domingo, 24 de octubre de 2010

Tardes de Tardor




Ayer tuve una experiencia extraña. No creo poder describirla realmente, así que tal vez debiera dejar de escribir y cerrar la tapa del portátil. Pero, en una tarde de domingo como esta, tiempo es lo único que tengo y es lo único que puedo permitirme perder.

He vivido un solitario fin de semana. Cristina se bajó al Sur, a ver a una buena amiga que lo está pasando mal, y yo me he quedado en casa, escuchando el agua que circula por los radiadores en este otoño cada vez más frío, aunque aquí, junto al mar, haya sido incapaz todavía de acabar con el recuerdo del verano.

El sábado por la mañana Cristina se marchó temprano y, a la tarde, cuando en la televisión encendida alguna voz disonante me sacó del sueño tibio de la siesta, aparté las mantas, me levanté del sofá y cogí las llaves de la moto. No tenía plan, llevaba la cámara de fotos a la espalda pero no sabía si aprovechar las dos o tres horas de luz que restaban del día para dirigirme hacia el sur o volar en cambio hacia el norte, hacia las montañas blancas del Pirineo. La C-32 me dejó en la A-2, y ésta desembocó en la AP-7, y tras varios kilómetros de asfalto y líneas blancas, acabé en la ciudad de Girona, al pié de una hermosa y espigada iglesia del casco viejo, justo cuando el sol se ocultaba tras el horizonte y las primeras farolas comenzaban a encenderse.

Hambriento, devoré una hamburguesa con champiñones y una ración de bravas al pie de aquel monumento, y luego paseé sin rumbo, con el casco en la mano, por las calles viejas y otoñales, observando como poco a poco el ambiente propio de un sábado por la noche iba iluminando el lóbrego aspecto inicial de la ciudad, transformándolo en un fiesta que, sin embargo, me era ajena. Yo sólo estaba allí como observador, era sólo un par de ojos detrás de una cámara, esquivando por la acera a los grupos de jóvenes bulliciosos, evitando la mirada de bellas adolescentes que se reunían y reían en bares de copas, en terrazas abiertas.

Paseé durante algo más de una hora entre pubs oscuros, heladerías blancas y plazas de oropel donde las familias cenaban y dejaban correr esa noche libremente a sus niños. Durante un rato me senté en la escalinata de la catedral, vagué también por la rambla bulliciosa y crucé varios puentes en ambos sentidos, observando las aguas calmas del rio Ter sobre las que brillaban reflejadas las luces de la ciudad. Había avisado de mi imprevista llegada a una amiga que vive por la zona pero, al pasar el tiempo y no recibir ningún mensaje de respuesta, la di por perdida. No en vano, sin embargo, hay momentos en los que uno prefiere estar solo, y a mí la tarde mohína me había regalado ese deseo. Cansado al fin, abroché como mejor supe mi cazadora de cuero, cubrí bien el cuello bajo el casco negro, y arranqué de nuevo mi moto en dirección a casa, a través del aire nocturno, denso y frío.

La autopista era a la vuelta un mar oscuro hendido sólo por el foco blanco de mi faro delantero, y en el espejo retrovisor apenas un atisbo rojizo de mi luz trasera seguido de cerca por una negrura insondable. Así, como un pequeño punto de luz que serpenteaba entre un océano de campos oscuros, me imaginé que era visto desde el aire por los últimos vuelos que salían del aeropuerto de Girona. Así, supongo, como un silencioso punto de luz, somos todos vistos desde lo más alto.

Siempre le he concedido al clima y en concreto a las cuatro estaciones la capacidad tremenda de variar mi estado anímico. Parece que no en todas las personas influyen por igual pero parece también que no soy el único ni el primero en atribuirles tamaña importancia. Un viejo amigo, estudiante de psicología, me explicaba una vez que en la Edad Media, como una herencia grecolatina, era muy normal entre los médicos hablar de los cuatro “humores”, uno por estación, que se repetían cíclicamente y que traían consigo distinto comportamiento y estado de ánimo a los hombres. Y el humor del otoño –me dijo para explicar aquella triste tarde de noviembre en la que paseábamos sin destino- era la melancolía.

Cuando llegué a casa y aparqué la moto, tiré la cazadora sobre una silla y me tumbé en el sofá, de nuevo entre las mantas. En La 1 echaban una película española, “El juego del ahorcado”, un hermoso drama de amor que transcurre en Girona. Me hizo gracia la coincidencia pero no le di más importancia hasta que, habiéndome quedado nuevamente dormido, me despertó el fluir del agua en los radiadores, el que hacen cuando pierden su calor y lentamente se enfrían, como si fueran los estertores de la calefacción. Esas contracciones y dilataciones metálicas, ese murmullo de agua en retirada, tan hogareño y familiar, me situó en seguida en el espacio, y ya antes de abrir los ojos supe que estaba en casa, en mi sofá, con la televisión aún encendida y el volumen muy bajo. Lo que no estaba seguro -me di cuenta- era del momento, de mi ubicación en el tiempo y –bien mirado- de nada de lo que había pasado en mi vida hasta ahora: ¿había estado realmente en Girona o sencillamente estaba recordando una película?, ¿acaso lo había soñado todo? La ciudad, la película, la moto, la mirada de una muchacha morena que pasa de largo o el regreso nocturno a casa, todo estaba mezclado en un despertar confuso que juraría haber vivido ya unas horas antes, en el mismo sofá, frente al mismo televisor encendido. En un traspiés de la memoria, creía de pronto haber nacido y vivido siempre en Girona, como los protagonistas de la película, y haber amado allí a una muchacha de pechos pequeños y ojos grandes y oscuros, como las aguas del rio Ter, que de noche refleja las luces de la ciudad. Y todo eso a su vez no casaba con otros recuerdos que parecían ficticios, propios de un sueño o una película, como la blanca y solitaria luz de mi moto en la autopista, vista desde mil metros de altura, o recuerdos que parecían haber estado siempre ahí, como el de saber que en realidad nací en una ciudad tan alejada de la costa que el mar allí –como dice la canción de Sabina- no se puede concebir.

Y entonces oigo el tintineo de unas llaves, el girar de una llave en la cerradura, y recuerdo de pronto que Cristina se marchó este fin de semana, que vivo junto al mar aunque soy de Madrid, y que he estado solo en casa, en este sofá, perdido en el tiempo y en la melancolía que reina en las tardes de otoño.





martes, 12 de octubre de 2010

Erase una vez...





Todas las historias vuelven a la memoria de quien las ha vivido, todas regresan para hacernos sonreír o atormentarnos. Y no es increíble que puedan lograr ambas cosas simultáneamente. ¿Quién no ha sonreído al rememorar el dolor infligido por un viejo amor?, ¿quién no ha sufrido al comprender que los días azules de aquel verano dichoso de su niñez no han de volver?

La memoria es una cosa extraña, almacena recuerdos e improntas que nos serán de utilidad en el futuro, pero guarda también, como un tesoro, lo que resulta increíble no haber desechado aún, la luz de un día de otoño, la postura de una mujer apoyada en el marco de una puerta. Cada momento tiene un solo instante de suprema supervivencia más allá del cual se extingue lánguidamente para no volver, y sólo cierta luz oblicua, o cierto aroma flotando en el viento pueden traer de nuevo por un segundo, sólo un fugaz segundo, el tacto de aquella otra piel o la mirada de un amigo antes de convertirse en extraño.

Entre los doce y los diecisiete años yo tuve los mejores amigos que un hombre pudo desear, cada cual distinto de los demás, cada cual un instrumento indispensable para la melodía de aquel grupo que formábamos. Con ellos disfruté de los que seguramente fueron los mejores días de mi vida, los más aciagos también, los más excitantes en aquel paisaje urbano de mi niñez, y al recordarlo todo otra vez me entran ganas de reír a carcajadas y luego, en esta distancia que ahora me aleja tanto de ellos, hecha de tiempo y de eventos nuevos, ponerme a llorar como si a medida que pasaran los años empezara al fin a comprender que nada de aquello va a volver.

Proust lo sabía mientras saboreaba esa magdalena mojada en té, Nabokov lo entendía mientras describía a su Lolita y se entretenía innecesariamente en detalles a los que luego Humbert, el Humbert viejo y enfermo, prisionero en su celda de recuerdos, regresaría entre angustias y espasmos de tos: hay algo maravillosamente trágico en cada instante del pasado, en la certeza de que el momento nos ha dejado y no va a volver. Como le dice Aquiles a Briseida, “Nunca serás más bella de lo que eres ahora, nunca volveremos a estar aquí”.

