queja. Pero no estoy diciendo nada nuevo, en todas partes es sabido que el tiempo actúa así, con todos los sentimientos sin distinción y siempre sin excepción: no existe odio ni amor lo suficientemente intenso que resista su paso paciente y su constancia tenaz. Te fuiste así, sin más, ¿ cómo describir de otra manera lo que viene de lejos, sin prisas y no podemos percibir ?.
A la vuelta de las vacaciones lo intenté, te hablé y me moví hacia ti guiado por una inercia que aún duraría algún tiempo. Pero por más que yo lo negara, por más que buscara en tu rostro lo que antes no podía dejar de ver, ya nada iba a ser igual y en el paso de los días percibí la ausencia del calor que antes me provocara tu sola presencia en la misma habitación. Me sentaba junto a ti en clase, codo con codo, y me suponía a mi mismo nervioso pero lo cierto es que a lo largo de los tediosos minutos sólo acumulaba una blanca indiferencia. Es curioso cómo me empeñaba en recuperar aquello que, sin embargo, me había hecho sufrir tanto. De hecho, al principio fue miedo, casi pánico, a perder aquello que por ti sentía, aquello que me sustentaba y mantenía. Y no fue que con el tiempo lo aceptara sino que un día me levanté y, simplemente, no pensé en ti, y ni siquiera me apercibí de ello hasta varios días después, cuando ya era tarde. Así de súbito fue. Y aunque luché y te llamé y traté de perder nuevamente la cabeza, me era imposible seguir fingiendo una ilusión que ya no sentía, aquella de cuando el mundo no era hermoso pero sí tácito y misterioso, cuando sólo soñaba con tu rostro y me aburría en las discotecas, cuando paseaba por las calles a la caída del sol y miraba absorto el informe meteorológico.

Que brusco es siempre el final, Teresa. Ahora me parece mentira todo lo que ha pasado. Leo los primeros párrafos de esta carta y los encuentro huecos, casi vacíos: ya no puedo comprender. He vuelto a mis libros, a mis escritos, pero echo en falta algo de la magia que me invadía, del hechizo turbador que me poseía, aunque haya recuperado a cambio la alegría de vivir. De nuevo pienso que el mundo es hermoso, pero lo es de una forma no prevista y que no siempre nos es favorable, y a veces nos sentimos vitalmente unidos a la complejidad de sus situaciones, abrumados por la maravilla de sus colores, de sus cambios de luz, . . . y otras sólo deseamos salir y escapar de él con las prisas de un disparo en la sien. La belleza del mundo está en sus contrastes, en los cielos azules que se tornan grises, en la noche oscura vencida por la luz del día y en la ironía de un amor sentido muy hondo y olvidado aún más pronto.

viernes, 19 de diciembre de 2008

La corriente de la vida

Bueno. Dejad que después del pesimismo de mi entrada anterior, balancee y equilibre las cosas con una entrada de sesgo más positivo y optimista. Porque eso es lo que trasmite el video siguiente, que lleva ya algún tiempo circulando por Internet, propagando una dulzura que es fruto de un montaje humilde y una música excepcional.

La canción o tema de fondo está basada en un poema de Rabindranath Tagore, que sólo he logrado encontrar en inglés, llamado "Stream of Life". Precisamente porque no he encontrado una traducción al castellano y dada la brevedad del poema, me he atrevido yo mismo con una traducción propia a partir del inglés y por la que espero no ser demandado.
Creo que es este tema tan adecuado el que, en perfecto sincronismo con las imágenes y la alegría que estas trasmiten, consigue un resultado para el que no encuentro mejor palabra que la de "alborozo".

Por cierto, como madrileño, es un orgullo para mi comprobar que uno de los momentos de mayor intensidad y ritmo del video es el que corresponde a la Plaza Mayor de Madrid, aunque opino que el video te hace sentir, sobre todo, ciudadano del mundo.



La corriente de la vida

Es la misma corriente de vida que corre por mis venas día y noche,
la que baila en el mundo con un ritmo suave.