Pero si cada instante es tan preciado, si cada momento es único, ¿no sería más razonable vivirlo intensamente, vivir sólo en el presente, carpe diem? ¿Por qué entonces ese empeño, de algunos hombres, en regresar al pasado? Déjenme responderles de una vez: todo es mucho más hermoso cuando lo sabemos irrepetible, único como aquellos labios entreabiertos o el final de aquel verano cálido y tormentoso, y es la búsqueda de esa belleza, del placer estético que supone su irremisible pérdida, lo que nos mantiene perpetuamente regresando al encuentro de aquellos lugares, de aquellos momentos que brillaron un efímero instante, como botes remando contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado.



sábado, 25 de septiembre de 2010

El viajante





Pocas veces se nos brinda la oportunidad de aunar trabajo y diversión, deber y placer, pero estos días por el sur del levante, desde la alta y metalizada torre del aeropuerto de Alicante a la más clásica y rubicunda de Valencia, he pasado cuatro días de replanteos, reuniones y actualizaciones de software y, entre cada una de estas cosas, he disfrutado de buenas comidas y cenas, y del solaz y la guía de buenos compañeros que me han enseñado sus rincones favoritos en tierras que a ellos, profesional o personalmente, les son familiares y conocidas.

Gota fría en Alicante, luna llena y cielo despejado en Valencia, he pernoctado en hoteles de peor y mejor categoría, disfrutado de desayunos copiosos en bufetes atestados y reposado cervezas frías en terrazas nocturnas, al pie de edificios de piedra amarilla cuya edad se mide en siglos. Como un señorito, he tenido ocasión de probar una paella preparada en la Albufera, al pie de los canales que rodean las barracas, entre las cañas y el barro, y sin tiempo para comparaciones, al día siguiente comía un sencillo bocadillo en la terminal de un aeropuerto o en el banco de un andén.

Una y otra vez he deshecho y vuelto a hacer mi maleta, y en cada ocasión he barrido con la mirada mi habitación, antes de salir de cada hotel, para no dejar allí otra cosa olvidada que sábanas arrugadas, toallas aún húmedas o espejos empañados. He entrado y salido, saludado a la risueña recepcionista o guiñado un ojo a la atractiva camarera, sin que el gesto pasara de inocente fantasía. He dormido solo, mirando al techo blanco y a las luces de los coches en él reflejadas, hasta caer dormido finalmente, agotado tras un cambio de software o tranquilamente, entre las páginas de un libro. Y he trabajado, trabajado y cumplido mis objetivos, porque no es lo mismo ser viajero que viajante, aunque ambos tengan en común la expiación dinámica del movimiento, la libertad efímera del viaje, con su principio siempre conocido y su final, ...tan incierto.

domingo, 8 de agosto de 2010

Toros de Cataluña


Como a la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes, el espectáculo de los toros siempre me ha resultado bastante indiferente, es decir, nunca ha despertado mi interés lo suficiente como para malgastar mi tiempo asistiendo a una corrida de toros. Por tanto, como la inmensa mayoría de la población de este país, sé que el espectáculo de los toros es sólo espectáculo y entretenimiento para una minoría. Y esto significa que si alguien me llama desde Madrid, confundido por las últimas noticias, para alertarme de que en Cataluña ya no podemos celebrar corridas de toros, no tendré más remedio que lamentarme con ironía y responder: “¡Es cierto!, ¡¡y yo que pensaba educar a mis hijos en el arte de la tauromaquia!!, ¡¿qué voy a hacer ahora?!”.

Otra cosa bien distinta es que, fuera de nuestras fronteras, dicho arte, dicha “actividad” para quien le parezca aberrante llamarlo siquiera arte, haya sobresalido precisamente por lo que tiene de conspicuo y distinto en relación con otros pueblos de Europa o del mundo. Cuando vivía en Estados Unidos, más de uno y más de dos llegó a preguntarme, quizá precisamente porque allí el conocimiento del mundo y de su historia es bastante limitado entre la clase media, si los hombres de mi país vestían a diario por la calle con el traje de luces. Semejantes despropósitos, además de provocar la risa, no son sino parte de la inevitable asociación de tópicos y arquetipos que asociamos a culturas de las que sabemos bien poco. Todos imaginamos a los chinos laboriosamente hacendados y hacinados en gigantescos talleres textiles o a los japoneses practicando kárate en un hermoso jardín o a los rusos bailando en cuclillas y bebiendo vodka como si fuera agua. Cualquiera que lo piense, por supuesto, sabe que hay mucho más, pero la imagen primera sobrevive, porque tiene fuerza.

En España, para orgullo de unos pocos, lamento de otros y jocosa hilaridad de la mayoría, el toro y en concreto el toro de lidia y lo que algunos españoles hacen con él, se ha convertido en símbolo que traspasa fronteras. Los propios extranjeros, cuando llegan a nuestro país para conocerlo y comprobar que no todos vestimos traje de luces, que ni tenemos un toro tatuado en el brazo ni cuernos en la cabeza (bueno, alguno seguro que sí :-), nos devuelven como un espejo esa imagen de nosotros mismos, que sabemos parcial e injusta, pero que también nos hace gracia, por su ignorancia y candidez.

Y entonces, más allá del símbolo, de su carácter minoritario en el interior y de su relevancia exagerada en el exterior, alguien viene a preguntarse si es de ley lo que hacemos a estos animales. Es normal que la pregunta surja, es normal que las sociedades evolucionen, es normal que su moral se transforme, que sus preocupaciones cambien. Pero las leyes, como concepto que restringe, como obligaciones contraídas de común acuerdo para toda la sociedad, si bien deben también, como es lógico, amoldarse a la moral de la época, deben ir siempre taimadamente por detrás. Explicaré a que me refiero un sencillo ejemplo.

Hace sólo veinte años (1990) casi nadie en su casa reciclaba nada. Para mi madre, de 63 años, todavía es un trastorno que merma su actividad en la cocina; para mi padre, que sólo entra en la cocina para olisquear y saber qué se cuece, qué va a comer, lo del reciclar es una solemne tontería, una pijada de estos tiempos. Pero para Cristina y para mí, que hemos bebido ya de las ideas de este nuevo siglo y nos hemos contagiado del temor a cambiar el clima y entorno que nos rodea, reciclar es una tarea que realizamos con preocupación y que vemos necesaria. ¿Cómo de necesaria?, ¿se debería obligar a nuestros vecinos, a todos, incluidos a personas como mis padres, a hacerlo?, ¿se debería multar o incluso encarcelar a quien no lo hagan? Supongo que la respuesta aquí –para muchos- es no, sencillamente porque nuestra moral, la actual, no ha evolucionado hasta el punto de considerar que un daño infringido al medioambiente es merecedor de semejante castigo. Sin embargo, quizás mis hijos, dentro de 30 o 40 años, si las condiciones del planeta se han vuelto insostenibles, si a consecuencia de ello se han producido epidemias, hambre y catástrofes que se han llevado millones de vidas por delante, quizás mis hijos entonces vean perfectamente lógico y absolutamente necesario considerar que una persona que no recicla, que contamina a diario y no contribuye en sus obligaciones ambientales, debe ir a prisión o pagar grandes sumas para revertir sus desmanes. ¿Y qué ley o pena le aplicarían entonces en una sociedad así de evolucionada a un pirómano que tiene por costumbre quemar los pocos bosques que queden en el planeta?. A algunos la prisión seguramente les parecería poco. Además de esto, la sociedad de mis hijos, su moral avanzada, se preguntará por qué no hicimos ya lo mismo en nuestro tiempo, por qué la generación de sus padres permitió que se quemaran miles de hectáreas de bosque para dedicar el suelo a la construcción de viviendas y el lucro de sus apoderados, cómo fue –dirán- que no impusimos leyes que prohibieran y castigaran duramente esos delitos contra el medioambiente. Y la respuesta está clara: hacía falta que la sociedad evolucionara, que mis hijos nacieran y propusieran esas leyes, que nosotros las votásemos y aceptásemos y que mis padres, ya lejos de este mundo terrenal, no pudieran oponerse a ellas ni sufrir por ellas, por unas leyes que no entenderían ni comprenderían en su moral obsoleta.

Las leyes siempre deben respaldar la moral y la ética de un tiempo, pero hay que comprender que en cada tiempo existe no una sino varias generaciones, varias mentalidades o morales, y las últimas, más reformistas, estarán por la labor de realizar cambios mientras las primeras, conservadoras, de negarlos. Como las leyes deben aplicarse a todos, sin excepción, la sociedad en su conjunto debe alcanzar un gran consenso antes de imponérselas a cada ciudadano, especialmente cuando se trata de leyes que prohíben, no que permiten (a nadie se le escapa que no sería lo mismo permitir el desnudo en la playa que prohibir los bañadores en la misma). Entre ambos verbos, entre permitir y prohibir, hay sólo un verbo más, uno que permite sobrevivir al primero y evitar al segundo: educar.

La sociedad catalana es una sociedad que en España suele ser pionera en modernidad, amplitud y transformación de la moral, lo era en el siglo XIX, lo era en tiempos de la República y seguramente así sigue siendo, después del largo paréntesis -para toda España- de la dictadura. No me parece extraño ni me sorprende, por tanto, que haya sido aquí donde la moralidad de la fiesta nacional se haya puesto primero en entredicho (Las Canarias no tenían semejante tradición, por lo que no las considero ni de lejos comparables a Cataluña, no les costó abolir una tradición que no tenían). Lo que sí me deja estupefacto es que un parlamento haya permitido la aprobación de una prohibición (de nuevo, ¡no es un permiso para no ver los toros, es una prohibición para quienes desean verlos!) en base a una respetable pero minoritaria iniciativa popular.