Es la misma vida que surge del polvo de la tierra en innumerables briznas de hierba
y rompe en oleadas de flores y hojas.

Es la misma vida que reside en el océano,
cuna del nacimiento y de la muerte, mecida por mareas y reflujos.

Siento que mi ser fue bendecido por el contacto con este mundo de vida.
Y mi orgullo proviene del latir de las eras bailando por mi sangre en este preciso momento.


NOTA para "freakies": este poema rezuma el mismo elixir que una de mis novelas de ciencia-ficción favoritas: "Música en la sangre", de Greg Bear. Ya sabeis: "Nada se pierde. Nada se olvida. Estaba en la sangre, en la carne, y ahora es por siempre."

domingo, 14 de diciembre de 2008

Buenos y malos

Estoy viendo la 2, antes de irme a la cama en esta fría noche de domingo, y no doy crédito. El reportaje (del programa “En Portada”) trata sobre el Congo, de sus guerras, de su hambruna, de sus epidemias y, también, qué curioso, de su gran riqueza. Un país enorme, en el corazón de África, que es uno de los más ricos del mundo en recursos naturales, que tiene uranio, cobalto, oro y otros metales preciosos suficientes para enterrar a Europa en una fina pátina dorada, y donde la gente, sin embargo, apenas sí logra sobrevivir.

Mientras me recuesto en el sofá, algo molesto por tener que ir mañana a trabajar, observo en imágenes tan grandes como el televisor de 32 pulgadas de mi salón, que el habitante medio del congo tiene como concepto del lejano futuro, como única preocupación diaria, qué comerá hoy. Una región entera siendo expoliada de sus riquezas por empresas occidentales y orientales, cuyos niños, nacidos con la misma inteligencia y las mismas capacidades que los de aquí, antes que sufrir el hambre se alistan con 12 años en facciones o ejércitos de mercenarios para morir con 13 de un balazo disparado por otro muchacho. Los que sobreviven a ese sangriento holocausto, años después siguen con su vida por las calles pobres y embarradas de las ciudades, sin familia ni amigos, buscando el alimento de hoy.

Junto a otros sentimientos, no puedo sino admitir mi admiración al contemplar la tremenda capacidad de adaptación del hombre, su capacidad de lucha, su instinto de supervivencia. En una misma región conviven la avaricia y el coraje, el despotismo y la sagacidad, cualidades detestables y admirables del ser humano… y me pregunto, ¿hay en el Congo buenos y malos?, ¿o esas cualidades las portan por igual todos los hombres, es decir, cada uno de ellos?.

Con la mirada fija en la cámara, una mujer relata como durante la guerra civil del Congo los soldados que mataron a los hombres de su poblado, la violaron seis veces y mataron a dos de sus tres hijos. Tras infligirle este dolor, prometieron darle a ella y a las demás mujeres algo de comer. Así que tomaron a su cuñada –explica la mujer- y le cortaron las manos y los pies, y lo mismo hicieron con sus orejas, yendo todos estos miembros a una gran olla de agua hirviendo. Buscando más condimento, a una mujer embarazada, una vecina del mismo poblado, la abrieron el vientre y le extrajeron el feto, que también fue a parar a la olla. Los soldados sazonaron todo esto con sus orines y excrementos y les dieron, sí, de comer.
Cuando uno oye semejantes cosas, se pregunta qué clase de hombres hacen algo así, quienes, por el amor de dios, podrían ser tan crueles, tan despreciables, tan… Tienen que ser diablos, o estar poseídos o vinculados a Satanás…y quiere uno creer que son seres distintos, no humanos, otra cosa, algo horrible, otra raza, aunque sabe que muy probablemente entre estos diablos, capaces de tanto mal, se encuentren algunos de los niños-soldado por cuyo modo de vida he sentido lástima en el párrafo anterior. Y es que siempre es más fácil pensar que los hombres nos dividimos en buenos y malos, y que como en la película de este sábado noche, “El Señor de los Anillos”, puede enfrentarse el mal de cara, en una tremenda y épica batalla final. Resulta mucho más complicado, en cambio, aceptar que la maldad no está fuera de nosotros, sino dentro, que nuestra naturaleza humana es capaz de lo mejor y de lo peor, para cada hombre, sin excepción. ¿En qué momento el niño-soldado, que chapoteaba y jugaba hace unos años en el río de su poblado, se siente capaz de mutilar y matar?. Y manteniendo ese simple y maniqueo concepto de la vida, ese niño –díganme- ¿es bueno o malo?.