Y es aquí donde radica el problema y espero que mis amigos catalanes no se lleven a engaño: una iniciativa anti-taurina que respetamos e incluso respaldaríamos muchos ciudadanos, una iniciativa que se irá consolidando y creciendo y ganando adeptos con los años, según vayamos educando a las nuevas generaciones en el respeto por el medioambiente, se ha transformado en el parlamento catalán, por virtud de ideas nacionalistas -que todos sabemos sí existen allí, que son vitales para el sostenimiento de varios partidos nacionalistas y sus caciques- en una prohibición impuesta demasiado pronto, sin el consenso necesario, a partir de una minoría creciente (antitaurina) para aislar a otra minoría decreciente (taurina), mientras la mayoría de los ciudadanos espera todavía recibir lo que le corresponde por derecho: educación, información y conocimiento que haga evolucionar su moral antes de verla impuesta por ley.

viernes, 30 de julio de 2010

Bañarse desnudo


Hoy viernes era mi último día de vacaciones pero esta noche cayeron chubascos por todo el Baix Llobregat y la mañana amaneció nublada, arruinando mis planes de ir a la playa. Mi mujer ya se había ido a trabajar y desayuné con desgana, mirado el cielo incierto.

Después de pensarlo, sin embargo, y habiendo sacado ya la bici del garaje, decidí tomar el camino que lleva al mar, con la esperanza de que el día mejorara. Después de pasear arriba y abajo por el paseo marítimo de Gavà, de entretenerme observando los chalets de los más afortunados y de casi atropellar al caniche de uno de ellos, me detuve junto a un tramo de playa que parecía desierta, yerma en la distancia amplia que cubría la arena desde una duna oculta, perfecta para abandonar la bici, y la orilla del mar. Sólo la torre del vigía de la Cruz Roja, a una prudencial distancia, perturbaba aquella soledad.

Dejé la bici echada sobre las hierbas silvestres que crecían a sotavento de la duna elegida y me acerqué con paso torpe hasta la orilla. El agua estaba brava y un fino velo de nubes dejaba pasar a medias el sol, creando extraños juegos de luces y sombras sobre la mar agitada. No había allí nadie más. En la torre, el vigía parecía dormitar bajo la bandera amarilla que se agitaba como un trapo al viento.

Como un pensamiento de lo más natural, se me ocurrió de pronto que podría desnudarme allí mismo y entrar en el agua sin más. No se me entienda mal: ni soy un pervertido (aunque me gustaría saber lo que eso significa para tí, lector) ni un tímido exhibicionista. En lo que se refiere al desnudo integral en la playa, lo cierto es que, salvo contadas excepciones que todos mis congéneres podrán imaginar, no disfruto viendo a otras personas desnudas al sol. En realidad me causa rubor, me incomoda y a veces hasta me desagrada, por lo que puedo perfectamente comprender que otros tampoco deseen verme a mí tal y como mi madre me trajo al mundo.

Sin embargo, allí no había nadie. Tal vez el vigía no dormía realmente, tal vez un paseante eligiera aquel momento para acercarse a la orilla o tal vez una mucama hacía la cama de su amo en alguno de aquellos enormes chalets, al otro lado del paseo, y decidiera asomarse, indiscreta, a la ventana... pero lo cierto es que ninguna de esas cosas me parecía lo suficientemente cercana como para cohibirme o incomodarme. Así que, en un gesto rápido, me libré del bañador y lo lancé junto a las deportivas y la mochila que yacían ya en la arena.

Andando descalzo, desnudo, despacio, entré en el agua y me zambullí de un salto para sentir sobre mi cuerpo, sobre todo mi cuerpo, el agua fría y agitada, el baño de las aguas primordiales, primigenias, el liquido salado en el que florecieron las primeras células, millones de años atrás, allí, flotando como ahora lo hacía yo. Nadé libre, me sumergí, buceé como un pez y me zambullí una y otra vez, exultante, excitado por la falta de resistencia del bañador, la suavidad con que el agua se deslizaba sobre la piel.

Cuando por fin salí del agua, el sol había vuelto a brillar, las nubes se habían evaporado y yo me tumbé exhausto sobre la arena cálida, dejando que el tiempo y el viento secaran las gotas saladas, excepto las de mis labios, que bebí encantado.

No, supongo que no podría ni querría hacer lo mismo en una playa atestada de gente pero ¡dios!, de verdad te lo digo, lector, ¡no dejes de buscar tu playa privada!, tu solitaria ensenada, ese lugar en el que entrar en contacto íntimo con el mundo que te rodea.

miércoles, 28 de julio de 2010

Aquel tiempo, aquellas mujeres




Paseo entre fotos y veo estos rostros, de aquellas mujeres, de aquel tiempo perdido y casi olvidado, lentamente acumulado en las fracturas de mi piel, en mis patas de gallo. Contemplo unos segundos sus caras adolescentes, sus pieles bruñidas de juventud, y recuerdo en un solo golpe letal, en una reminiscencia que casi duele, el sonido de sus risas, la delgadez de sus figuras al contraluz o el aroma del mar en su cabello mojado. Porque las mujeres de mi vida son como los destellos de sol en la mar plateada, que en la distancia brillan intensamente sólo un instante, aquí y allá, nunca en el mismo lugar, nunca en la misma situación.

Como sembradas a lo largo de mi infancia, mi adolescencia o mi madurez posterior, sus vidas se cruzaron con la mía aportando una visión, un aroma, un sabor y luego continuaron su camino por vericuetos que no pude o quise seguir. Desde aquellas relaciones que perduraron durante años a las que no tuvieron mayor longevidad que la de un paseo nocturno por las calles de Madrid, desde las que me entregaron sólo una frase a las que me dieron todo su aliento, su caricias o sus besos, todas, salpicando la línea continua de mi vida, merecen algo más que mi recuerdo enredado, merecen toda una oda, toda una canción a la experiencia que me dejaron, al deseo que nació de sus curvas, al placer de sus concesiones, al dolor también que me impusieron con su negativa a mi amor alocado y a veces descabellado. Y esa canción, como la que Humbert escucha desde lo alto de ese barranco mientras contempla la población minera allá abajo, es tan hermosa como inefable, y forma parte de mí como los dedos que golpean este teclado, como las palabras que se agolpan de pronto por salir de mi mente mellada, ebria de recuerdo y nostalgia, del sabor de aquel tiempo, de aquellas mujeres casi olvidadas.

sábado, 10 de julio de 2010

El viaje


Todo viaje tiene un destino pero éste carece de importancia. Porque el final del viaje es a la ruta lo que la muerte a la vida, un ocaso ineludible al que no prestamos atención mientras recorremos el camino.

NOTA: ¡subid el volumen para ver el vídeo!

domingo, 27 de junio de 2010

De nuevo en la carretera


Ver A Madrid 2 en un mapa más grande

Vuelve la aventura, vuelve el viaje. De nuevo será la carretera quién guié mi camino. 714 Km, 10 horas y media: a Madrid por el paso del suroeste (Teruel), esta vez atravesando, sobre 80CV de potencia, la Sierra de Albarracín.

Llevo bastante equipaje, las alforjas bien cargadas, mi cámara de fotos, mi música en mp3... todo aguardando en esta víspera el viaje que mañana comienza, impaciente por dar suavemente al gas con la mano derecha mientras la izquierda embraga, un instante antes de que mi pie, como un autómata, cambie de marcha.

sábado, 12 de junio de 2010

Cuando uno no sabe dónde va a despertar



Cuando uno no sabe dónde va a despertar, contiene el aliento antes de abrir los ojos. Cuando uno es consciente de que el sueño ha quedado atrás, de que hay luz diurna y una ventana y quizás alguien más allí fuera, un segundo de maravillosa incertidumbre, de temor y a la vez de urgente curiosidad, se apodera de cada músculo, cada órgano y cada célula que ahora despiertan, que vuelven a la vida.

Son ocasiones en que el acto sencillo de abrir los ojos, de descubrir primero el techo, luego las paredes y el color, la luz o los muebles de la habitación, se asemejan más seguramente al paroxismo del nacimiento, a nuestra primera llegada a este mundo, que al simple final de una noche durmiendo. No es frecuente, y requiere generalmente haber viajado y dormido en pocos días en distintas camas, en distintas habitaciones, el milagro que propicia que la memoria pierda el rumbo una buena mañana y nos regale ese momento de descubrimiento, de revelación, de renacimiento.

Porque el lugar dónde nos encontramos al despertar tiene mucho que ver con quienes somos, porque no llegamos a conocer nuestra identidad hasta que nos ubicamos cada mañana en el espacio y en el tiempo, y porque ese instante, cuando cedo a la curiosidad, cuando separo la cortina rosada de mis párpados y descubro dónde estoy, contiene destilada toda la esencia del zumo de esta vida: el sueño, la conciencia; el miedo, la pregunta; el coraje, la aventura; el descubrimiento, la sorpresa. Todo ello flotando en un mar de rutina, de madrugadas limpias y despertares calmos en los que no cabe duda de quienes somos o dónde estamos.

viernes, 28 de mayo de 2010

De la percepción y otros errores humanos




Creo que todo el mundo conoce el argumento, muy manido ya, de que la realidad es algo distinto a lo que percibimos pero de ahí a descubrir, como ocurre en ocasiones, que ambas cosas no se parecen en nada, hay un largo pasillo de asombro. “¿Cómo pude creer que…?”, ¿qué me llevaría a mi a pensar que…?”.

¿Hasta qué punto puede un hombre percibir erróneamente la realidad que le rodea y equivocar con ello sus decisiones o sus acciones?. Sí, vale…, estoy hablando de mi y no de un amigo o un pariente lejano :-) pero digo esto pensando en que todos alguna vez hemos juzgado erróneamente a alguien o creído, de nuevo erróneamente, que la chica de la primera fila, esa que no deja de buscar excusas en clase para pedirnos los apuntes, esta coladita por nosotros. “Macaco presuntuoso –nos flagelamos luego- ¿cómo pudiste pensar eso en lugar de comprender a tiempo que ella era nueva y extraña en tu ciudad y buscaba tan solo hacer amigos, y –sobre todo- cómo se te ocurrió acabar declarándote de aquella manera, olvidando cualquier otra posibilidad, dando por hecho una simple percepción, dando por sentado que la realidad se ceñía tan casualmente a tus deseos?”

Constatar que nos hemos equivocado, que lo que veíamos, tocábamos y sentíamos no tenía en realidad el color ni el tacto que esperábamos y –mucho menos- un sentimiento afín al nuestro, como ocurre en los retorcidos senderos del deseo y el amor, puede descubrirnos hasta que punto nosotros, concretamente nosotros, somos presa fácil del autoengaño, de creer lo que queremos creer y obviar el resto.

Decía Locke en el siglo XVII que la realidad a menudo se ve coloreada por los afectos. ¿Coloreada?, ¡dios bendito!, ¡es mucho más que eso!, ¡esta teñida entera!, ¡la realidad es un amalgama de mediciones erróneas, de percepciones falsas!, de malentendidos y desencuentros, de verdades que se escapan. Me lo decía mi profesor de física cuántica y con 21 años yo todavía no lo aceptaba: lo que se mide se ve afectado por el medidor, el resultado por la inferencia del observador, la verdad por la opinión de su creador.

Aún así, con todos sus defectos, nuestra percepción es lo único que tenemos, la única forma de medir. Y hay que medir. No hacerlo sería como estar ciego y caminar sin agitar las manos o un bastón por delante. Así que prueba, dilo, confiesa, toca, besa, experimenta y, en definitiva, haz uso de la errónea percepción porque sólo así conseguirás acercarte a la verdad, aunque ésta duela.

Y en cuanto al error en la percepción…, bueno, no hay porque castigarse, ¿verdad?, errar es inherente al ser humano, está íntimamente vinculado a la libertad que poseemos, a esa tremenda y a veces apabullante libertad que no atesoran otros animales y que nos hace tan especiales, y en ocasiones tan infelices. Y todo es así desde que nacemos: pruebo, lo intento, me equivoco, lo admito (o no!), me corrijo (si puedo, si quiero) y vuelta a empezar. Es un ciclo que castiga nuestra autoestima si no se gestiona bien emocionalmente y que nos hace mejorar continuamente si sabemos sacar algo en claro. Comprender y asumir la frustración que produce equivocarse debería ser lo primero que se enseña en las escuelas, mucho antes que los números naturales o las letras del alfabeto que componen las palabras con las que ahora escribo, las que he usado desde niño para describir lo que percibo.

sábado, 22 de mayo de 2010

No hay nada que temer



En ocasiones experimento -como todo el mundo alguna vez, supongo- lo que significaría saber que hoy va a ser el último día de mi vida. Voy hacia el trabajo conduciendo mi moto y uno de esos camiones que bajan como locos del vertedero del Garraf se salta un ceda el paso, mandándome directamente al paraíso, o al infierno, o al nihilismo más vacuo.

Es una sensación extraña, pero sobre todo es frustrante, porque de haberlo sabido, de haber podido siquiera intuir que hoy iba a ser, que hoy sería sólo hoy y ya nunca mañana, hay tantas cosas que me hubiera gustado hacer, decir, escribir... De repente el futuro no existe, alguien (un conductor temerario, un tropiezo infortunado) o algo (el azar, el destino predeterminado) nos lo ha robado. Como dice el asesino a sueldo que interpreta Clint Eastwood en Sin Perdón: "Cuando matas a un hombre, le arrebatas no sólo lo que es sino todo lo que podría llegar a ser".

E inmediatamente después de esa frustración que te asola al comprender que, de ser hoy tu último día, ya no podrás llevar a cabo todo lo que hubieras querido, se te viene a la mente una pregunta muy sencilla que en cambio cuesta mucho responder: "¿Y por qué diantres no lo he hecho hasta ahora?". ¿Por qué dejamos para un lamento final, para el segundo antes de que nuestra vida expire, esa lista que de pronto parece interminable de cosas por hacer?, ¿por qué no empezar ahora, ya, a decir lo que pienso, lo que siento, a vivir natural, a percibir y sentir las cosas como un animal, un organismo pluricelular, pero a disfrutarlas como sólo un ser humano puede hacerlo?. Y si lo piensas bien hay una única respuesta, una barrera trasparente pero sólida que nos lo impide, y esa frontera, que muy pocos logran cruzar, es el miedo. Miedo al individuo, miedo a la manada, miedo a lo que nos rodea, miedo a lo que llevamos dentro, miedo a lo desconocido, a que lo conocido nos sorprenda y decepcione, miedo a tener miedo.

Y cuando la barrera cae y el miedo desaparece, tal y como es posible imaginar que ocurre en ese instante final en el que descubrimos de pronto que todo va a acabar, tal y como le ocurre al protagonista de American Beauty un segundo antes de que el cañón de esa pistola le presione la nuca, entonces, demasiado tarde ya, comprendemos que sólo hay una cosa peor que morir, y es vivir con miedo.

Así que deja que tus hijos trepen a ese árbol, el riesgo pequeño y real de que caigan no podrá nunca equipararse al placer emocional que experimentarán cuando de adultos recuerden la perspectiva del parque y el barrio de su infancia vistos desde allí arriba, entre las ramas y las hojas. Y monta en moto, asume esa visión de la carretera si te place, porque si tanto la deseas lamentarás no haberla experimentado si el día fatídico te alcanza antes de que lo hayas hecho.
Y si el camión finalmente te arrolla, confía, recuerda, que ni siquiera él, con todas sus toneladas de peso, podrá arrebatarte los kilómetros vividos.

sábado, 17 de abril de 2010

Entre dos tierras


Deseamos lo que no poseemos -creo que fue Platón quien así lo dijo y no hizo sino describir lo evidente. Si no tengo a Madrid, a su primavera repentina, a sus nocturnos adoquines empapados, de calles viejas y aceras lavadas, de árboles gigantes y avenidas de sombra jaspeada, si no tengo todo eso, lo echo en falta, lo deseo, como a una mujer nueva de aroma distinto. Pero si estoy allí, en el Madrid de mi juventud, donde cada esquina y cada bar me recuerdan un episodio iniciático o un desamor reencontrado, entonces sólo puedo pensar en la vasta extensión del mar azul vista desde lo alto de las montañas, por encima del verde de los pinos, mientras la tierra del rodeno, fina como polvo de talco, mancha mis trilladas deportivas. Soy castellano, pero deseo el mediterráneo; vivo a orillas del mar pero añoro las tierras de secano. Y si la luz puede ser onda y a la vez corpúsculo, por qué no iba a ser yo celtíbero de la meseta y a un tiempo ibero de la costa.


domingo, 31 de enero de 2010

Risky Business

Lo único malo de una primera experiencia es que sólo ocurre una vez. Esa es su virtud y, a la par, su defecto. Por eso nunca recuperamos la segunda vez que vemos una película, leemos un libro, o besamos unos labios, las sensaciones que obtuvimos la vez primera.

Así que no voy a lamentarme de que esta película de 1983 no pueda ya hacerme sentir como cuando la visioné en aquella primera ocasión, hacia 1994 o 1995. Sólo puedo aspirar a recordar y analizar, de la forma más objetiva posible, por qué ese largometraje para otros anodino resultó para mi tan fascinante y rico en detalles. En críticas de Internet he leído opiniones que la tachan de comedia inmadura, tópica e incluso machista. Y no puedo decir que no tenga algo de todo eso vista desde la perspectiva de un adulto de treinta y tantos pero, ¡por dios, con que facilidad olvida la gente su adolescencia!, ese periodo de caos y preocupaciones constantes, donde no tener planchado cierto pantalón o que tus padres no quieran dejarte salir una tarde se convierte en la más terrible de las tragedias, en una agonía larga sobre el qué dirán tus compañeros de instituto o si esa chica volverá a dirigirte la mirada. La vida pasa lentamente entonces y cada sensación, por ser la primera, adquiere dimensiones exageradas, proporciones astronómicas.