Dicen, y algunos le dan crédito, que la novela de “El Señor de los Anillos” fue escrita con la mente puesta en la Segunda Guerra Mundial y en el conflicto entre los oscuros ejércitos de Hitler y las inocentes y en principio timoratas potencias aliadas, que a punto estuvieron de advertir demasiado tarde el peligro y el mal que les acechaba. Sin embargo, el final de la batalla y la victoria definitiva sobre los “malos” no tuvo el carácter épico que a muchos les hubiera gustado, fue en cambio una nube con forma de hongo que devastó, arrasó y mató toda vida en miles de kilómetros cuadrados, un arma definitiva y terrible, el mal absoluto –lo han calificado-, lanzada por los “buenos”, los aliados.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Madrid, nostalgia y melancolía


Siempre que regreso a Barcelona, de Madrid me traigo algo que añade peso a mi equipaje. Y no hablo de un libro, unos apuntes o una raqueta que haya rescatado de casa de mis padres sino de un intangible, algo que me persigue cuando voy hacia el aeropuerto y me alcanza cuando el avión alza el vuelo. Dícese nostalgia, si bien la definición de esta palabra se compone del objeto añorado, una casa, un país, una ciudad, y del sentimiento que reside dentro, la melancolía, y cuya entrada en el diccionario castellano siempre me ha parecido una de las más bellas:
Melancolía.- Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.
Es tan precisa y exacta esta definición, y tan coincidente con lo que a veces siento al dejar Madrid, que bien podría en este punto dar por terminado este ensayo. Más no lo haré. Me gusta escribir, y este blog es un refugio, una posada, un hotel de madrugada, debe ser aquí donde descargue mi exceso de equipaje y cualquier otro peso que me acompañe en mi viaje.

Estos cinco días de formación y aprendizaje en Madrid los he dedicado a mi trabajo por las mañanas y a la familia y los amigos por las tardes. Con una agenda suficientemente apretada y un buen número de taxis, he logrado ver a papá, a mamá, a la abuelita, a mi tío Jesús, a Sergio, a Juan, a Jaime, a Antonio, a Iñigo, a Raquel, a Nacho, a Juan Pablo, a Carmen, a Javi, a José Luis y a María. Y por falta de tiempo y a veces incluso de medios (porque no dispongo de coche en Madrid), me he dejado por el camino, cosa que lamento especialmente, a Noemí, a David, a Manu, a mis primos, a César, a mi hermana,… por mencionar sólo a unos pocos.



Pero más allá incluso de todas estas personas que visitadas o sin visitar dejo atrás al marchar, reconozco que existe otro dolor suave, otra sensación de pérdida que me acompaña en este vuelo de regreso a Barcelona. La nostalgia es sutil, opera mediante detalles infinitesimales, pequeñas cosas propias del lugar que abandonamos y que sabemos no encontraremos allá donde vamos, como las hojas grandes y caducas de los pseudoplátanos, que en otoño alfombran las aceras de Madrid, se acumulan entre los coches aparcados y anegan las alcantarillas. O la luz limpia y oblicua del sol invernal golpeando los edificios altos y blancos de la Gran Vía, bajo un cielo azul intenso, camino del bullicio y el ajetreo de personas que cruzan sus caminos sin mirarse en la plaza de Callao. Cuando la Navidad se acerca, antes incluso de que se adornen y se enciendan las luces de los centros comerciales o aparezcan en televisión los primeros anuncios de juguetes, hacen su aparición, como un presagio, las nieblas nocturnas, elevándose del asfalto de las calles hasta la altura de las farolas cuyas luces amarillas se emborronan y difunden como guirnaldas suspendidas.
El fantasma de todas estas imágenes es el que ha cogido conmigo el puente aéreo. Supongo que son detalles entre los que vivimos sin más, y que a fuerza de costumbre no percibimos ni hubiéramos percibido nunca tal vez de haber permanecido allí el resto de nuestra vida. No fuimos conscientes de ellos hasta que el destino trajo un cambio y los perdimos. Supongo que de eso se alimenta la nostalgia, de pérdida, quizá no real pero sí sentida.