Como al protagonista de Risky Business, también a mi me preocupaba mi futuro, la expectación que mis padres depositaban en él, si haría o no una carrera, si me convertiría en adulto (¡como si hubiera una forma de evitar que eso ocurriera!). Perder un curso, un solo curso, significaba entonces el fin del mundo, el adiós al orgullo de mis padres, a mi labrado futuro. De alguna forma vivía acongojado y al mismo tiempo excitado por la posibilidad de que mis padres descubrieran mis secretos mejor guardados, mis preocupaciones más calladas. Como el propio Tom Cruise en la película, también yo bailaba en calzoncillos por casa cuando mis padres se marchaban, o invitaba a mis amigos a tomar una pizza y ver una peli prohibida, o me masturbaba en la oscuridad de mi dormitorio preguntándome cuándo esas fantasías de mi mente tomarían cuerpo real, senos turgentes y muslos ardientes con los que no estaba seguro de saber maniobrar.

Por supuesto que todo esto no son sino tópicos de una edad, al menos entre los adolescentes de mi mismo ámbito social, pero ello no hace esos momentos menos auténticos. Y por supuesto que todo ello resulta inmaduro, pero tampoco eso es un defecto antes de alcanzar la madurez. Todo tiene su tiempo, su lugar en esa línea continua con principio y final.

A mi, Risky Business me supuso un alborozo de auto comprensión en un tiempo en que era difícil, y a veces nada deseable, establecer comunicaciones con el mundo de mis padres. Recuerdo que me entretuve gratamente -y aún lo hago- con muchas de sus escenas, con sueños eróticos que acaban en desastres académicos, con carreras desesperadas en bicicleta por recuperar un objeto de gran valía en el mundo adulto, y de ninguna en el nuestro. Me sentía identificado cuando el protagonista le cogía a escondidas el coche a su padre y admirado cuando la más bella de las prostitutas -lejos de lo que la edad adulta nos ha demostrado luego que significa esa palabra-, se desnudaba entre hojas de otoño y viento.

Con una música inigualable de Tangerine Dream, que escucho mientras escribo estas líneas, aún soy feliz viendo esta película mientras dejo a un lado la decepción que supone saber que nunca será igual que la primera vez. Puesto que hace ya mucho tiempo que dejé de ser un adolescente, cualquier nueva revisión de este filme requiere por mi parte una dosis de imaginación, tolerancia y comprensión que me acerque a lo que eran esos tiempos, a esas memorias inmaduras y tópicas, y a las que, al menos yo, regreso siempre encantado.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Soñaba que dormía



Este diminuto relato lo he escrito esta misma mañana, lo cuelgo aquí recién salido del horno :-)

Soñaba que dormía

Soñaba que dormía boca abajo, con el rostro presionado contra la almohada, cuando en realidad –y esto, claro está, sólo lo supe al despertar- dormía boca arriba, con las manos sobre el pecho, como la efigie de un mausoleo. Y si esto les parece de por si una incoherencia, imagínense cuan extraño y dispar era el sueño que padecía.

Soñaba que dormía junto a mi segunda esposa pero el perfil, el color del cabello y sobre todo la curva suave de la espalda, eran de la primera. Y sólo quien haya dormido con más de una mujer sabe lo distintas que llegan a ser cuando yacen a tu lado, desde la quietud de los párpados cerrados, de los labios entreabiertos, hasta el perfume de su cabello o la temperatura de su piel. Sin embargo y a pesar de esas diferencias, en los hombres se da a menudo este extraño caso que pocos confesamos: dormimos con una mujer a la que amamos, pero soñamos -casi sin poderlo evitar- con la primera que tuvo acceso a nuestro corazón.

De mi primera esposa no volví a saber nada tras el divorcio, al menos inmediatamente. En cierta ocasión me pareció verla en la calle, a lo lejos, era desde luego su postura erguida, de tacones altos, y la melena oscura que yo recordaba, pero la perdí entre el gentío de Rio Rosas con Santa Engracia, y confieso que me quedé un instante varado en la acera, con miedo de seguir andando, por si la alcanzaba.

De todas formas, lo cierto es que no necesité encontrármela por Madrid para llegar a saber de ella. Ya en la fiesta de unos amigos, cuando yo aún no me había vuelto a casar, supe que salía con alguien. Y en la misma fiesta del año siguiente -mucho más agradable- me llegó el rumor, mientras sostenía una copa de vino, de que había roto abruptamente con aquel desconocido, espectáculo incluido en una cafetería del centro. Mentiría si dijera que aquel vino no me pareció excelente, pero también si no admitiera abiertamente haber sentido cierto alivio primero y luego una urgencia extraña por buscarla y correr a su lado a consolarla, a mostrarme magnánimo y comprensivo, a abrazarla compasivo.

Luego llegó mi segunda boda y enseguida los niños que no vinieron con la primera. Pasaron los años y mi vida cambió notablemente, ya no iba a fiestas ni escuchaba los comentarios, entre risas, del grupo de al lado, pero en una cena que mi mujer y yo organizamos en casa para unos amigos, después de haber dejado a los niños con mi suegra, uno de los invitados a quien yo apenas conocía resultó, por una de esas casualidades de la vida, haber trabajado con ella en un proyecto de consultoría para una empresa cuyo nombre no retuve mientras intentaba esquivar la mirada curiosa de algunos de mis amigos y sus esposas. Todavía hoy soy de la opinión de que nadie pudo percibir la prisa con que comenzó a latirme el corazón al saber, de boca de aquel invitado entrometido, que mi antigua amante y esposa había rehecho su vida, que había alcanzado una excelente posición en su empresa antes de dar el salto y crear la suya propia y que, aunque tenía pareja –escuché fingiéndome distraído- no se había vuelto a casar. Por lo visto viajaba mucho, a destinos lejanos, y su vida ajetreada apenas si le permitía mantener contacto con unos pocos buenos amigos. Tentado estuve de preguntarle a aquel invitado cómo diablos sabía él tanto de mi ex-esposa pero me contuve y dejé que el tema se apagara por si solo mientras sonreía como buen anfitrión.

Cuando al final de la velada, todos nuestros amigos, incluido el portador de aquellas noticias, cogieron el ascensor o bajaron ruidosamente las escaleras, cerré la puerta de casa y respiré hacia dentro. Insistí en que dejáramos la mesa y los platos como estaban y nos fuéramos a dormir cuanto antes. No quería que mi mujer notase mi desconcierto y apagué la luz enseguida. Y sólo en la oscuridad, consciente de que no era observado ni analizado, pude al fin relajar mi rostro y decirme a mi mismo –con sinceridad absoluta- lo que sentía.

Más allá de la vana envidia, por otra parte ligera, de aquella vida excitante y viajera que al parecer llevaba mi primera esposa, o de la obviedad de preguntarme cómo hubiera resultado la mía de haber seguido casado con ella, había algo que me molestaba más profundamente, que me hacía sentir decepcionado, pero no con nadie en particular, ni siquiera con mi propia vida o el rumbo que había tomado, sino más bien con la…-¿cómo decirlo?- la “unicidad” del destino, la certeza de que la vida es sólo una y que el camino escogido, para bien o para mal, excluye –salvo en sueños- a todos los demás.

jueves, 24 de septiembre de 2009

De lo útil

Ayer al mediodía, en una agradable comida, conversaba con mi compañero Elu sobre el trabajo y nuestros pasados laborales antes de entrar en Aena. De esta forma vino de nuevo a mi memoria la experiencia que supuso mi primer trabajo y que, algún tiempo después, plasmé en un pequeño ensayo, "De lo útil", que salió publicado en la ya extinta revista "Quanto" de mi facultad, en la primavera del 2001 o el 2002, ya no me acuerdo.


De lo útil



Quizás la Biblia se equivoca y trabajar no fue nunca un castigo impuesto a Adán sino algo que él mismo eligió. Quizás no hubo manzana ni tentación, ni trampa ni cartón, sino sólo un deseo de abandonar la rutina maravillosa del paraíso a cambio de una justificación de la propia existencia: si durante años Adán deambuló descalzo y ocioso por prados verdes e infinitos, rodeado de abundancia y placeres que le eran entregados sin más, ¿ acaso no es posible que en algún momento se preguntara “¿Para qué me creo Dios?, ¿qué utilidad reporto yo?, ¿qué lugar, qué misión, tengo en este vergel? ” ?. Y tal vez, sólo tal vez, decidió hallar la respuesta a través del sudor de su frente.
Esta idea pudiera parecer absurda a la mayoría, pues no en vano la leyenda bíblica persiste y son pocos los que hoy en día no piensan en el trabajo como en una verdadera maldición. Obsérvese, sin embargo, que al hablar de trabajo no me refiero a la simple ocupación de las manos o el intelecto, ni a la mayor o menor satisfacción que de dicha ocupación pudiera derivarse. Hablo, señores, de la sensación magnífica que produce “tener trabajo”, tener un empleo, una responsabilidad,…y hablo —desde luego— del fenómeno opuesto: de lo que significa no tenerlo, de la angustia de la desocupación, el desempleo, la ausencia de responsabilidades que subyace como auténtico mal en la vacía extensión del tiempo libre. Se disfruta de la ociosidad sólo cuando ésta no es gratuita, cuando deviene de la realización de un trabajo o un esfuerzo, cuando es merecida o se ha obtenido por meritos propios, como unas vacaciones. Fuera de eso, el tiempo libre se vive con una ausencia total de imaginación, de perspectivas, se vive incluso con una molesta vergüenza, como les ocurría a algunos de mis amigos cuando acabaron la carrera: después de toda una vida dedicada a los estudios, ocupada siempre por estos, ahora, al terminar y comenzar a buscar trabajo, mientras esperaban con ansiedad esa llamada, esa entrevista que no llegaba, se sentían aturdidos por la inactividad, el tedio de sus nuevas vidas. Apenas hacían nada durante el día, sólo enviar alguna carta, releer sus propios curriculums o el periódico de la mañana en busca de ofertas. Los días para ellos volaban y cuando te los encontrabas por la calle y les preguntabas qué tal, bajaban azorados la cabeza, como si llevaran a cuestas la vergüenza de su ociosidad, una moderna flor de lis, una letra escarlata que les recordaba a ellos y a los demás que no hacían nada de utilidad. Porque el hombre —y aquí vuelvo a mi hipótesis de Adán— necesita trabajar, necesita sentirse útil a si mismo y a los demás, necesita crear, desarrollar, producir,…llamémoslo por ahora, sin mayor pretensión, “deseo de utilidad”.