Mientras el comandante anuncia nuestro inminente aterrizaje en el Prat, me incorporo y me ajusto el cinturón. Miro por la ventanilla del avión y veo luces allá abajo que salpican la noche oscura, y disfruto y bebo con calma de esta melancolía y esta nostalgia que ahora me inundan, consciente de que se trata de algo efímero, que mañana habrá desaparecido, cuando esta otra bella ciudad de Barcelona me acune y me asuma, como un nuevo y brillante amor que desdibuja pero no borra del todo el anterior.

domingo, 23 de noviembre de 2008

La piel del niño


Ayer cogí mi moto y fui a Terrassa. Una de las ONGs para las que hago voluntariado me pidió ayuda para una jornada de participación intercultural que iban a organizar en esa ciudad del extrarradio de Barcelona. No sabía muy bien qué esperar pero empecé a imaginarlo cuando, después de aparcar mi moto junto a la estación de Cercanías, una marabunta de niños y niñas magrebíes surgieron del tren acompañados de monitores y padres. Minutos antes, mientras aguardaba, había estado charlando con el vigilante de la estación y, al comentarle a quién esperaba, con un gesto de duda y una mueca de rechazo me contó que eran precisamente los árabes quienes más problemas le causaban allí, tratando de colarse sin pagar, amenazando incluso a algunos pasajeros para conseguir unas monedas.

La denominada jornada de participación intercultural se celebraba en un centro cívico de la ciudad, cedido por el ayuntamiento. Así, mientras en una sala unos ancianos jugaban al dominó o leían el periódico en una apacible tarde de sábado, en otra sala mucho mayor mis compañeros de la ONG habían dispuesto tablas de madera y caballetes para conformar mesas de dibujo, de maquillaje, de tatuajes de planta de henna o de platos típicos de la cocina árabe y concretamente marroquí. Los niños iban y venían de una mesa a otra, dejaban que las monitoras les pintaran la cara con ceras, jugaban arrastrándose por el suelo de la sala o coloreaban un dibujo que enseñarle orgullosamente después al primer adulto que pasara por su lado. Jugaban y se divertían, en definitiva, igual que todos los niños a esa edad, tengan el origen que tengan. Al verlos, me acordé de pronto del vigilante de la estación y me pregunté si algunos de estos niños que se tiraban por el suelo o se agarraban a mis piernas o me suplicaban que les enseñara mi moto, estarían dentro de diez años ejerciendo algún tipo de violencia contra algún pasajero de cualquier estación de tren.

Ayudé en cuanto pude, que no fue mucho, tomando fotos del evento, disponiendo mesas o carteles, pero sobre todo disfruté de lo lindo dejando que una amable señora con un pañuelo a la cabeza y que no sabía pronunciar palabra en castellano me dibujara en el antebrazo una hermosa filigrana árabe que venía a representar una gran serpiente bajo las estrellas, si bien para saber de qué se trataba tuve que recurrir al resto de señoras que la acompañaban y que sí entendían más o menos mi idioma. Entre todas se echaron un buen rato a mi costa, interpretando mis palabras, confundiéndolas con sabe dios qué otras cosas que de pronto las llevaba a sonrojase y a romper en risas. Mahmoud (pronúnciese Magh’mud), otro de los monitores, estudiante de ingeniería química y de origen también marroquí, me ayudó en todo momento con las traducciones e incluso me hizo el favor, cuando tuve el capricho, de trascribir mi nombre completo, José Manuel, a su hermosa caligrafía árabe. Es la foto que encabeza esta entrada. Gracias, Mahmoud. Yo, por mi parte, le hablé de las únicas palabras árabes que conocía, las que se corresponden con estrellas como Betelgeuse o Rigel, en la constelación de Orión, nombradas así por los árabes antes de que los occidentales las tradujéramos burdamente al latín durante la Edad Media.