A finales del otoño pasado también yo me sentía así. Todavía lejos de acabar la carrera, había visto durante todo ese año cómo mis amigos, mi novia, mis compañeros, uno por uno, acababan sus estudios y comenzaban a trabajar, se volvían “útiles” al fin, como gusanos de seda que salieran de sus capullos convertidos en mariposas capaces de volar. Yo, en cambio, me veía varado en una playa solitaria y desierta, todavía incapaz de zarpar pero deseando adentrarme en alta mar: sentía, como ya he dicho, un tremendo “deseo de utilidad” y, así las cosas, me decidí a enviar un único curriculum a una empresa de meteorología, mi especialidad. Tuve suerte, la empresa en cuestión, METEOTEMP, concertó con halagadora prisa una entrevista en la que pudieron comprobar que me desvivía por trabajar, máxime en una empresa como aquella que se dedicaba a la creación y difusión de partes meteorológicos y que aunaba —recuerdo que pensé— mis conocimientos de física atmosférica y mi gusto, antiguo ya, por la redacción. El trabajo era a jornada parcial, cuatro horas que me permitirían volver a casa a estudiar y no dar por perdidos los exámenes de febrero. No, se lo aseguro, no estaba muy bien pagado pero yo tenía tanta, tanta ilusión, …¿comprenden?. En seguida empecé a trabajar.


Me es difícil describir la alegría que experimenté durante aquellos primeros días. En casa todo eran sonrisas, mi padre parecía al fin orgulloso de mi, me trataba con un respeto nuevo, desconocido, como el que debe corresponder —imagino que piensa él— a un hombre adulto, hecho y derecho. Mis amigos me felicitaban por teléfono o por correo electrónico, expresando tímidamente la envidia que sentían, y mi novia presumía con sus amigas de lo mucho que me esforzaba, sin que le importara admitir que lo hacía por poco dinero, pues eso tal vez enaltecía mi condición como trabajador.
Yo, por mi parte, salía cada mañana de la cálida y oscura boca de metro de Callao hacia la luz intensa y radiante de aquellos soleados y fríos días de diciembre y, una vez fuera, se me henchía el pecho y el alma misma al comprender mi nueva situación, como un hombre que inicia una aventura o elige de pronto caminar en una dirección de final incierto. A veces me quedaba quieto un segundo, absorto en mitad de la plaza, aprisionado por la excitación casi provinciana que me trasmitían los coches y el bullicio de la gente a mi alrededor, la actividad continúa de la Gran Vía, los grandes comercios, los cines, las aceras manchadas de sol... y miraba a toda aquella gente, caminando deprisa hacia sus propios trabajos, y me sentía parte de un enorme conjunto, plenamente integrado en la sociedad. Al fondo, a través de la neblina matinal que todavía enturbiaba la calle Preciados, se dibujaba la sombra fantasmal del viejo reloj de la Puerta del Sol pero yo giraba a la derecha, hacia Santo Domingo, dónde se ubicaba mi puesto laboral, y caminaba hasta allí contento, feliz, con el rostro trasformado por una emotividad desconocida.

Todo aquello, sin embargo, cambió. En la entrevista, mi jefa, la señorita Silvia Apellidos, me había explicado que mi trabajo consistiría en ayudar al meteorólogo de guardia, dibujar mapas y redactar informes para distintos medios de comunicación. La verdad es que durante el tiempo que trabajé allí jamás redacté algo en la forma en que yo hubiera deseado, todo eran prisas y la calidad escrita de los informes no contaba. Mi mejor valor, mi capacidad para redactar, quedaba así malgastado. Tampoco mis conocimientos de meteorología, aunque todavía escasos, eran utilizados, todo intento por mi parte de aplicarlos era suprimido en aras de una mayor rapidez y muy pronto empecé a sentirme allí como un autómata, como un robot, peor aún, como un mono. Es curioso: yo tenía un empleo, pero no me sentía más útil que cuando carecía de él.
Fuera, sin embargo, la gente seguía preguntándome por mi nuevo trabajo, felicitándome, ignorando la mueca en mi rostro o la rapidez con que yo cambiaba de tema cuando insistían. Y es que yo nunca hablaba de mi descontento, supongo que sólo quería seguir disfrutando del orgullo de mi padre, del de mi novia, de la mirada satisfecha de mi tío o el reconocimiento de mis primos, aferrándome a todas las cosas buenas que sí me había granjeado ese empleo, desde tener mi propia tarjeta de la seguridad social a la satisfacción de poder invitar a copas a los amigos.
Del trabajo salía cada día tarde, cansado, confundido. Teniendo en cuenta mis estudios, yo había firmado una jornada parcial de cuatro horas, pero detrás se escondía una avalancha de trabajo que era imposible realizar en menos de seis. Por supuesto me quedaba más horas de las que me tocaban, siempre bajo la responsabilidad de que —tal y como decía mi jefa— lo que no hiciera yo tendría que acabarlo otro ese mismo día, alguno de mis compañeros, que bastante tenían ya. Y era cierto, allí todos estaban sobreexplotados y a consecuencia de ello todos tenían mala cara o estaban amargados, con la excepción de Sara ( gracias por tus sonrisas Sara ) y el bueno de Jesús. Sin embargo nadie habló jamás de la necesidad evidente de contratar a un empleado más, la empresa se lo ahorraba. Así la presión fue en aumento, el trabajo también, y el día en que, con los exámenes ya muy cerca, decidí marcharme a mi hora, tuve que enfrentarme a mi jefa, a sus ladinas artimañas psicológicas y finalmente a sus amenazas de despido. Sin duda fui entonces lo bastante explícito en mis argumentos, porque al día siguiente alguien, no ella misma, me hizo entrega de una carta de despido.
Y sí, —lo confieso— recuerdo las mañanas soleadas de enero y diciembre con nostalgia de paraíso perdido, de un tiempo maravilloso que se escapó con todo su esplendor. Pero también es cierto que así me ocurre a mi con todo lo que ya pasó, con los tiempos pretéritos, con el pasado y su naturaleza irrecuperable por definición.


Quizás quieran saber ustedes qué he aprendido. He aprendido que a veces ocurre que no encontramos la llave que abre la puerta del mundo. A veces ocurre que no gira en la cerradura, que se atora sin remedio y cae al suelo entre los dedos nerviosos y entorpecidos. Y a veces, también, el deseo de cruzar el umbral de esa puerta nos lleva a sobrevalorar lo que hay al otro lado.
¿Y quieren saber qué opino ahora del “deseo de utilidad” y De lo Útil ?. Si fue Adán quien eligió, si trabajar no fue como dicen un castigo de Dios, estoy de acuerdo con su elección. Eligió trabajar porque el hombre tiene esa necesidad. Sí, necesidad en todos los sentidos. Pero trabajar no es vivir, y nuestro “deseo de utilidad”, nuestro deseo de sentirnos útiles, no debiera nunca llevarnos a pensar que existimos exclusivamente para producir, hay demasiada gente dispuesta a aprovecharse de eso. Es al revés señores, producimos para poder vivir, para sentirnos útiles también, producimos para volver a casa y dar un tranquilo paseo con nuestra novia, para jalear a nuestro equipo de fútbol, para leer un libro exquisito junto a la ventana empapada o tomar una caña en un bar con ese amigo al que una desconocida volvió a despechar.Yo creía que sentirse útil consistía en tener un trabajo, en ser productivo, un bien valioso para la sociedad. Pero estaba equivocado. Sentirse útil pasa por hacer valiosos tus talentos y virtudes naturales, por desarrollarlos con ilusión cada día. Yo estudio física y disfruto con muchas de las asignaturas, pero supongo que ante todo, en mi fuero interno, soy un creador, un escritor. Y algunas noches, en la oscura intimidad del asiento trasero de mi coche, mi novia, casi dormida en el hueco de mi hombro, aprovecha un largo silencio para preguntarme en qué pienso. Creo que la última vez le dije, un poco jocoso: “ Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte ”. Supongo que ella no reconoció en esas palabras el último párrafo del Lolita de Nabokov, pero es igual, porque seguro que sí entiende que forman parte de mi, como todas las cosas que he leído o escrito. Por eso sonríe divertida, igual que sonrío yo cada vez que encuentro un cabello suyo, rubio y largo, entre mis ropas.

martes, 25 de agosto de 2009

Tormenta de verano

Aunque cualquiera diría que aún es pronto para afirmarlo, esas manchas nubosas en el horizonte, esos vientos súbitos, traen consigo el final del verano.
La atmósfera está ya demasiado caliente, contiene demasiada energía, acumulada durante los límpidos días azules de estos últimos tres meses. Es hora de la descarga, de esas lluvias tórridas que no refrescan nada, de goterones grandes y calientes como las aguas de una piscina nocturna.

Para mí es uno de los mejores momentos del año pero, como todo cenit, es también el preludio de un descenso, de un sol que ya se aleja y unos días cada vez más cortos. Y hay algo de pérdida irremisible en esos días.
En una madrugada de finales del verano de 2002 escribí uno de esos microrelatos de los que tanto abusaba entonces y que formaba parte de un cuarteto dedicado a las estaciones. En principio es un pequeño relato sobre el placer de la lectura, dedicado a esos libros estivales que recordamos luego toda la vida, pero creo que también contiene -y ahora que estoy lejos de allí me doy perfecta cuenta- una esencia de Madrid, del Madrid despoblado, seco y caluroso, que aún vacío subsiste en el centro de la península antes de que su población ingente regrese de las playas conquistadas y arrasadas del Levante. Espero sinceramente que os guste.


El verano

Fue un verano tórrido. Las mujeres caminaban medio descalzas, con vestidos de tela suave y etérea, y los hombres sudaban en sus camisas y se abrían sofocados los primeros botones de la pechera. Entre el canto de las chicharras, el asfalto se fundía en las avenidas, los árboles no daban sombra y las calles se quedaban a media tarde desiertas, vacías. Y aunque las tormentas eran frecuentes, incluso la lluvia que caía entonces era tibia, y el calor volvía luego con más fuerza que antes.
Aquellas tormentas estivales llegaban a veces de madrugada, en mitad de la calma y el bochorno y cuando eran los grillos, y no las cigarras, quienes cantaban. En noches como aquellas, incapaz de dormir, yacía en mi cama destapado y semidesnudo, con la pequeña lamparita encendida sobre un libro. Y entre página y página llegaba hasta mi el siseo de los aspersores del jardín, hasta que por encima de todos los demás susurros nocturnos se escuchaba de pronto el bramido de un trueno lejano. Como asustados, los grillos del jardín callaban. La noche quieta, el tiempo dormido y yo despierto, leyendo mi libro.
En el silencio recién creado una suave brisa mecía los visillos de mi cuarto, junto a la ventana abierta, y un aire cálido y húmedo se colaba en la habitación con su promesa de agua y el leve aroma de una tierra distante y mojada. Y entonces comenzaba a oírse el viento, silbando entre las fachadas de los edificios, aullando como un loco que ha escapado a su encierro. Soplaba sobre el mundo como un preludio a la tormenta y agitaba vigoroso a su paso las hojas de los árboles cimbreantes, batiendo también los toldos de las terrazas y balcones que no habían sido alzados a la puesta del sol y que ahora temblaban y chirriaban, débilmente sujetos a sus goznes de metal. El fragor de los truenos se acercaba, rompían tan cerca que a veces los cristales de las ventanas y los adornos de las estanterías vibraban y, en la breve quietud que reinaba entre un estruendo y otro, se oían puertas que, empujadas por poderosas corrientes, se cerraban de golpe en el silencio oscuro y vacío de apartamentos colindantes.
No recuerdo la madrugada exacta, pero sí que fue en una de esas noches, mientras esperaba la lluvia ardiente, que leí la historia olvidada de un hombre que dormía de día y leía de noche.

viernes, 31 de julio de 2009

A Madrid por el Paso del Suroeste


Ver A Madrid en un mapa más grande

A Madrid va uno cuando la necesidad de afecto materno apremia, cuando un percance ha ocurrido o cuando desde la última vez ha transcurrido un tiempo excesivo. Y cualquier medio puede llevarte allí, pues en Madrid acaban todas las rutas aéreas, todas las líneas de ferrocarril. Diríase que todos los caminos conducen allí, y más si eres un expatriado, un prófugo o, como dice la canción de Sabina, un fugitivo.

En mi caso, viajaré esta vez al centro de la península por motivos personales, quiero darle un abrazo a alguien y decirle que la tierra no se hundirá bajo sus pies. Pero antes he de llegar allí y para ello he escogido la ruta más larga, el camino más tortuoso pero también el que tiene un mayor valor iniciático. Porque eso debiera ser todo viaje, un descubrimiento, una aventura, un temblor en nuestra rutina que sacuda los sentidos. Y todo lo demás debiera llamarse “traslado”, porque no pasa de ahí.

Mañana por la mañana, pertrechado con mi cazadora de verano y un pequeño equipaje, me calaré el casco, las gafas de sol y saldré del garaje con mi motocicleta dispuesto a abrir el que yo llamo, irrisoriamente, el Paso del Suroeste: una vía que hipotéticamente une Barcelona y Madrid siguiendo una línea recta. Esto implica atravesar por carreteras comarcales las provincias de Barcelona, Tarragona, Teruel y Guadalajara, con lo que espero encontrar -imagino que no dragones ni damiselas- pero sí hermosos parajes, ríos, valles, montañas y llanuras infinitas de nubes sombreadas. Espero ver las vides con su fruto perlado dorándose al sol, encinas solitarias y colinas sembradas de girasoles a ambos lados de la carretera. Llevo conmigo mi cámara y no perderé ocasión de detenerme donde una postal me lo pida.
Sí, mañana tengo un viaje, a Madrid.

jueves, 7 de mayo de 2009

Primavera

Hace ya bastantes primaveras que escribí este “micro-relato” que formaba parte de un cuarteto dedicado a las estaciones y que si no recuerdo mal salió publicado en uno de los últimos números de la revista de la facultad. Desde entonces, la llegada de esta estación y el asentamiento de los primeros días reales del buen tiempo siempre me lo recuerdan, quizás últimamente con más fuerza puesto que este diminuto relato, esta escena, con su escueta ambientación y su fotografía, tienen para mí algo del Madrid que más echo a faltar.


La primavera

En cierta ocasión, un amigo me relataba en un bar el encuentro fortuito que tuvo con una chica a quien él profesaba un amor desmedido. Me habló de cómo una mañana la vio salir de un portal, por casualidad, y la paró, de cómo hablaron largo rato varados en la acera, a la sombra de unos árboles de primavera, y también me contó, entre cerveza y cerveza, cómo fue que la conoció, cómo que empezó a amarla y por qué razón. Me confesó que algunos días podía charlar con ella animadamente y, muchos otros, sintiéndose triste o alicaído, era incapaz de decirle nada por miedo a que ella no le encontrara entretenido. Aquel día, a la salida de aquel portal, ella sonreía y le escuchaba divertida, se pasaba de vez en cuando los dedos por el cabello castaño, suavemente acariciado por una ligera brisa y, entre risa y risa, respiraba profundamente dentro de su blusa entallada. Mas al poco ella miró su reloj, distrajo su atención hacia el final de la calle y agitó el brazo en dirección a un coche rojo que vino a detenerse junto a ellos. Del coche salió un muchacho apuesto y bien vestido que, una vez hechas las presentaciones, la tomó de la mano y se la llevó.

Miré a mi amigo por encima de mi cerveza, sin saber bien qué decir. “ ¿ Sabes ? -me explicó por encima de la suya con ojos lacrimosos que yo no sabía si atribuir al alcohol o a su corazón lastimado- lo peor de todo es que aquel día estuve brillante ”.

domingo, 5 de abril de 2009

Origen de la memoria


A través de un viejo compañero del colegio que me encontró recientemente en esa macro-indiscreta base de datos que es Facebook, me llega, 27 años después, esta fotografía que ni la memoria más persistente hubiera podido o sabido retener. O eso pensaba.
Porque nada más recibirla, mientras calculaba mentalmente el año en que fue tomada y obtenía un sorprendente 1981, empecé a recitar en un murmullo, uno a uno y sin ningún atisbo de duda, los nombres de todos esos niños y niñas, de sólo 6 o 7 años, que fueron mis compañeros en 1º de EGB.

Y de pronto no son sólo los colores desvaídos de esta imagen de los 80, como el sepia de las fotos del siglo XIX, los que me recuerdan aquellos años de escuela, sino cada rostro y cada historia impresa en él, cada apresurada carrera hacia el patio, al terminar la clase de la mañana, cada partida de chapas o de canicas, cada sonrojo ante una de aquellas niñas a las que escandalizaban nuestras palabrotas, en una época en la que los meses transcurrían lentos como eones y cada día era una aventura eterna.