También disfruté de una conversación muy interesante, sobre política y sociedad, compartida con otra monitora, catalana en este caso, y dos chicos de Marruecos. Entre otras cosas aprendí que en Marruecos las bodas duran tres días, que no existe la poligamia porque las mujeres no la tolerarían y que los propios emigrantes son muchas veces culpables de contar maravillas sobre la riqueza y el bienestar de occidente cuando en verano vuelven a su tierra natal presumiendo de haber medrado en sus países de acogida. La verdad, no me resultó difícil imaginar a un joven inmigrante que, después de aceptar los más bajos empleos de nuestra sociedad, lleva orgulloso a Marruecos su coche de segunda mano con el pensamiento puesto en la mirada envidiosa de vecinos y amigos o en la sonrisa orgullosa de una madre a la que prometió regresar triunfante. Al llegar al pueblo, entraría por la vía principal, atravesando la plaza, a la vista de todos, y antes de subir la colina y alcanzar la casa blanca de sus padres, haría sonar el claxon escandalosamente para que sus hermanos pequeños salieran a recibirle. Mientras yo soñaba todo esto, los compañeros comentaban que el rey actual de Marruecos, Mohamed VI, es tolerado por la mayoría como un mal menor que evita que los radicales islamistas se hagan con el poder, y que el radicalismo religioso ha crecido allí en los últimos años de forma tal que, mientras hace veinte años una mujer marroquí podía usar un discreto bañador en la playa, hoy sólo puede bañarse tapada hasta los tobillos. Todas estas conversaciones conformaron en mi cabeza un cuadro de nuestros vecinos del sur que no sé si será del todo certero pero que tiene al menos una mayor gama de colores que aquel que llevaba conmigo antes de acudir a esta jornada intercultural.

Quizás por ello, cuando ya volvía a casa conduciendo mi motocicleta bajo las luces ocres de la autopista, sentí cierto malestar al pensar que me llevaba de allí más de lo que había aportado.
Pero luego me acordé otra vez del vigilante de la estación, y de los niños de esa tarde, jugando libres e inocentes, y comprendí que entre el buen pasajero de la estación y el "moro" que le amenaza y le roba unas monedas, no hay una raza ni un color de piel como eugenésicamente el afable vigilante me daba a entender, sino simple y llanamente la educación de un niño, lo que recibe y aprende en unos pocos primeros años. Y en eso, -pensé, más satisfecho- yo estaba poniendo mi parte.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El señor de las moscas

Con esta entrada en mi blog, comienzo lo que podría darse en llamar una sección de “crítica literaria”. Sin embargo, no es así: puedo garantizar que casi todo lo incluido a partir de ahora en dicha sección será más bien “veneración literaria”, porque aquí me propongo escribir sobre libros que me han marcado, que me han hecho gozar, y nunca sobre aquello cuya calidad, en opinión de este humilde lector, no merece mayor comentario. Todos hemos cometido el error, normalmente ineludible, de leer un mal libro, pero escribir además sobre él me parece propio de idiotas. Hay que escribir, hablar y cantar las alabanzas sólo de los buenos libros, de aquellos con los que hemos disfrutado, para que ganen la fama que merecen y perduren. El tiempo, con paso objetivo, ya se encargará de borrar de la memoria todos los demás.

He titulado esta sección “Creaciones, propias y ajenas” porque he concebido la posibilidad de introducir en este blog, si algún día me atrevo, alguno de mis relatos breves, ninguno de los cuales merece en todo caso abrir la sección.