No sé si mis allegados me reconocerán. Tercera fila, arriba, en el centro, con un estrambótico jersey a rayas horizontales por el que mañana mismo exigiré explicaciones a mi madre. A mi izquierda, bajito y con su largo tupé, está mi mejor amigo de entonces, Ángel Luis Arévalo, con quien compartía una sensibilidad y una visión estética y enriquecedora del mundo que cambié, como cromos de fútbol, por la amistad de otro chico más popular y que luego resultó ser uno de esos falsos líderes a los que todos hemos seguido por error alguna vez. Ángel Luis abandonó la escuela pocos años después, porque su madre, que se había vuelto a casar, se mudaba con su nuevo marido a Albacete, y yo, con esa crueldad ciega de la que sólo son capaces los niños, vi llegar y pasar el día de su marcha sin despedirme siquiera de él.

En la primera fila, la de más abajo, casi en el extremo de la fotografía, está María del Mar Díaz Ruiz. Esa niña menuda, de cabellos rubios y rizados en bello contraste con su chándal azul, fue, como se suele decir, mi primer amor, y, como casi todos los que tuve después, más platónico que correspondido. Cuatro cursos más tarde sus padres la cambiaron de colegio y eso me produciría la primera experiencia sentimentalmente dolorosa de mi vida. Aún hoy no me atrevo a valorar cómo influyó eso en mi actual forma de ser o incluso de escribir pero sí recuerdo que muchos, muchos años después, caminaba por la acera con un amigo de la universidad cuando tropecé con su rostro, de la misma belleza que yo recordaba, y bajé la cabeza fingiendo no haberla reconocido. No se si eso prueba que soy un cobarde, pero sí desde luego que podemos ser de adultos infinitamente más estúpidos que de niños.

No puedo dejar de escribir tampoco sobre la chica de blanco junto a María del Mar, de nombre Nadia Blázquez, pues con ella llenaría el hueco que años antes dejara su amiga y compañera. Nadia era de esas chicas cuyas condiciones en la vida -padres separados, algún que otro problema en casa- volvían excepcionalmente madura para su edad. Mientras los demás pedíamos permiso para volver a casa más tarde de las 8, ella ya cogía el metro sola y vivía sin limitaciones ni horarios. Me enamoré de ella en la fiesta de su doce cumpleaños, mientras bailábamos abrazados con la música de Eros Ramazzoti, en el salón de su casa, y ese mismo año tuve con ella mi primera cita, si bien estoy seguro que ella no la consideró nunca como tal, pues acudió en compañía de un libro que no dudó en decirme que traía por si se aburría. Salimos algunas veces más durante aquella primavera de interminables huelgas del profesorado en las que los alumnos vagábamos sueltos y libres por la ciudad, sentándonos en bancos de calles tan lejanas de casa y del colegio como nuestro temor a lo desconocido y a una invisible frontera nos permitía descubrir.
Nadia era preciosa pero yo nunca me atreví a tomarla siquiera de la mano, aunque lo deseara fervientemente cuando, al cruzar una calle o esquivar al gentío de una acera atestada, nos rozábamos levemente. No fue hasta el año siguiente que supe, por uno de esos amigos envidiosos, que ese mismo verano en que yo soñaba con rozar su piel ella retozaba ya sobre la hierba de una piscina municipal con uno de aquellos chicos nuevos y malotes que habían entrado ese año en el colegio. No me sorprendió tanto enterarme de aquello como descubrir lo que implicaba: que se había acabado la inocencia, que entrábamos todos, yo el último como siempre, en la adolescencia.

Finalmente -se lo debo a ella y a mi mismo- en el extremo derecho de la segunda fila está Diana. Era de esas chicas atractivas pero algo rellenita que terminaba siendo la confidente de todos los chicos antes que la causa de sus desvelos. No sé cómo llevaba ella eso, egoístamente nunca se lo pregunté: yo le hacía depositaria de mis secretos “Me gusta María del Mar” -le decía- pero nunca le preguntaba sobre los suyos. A veces tenía la sospecha, contrariado, de que era yo por quien ella suspiraba. La amistad de nuestras madres y la proximidad de nuestros hogares nos convirtieron en muy buenos amigos y siempre volvíamos a casa juntos, arrastrando a nuestros hermanos pequeños y cotilleando sobre los compañeros de clase.
Cuatro años después del instante en que aquí la veis retratada, cuando contaba tan sólo diez años de edad, su casa saltó por los aires al explosionar el gas que debido a una fuga se había ido acumulando en las escaleras del edificio durante horas, horas en las que seguramente ella y yo corríamos por el patio o volvíamos contentos a casa desde el colegio, y que detonó esa tarde bajo la presión del dedo inocente de un cartero que llamó al portero automático. Ella fue la única víctima mortal. Y el resto de su familia vivió para llorar su muerte y rozar la locura y abandonar para siempre aquel barrio y aquella escuela que yo ahora me empeño en recordar.

Es increíble. Miro de nuevo la foto y la veo realmente como un almacén de la memoria, el origen de tantas historias, no sólo la mía… Como dice esa tremenda película de Sergio Leone: “Conoces a los ganadores en la línea de salida”. Sí, pero también a los perdedores, y a los que no serán ni una cosa ni la otra, que son la mayoría y que seguramente siguen hoy con la multiplicidad y complejidad caleidoscópica de sus vidas, vidas que se extienden y se ramifican a partir de esta simple fotografía.

Profesora Iciar, Raquel, Blanca, Alicia, Ángel Luis, Pablo, Eduardo, Juan, Oscar, Daniel, MariPaz, Alicia, Helena, Olga, Rodrigo, Mónica, Nuria, Alejandro, Marcos, Fernando, Ignacio (Nacho), Miguel Ángel, Diana, Nadia, María del Mar, Ana, Inés, Diego, Israel, Encarna, Carlos, Alberto y Víctor, desde estas líneas yo os recuerdo y os honro a todos, a los que aún vivís y a los que ya no estáis, sois parte de la memoria, de mi memoria, única depositaria de lo que he sido y aún debo ser, hasta el día en que yo mismo exista sólo como eso, como fotografía, como origen de otra memoria.

viernes, 6 de marzo de 2009

Estic malalt: dolor y enfermedad


Así es, enfermo. Otra vez mi estómago, como no. En la que empieza a ser una rutina de mis días (y mis noches), al menos cuatro veces al año cojo una buena gastroenteritis, alguna clase de infección estomacal, un cólico o una indigestión que se complica y me hace expulsar las entrañas durante horas para dejarme luego postrado y febril durante dos o tres jornadas, a veces laborables y otras, para mayor escarnio, festivas.

La debilidad de mi estómago se ha ido haciendo patente desde mi juventud y ahora que empiezo a entrar en eso que llaman la mediana edad se reafirma como uno de los males, junto a los dolores de espalda, que prometen hacerse endémicos y propios, íntimamente personales, y que serán seguramente quienes me den guerra sin cuartel en la vejez.
Con el tiempo aprende uno a sobrellevarlos con cierta dignidad, salvo tal vez por el absentismo laboral que provocan y que siempre me ha causado algo de vergüenza, no tanto porque piense que cabe aún hacer algo con este estómago mío como por el hecho de comprobar que a ningún otro compañero le ocurre, lo que establece una comparación tan ridícula como pusilánime en la que lucho en desventaja.
Quizás lo que más me fascina (“fascina”, por dejar de usar palabras derrotistas, ahora que ya cedió la fiebre y he probado mi primer y delicioso trozo de pan tostado), es comprobar que mientras se halla uno inmerso en estos episodios de dolor y enfermedad, incluso cuando son tan efímeros como una noche de continuados vómitos biliares, puede uno prometer y de hecho promete lo que haga falta, se arrodilla ante dioses en los que no cree y jura erigir monumentos colosales a quienes sostienen nuestra mano o nuestra frente cuando esta se inclina o se introduce por completo en la blanca vacuidad del inodoro. Todo, lo daríamos todo, con tal de que el dolor o la nausea desaparecieran, y no puede uno creer entonces, mientras el esófago arde y se contrae, que el final de ese padecer esté cerca, que en realidad no vayan a ser sino unas pocas horas de sufrimiento, tras las cuales todo lo prometido, todo lo escrito en este párrafo incluso, parecerá exagerado.

Pero sin duda, si he de quedarme con alguna conclusión de estas últimas 48 horas, el perfecto candidato sería ese ya familiar momento, entre arcada y arcada, en los que la enfermedad nos da un respiro, un alivio, una muestra de piedad, y se detiene uno a pensar en lo maravilloso y a la vez milagroso que es realmente el estado opuesto a aquel en el que ahora está: el de la salud, el de los otros 350 días del año que pasamos en perfecta y equilibrada armonía con el mundo, sin una fiebre, sin un vómito, sin un dolor, y que nunca, nunca, llegamos a apreciar y agradecer lo suficiente.
Así que ahora, mientras digiero el mendrugo de pan de esta mañana, mientras empiezo a pensar en las tareas que tengo por delante, en ventilar la habitación, en la posibilidad de una ducha larga y caliente que acabe con la quema de mi actual pijama, en recuperar, en definitiva, la vida que el miércoles dejé en suspenso, doy gracias a los astros y a los dioses, reales e inventados, por concederme la salud y la dicha de un cuerpo que puede olvidar y desdeñar la enfermedad el 95,89% del tiempo que pasa en este mundo, para concentrarse en la salida del sol, en el desorden de mi casa, en el libro que estaba leyendo, en el protocolo NTP, en los tímidos inicios de la primavera.