El señor de las moscas, de William Golding



Bajo este título que hoy alguien relacionaría más con Mordor y la Comunidad del Anillo, se esconde en realidad la historia de un accidente aéreo, el de un avión real cuyo pasaje está formado, casi en su totalidad, por disciplinados niños de un colegio inglés. De manera elegante, el autor sólo nos deja entrever, gota a gota, que detrás del accidente y las aventuras de estos niños, abandonados a su suerte en una isla tropical, el mundo ha sido víctima, una vez más, de una guerra de alcance global, quizá nuclear, pero cuyas batallas y combates se celebran todavía, si acaso, en los teatros europeo, americano o asiático y apenas sí rozan los cielos de esta solitaria isla perdida en algún lugar del Pacífico Sur.

Planteado el argumento, simple, atractivo, cabe preguntarse: ¿qué harán una treintena de niños de edades comprendidas entre los 4 y 12 años en una isla tropical sobre la que se ha estrellado su avión sin que haya sobrevivido ningún adulto? Y contra el pavor o la lástima que esta situación pudiera sugerir a un adulto, la primera respuesta del libro es pasmosa: divertirse. Sí, desde ese momento inicial, la maestría del autor nos recuerda que hablamos de niños tan jóvenes que, como todos a su edad, no prevén ni temen el futuro, no tienen conciencia de la muerte y no ven en su situación una calamidad tanto como una oportunidad para jugar en playas de arena blanca, nadar junto a coloridos peces o escalar y explorar la misteriosa montaña de la isla. Todo sin ningún adulto que les prohíba o les censure por hacer simplemente lo que desean hacer. Sólo uno o dos de los muchachos, los más maduros, que no necesariamente los mayores del grupo, son capaces de discernir que en cuestión de horas tendrán hambre, que por la noche tal vez haga frío, que deben organizarse y especializarse, es decir, imitar la sociedad de sus padres y reproducirla con éxito en aquella isla hasta que sean rescatados.

Como experimento psicológico, esta novela es ya un sobresaliente por atreverse a preguntar qué harían nuestros niños, que apenas han vivido unos años en nuestra moderna y civilizada sociedad industrial, si de pronto se les apartara de todo referente y se les dejara libres y sueltos se mitad de la naturaleza. Y la respuesta sugerida es atrevida pero escalofriantemente razonable: con contadas excepciones, olvidarían casi todo lo aprendido, pues en su nuevo entorno no les serviría de mucho, y regresarían a un estadio salvaje, más propio de unos mamíferos erguidos, simples homínidos con una herencia genética, física, pero sin un conocimiento correctamente trasmitido de una a otra generación. De esta forma, mientras la novela comienza con algunos muchachos de la isla tomando referencias del mundo británico que han perdido y tratando de organizar al resto, de imponer unas normas que ayuden a la supervivencia de todos, otros niños se enfrentan a los primeros desafiando dichas normas, creando otras nuevas e imponiendo otra ley, más básica, más primitiva, basada, claro está, en la fuerza. Así, la educada y sensata formación de unos niños de colegio británico se acaba convirtiendo en una vorágine de violencia y caos, de misterio y misticismo, de perseguidores y perseguidos. Así llegamos a las cinco o seis últimas páginas, que no tienen desperdicio: la seguridad paterna representada en la barriga blanda de un hombre adulto, la involución de la cultura humana en el olvido de un niño pequeño de las señas y la dirección que debe repetir a cualquier adulto en caso de verse perdido.

Todavía hoy se duda de qué pretendía su autor al escribir la novela y las interpretaciones del libro son tantas y tan variadas que, al igual que ha ocurrido con los grandes clásicos que han sucedido al Quijote, esta novela corta ha pasado a formar parte de aquellos relatos que intentan y logran describir la naturaleza humana y, por tanto, son dignos de formar parte de ese invento sofisticado y ancestral llamado literatura universal.

Sin embargo y aunque estoy absolutamente de acuerdo con lo anterior, yo, que siempre he pertenecido y probablemente siempre perteneceré a la corriente puramente estética que defendía Nabokov (sencillamente porque es la belleza de lo escrito la cualidad que me hace amar un relato, llorar sobre él y venerarlo después como a un ídolo pagano), me quedo con el desarrollo onírico de esta novela, narrada desde el principio como un sueño inofensivo que se transforma lentamente en pesadilla y que concluye en un estallido brusco y final, como resulta ser casi cualquier despertar.