sábado, 17 de abril de 2010
Entre dos tierras
domingo, 31 de enero de 2010
Risky Business

Lo único malo de una primera experiencia es que sólo ocurre una vez. Esa es su virtud y, a la par, su defecto. Por eso nunca recuperamos la segunda vez que vemos una película, leemos un libro, o besamos unos labios, las sensaciones que obtuvimos la vez primera.
Así que no voy a lamentarme de que esta película de 1983 no pueda ya hacerme sentir como cuando la visioné en aquella primera ocasión, hacia 1994 o 1995. Sólo puedo aspirar a recordar y analizar, de la forma más objetiva posible, por qué ese largometraje para otros anodino resultó para mi tan fascinante y rico en detalles. En críticas de Internet he leído opiniones que la tachan de comedia inmadura, tópica e incluso machista. Y no puedo decir que no tenga algo de todo eso vista desde la perspectiva de un adulto de treinta y tantos pero, ¡por dios, con que facilidad olvida la gente su adolescencia!, ese periodo de caos y preocupaciones constantes, donde no tener planchado cierto pantalón o que tus padres no quieran dejarte salir una tarde se convierte en la más terrible de las tragedias, en una agonía larga sobre el qué dirán tus compañeros de instituto o si esa chica volverá a dirigirte la mirada. La vida pasa lentamente entonces y cada sensación, por ser la primera, adquiere dimensiones exageradas, proporciones astronómicas.
Como al protagonista de Risky Business, también a mi me preocupaba mi futuro, la expectación que mis padres depositaban en él, si haría o no una carrera, si me convertiría en adulto (¡como si hubiera una forma de evitar que eso ocurriera!). Perder un curso, un solo curso, significaba entonces el fin del mundo, el adiós al orgullo de mis padres, a mi labrado futuro. De alguna forma vivía acongojado y al mismo tiempo excitado por la posibilidad de que mis padres descubrieran mis secretos mejor guardados, mis preocupaciones más calladas. Como el propio Tom Cruise en la película, también yo bailaba en calzoncillos por casa cuando mis padres se marchaban, o invitaba a mis amigos a tomar una pizza y ver una peli prohibida, o me masturbaba en la oscuridad de mi dormitorio preguntándome cuándo esas fantasías de mi mente tomarían cuerpo real, senos turgentes y muslos ardientes con los que no estaba seguro de saber maniobrar.
Por supuesto que todo esto no son sino tópicos de una edad, al menos entre los adolescentes de mi mismo ámbito social, pero ello no hace esos momentos menos auténticos. Y por supuesto que todo ello resulta inmaduro, pero tampoco eso es un defecto antes de alcanzar la madurez. Todo tiene su tiempo, su lugar en esa línea continua con principio y final.
A mi, Risky Business me supuso un alborozo de auto comprensión en un tiempo en que era difícil, y a veces nada deseable, establecer comunicaciones con el mundo de mis padres. Recuerdo que me entretuve gratamente -y aún lo hago- con muchas de sus escenas, con sueños eróticos que acaban en desastres académicos, con carreras desesperadas en bicicleta por recuperar un objeto de gran valía en el mundo adulto, y de ninguna en el nuestro. Me sentía identificado cuando el protagonista le cogía a escondidas el coche a su padre y admirado cuando la más bella de las prostitutas -lejos de lo que la edad adulta nos ha demostrado luego que significa esa palabra-, se desnudaba entre hojas de otoño y viento.
Con una música inigualable de Tangerine Dream, que escucho mientras escribo estas líneas, aún soy feliz viendo esta película mientras dejo a un lado la decepción que supone saber que nunca será igual que la primera vez. Puesto que hace ya mucho tiempo que dejé de ser un adolescente, cualquier nueva revisión de este filme requiere por mi parte una dosis de imaginación, tolerancia y comprensión que me acerque a lo que eran esos tiempos, a esas memorias inmaduras y tópicas, y a las que, al menos yo, regreso siempre encantado.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Soñaba que dormía

Soñaba que dormía boca abajo, con el rostro presionado contra la almohada, cuando en realidad –y esto, claro está, sólo lo supe al despertar- dormía boca arriba, con las manos sobre el pecho, como la efigie de un mausoleo. Y si esto les parece de por si una incoherencia, imagínense cuan extraño y dispar era el sueño que padecía.
Soñaba que dormía junto a mi segunda esposa pero el perfil, el color del cabello y sobre todo la curva suave de la espalda, eran de
De mi primera esposa no volví a saber nada tras el divorcio, al menos inmediatamente. En cierta ocasión me pareció verla en la calle, a lo lejos, era desde luego su postura erguida, de tacones altos, y la melena oscura que yo recordaba, pero la perdí entre el gentío de Rio Rosas con Santa Engracia, y confieso que me quedé un instante varado en la acera, con miedo de seguir andando, por si la alcanzaba.
De todas formas, lo cierto es que no necesité encontrármela por Madrid para llegar a saber de ella. Ya en la fiesta de unos amigos, cuando yo aún no me había vuelto a casar, supe que salía con alguien. Y en la misma fiesta del año siguiente -mucho más agradable- me llegó el rumor, mientras sostenía una copa de vino, de que había roto abruptamente con aquel desconocido, espectáculo incluido en una cafetería del centro. Mentiría si dijera que aquel vino no me pareció excelente, pero también si no admitiera abiertamente haber sentido cierto alivio primero y luego una urgencia extraña por buscarla y correr a su lado a consolarla, a mostrarme magnánimo y comprensivo, a abrazarla compasivo.
Luego llegó mi segunda boda y enseguida los niños que no vinieron con
Cuando al final de la velada, todos nuestros amigos, incluido el portador de aquellas noticias, cogieron el ascensor o bajaron ruidosamente las escaleras, cerré la puerta de casa y respiré hacia dentro. Insistí en que dejáramos la mesa y los platos como estaban y nos fuéramos a dormir cuanto antes. No quería que mi mujer notase mi desconcierto y apagué la luz enseguida. Y sólo en la oscuridad, consciente de que no era observado ni analizado, pude al fin relajar mi rostro y decirme a mi mismo –con sinceridad absoluta- lo que sentía.
Más allá de la vana envidia, por otra parte ligera, de aquella vida excitante y viajera que al parecer llevaba mi primera esposa, o de la obviedad de preguntarme cómo hubiera resultado la mía de haber seguido casado con ella, había algo que me molestaba más profundamente, que me hacía sentir decepcionado, pero no con nadie en particular, ni siquiera con mi propia vida o el rumbo que había tomado, sino más bien con la…-¿cómo decirlo?- la “unicidad” del destino, la certeza de que la vida es sólo una y que el camino escogido, para bien o para mal, excluye –salvo en sueños- a todos los demás.
jueves, 24 de septiembre de 2009
De lo útil
De lo útil
Quizás la Biblia se equivoca y trabajar no fue nunca un castigo impuesto a Adán sino algo que él mismo eligió. Quizás no hubo manzana ni tentación, ni trampa ni cartón, sino sólo un deseo de abandonar la rutina maravillosa del paraíso a cambio de una justificación de la propia existencia: si durante años Adán deambuló descalzo y ocioso por prados verdes e infinitos, rodeado de abundancia y placeres que le eran entregados sin más, ¿ acaso no es posible que en algún momento se preguntara “¿Para qué me creo Dios?, ¿qué utilidad reporto yo?, ¿qué lugar, qué misión, tengo en este vergel? ” ?. Y tal vez, sólo tal vez, decidió hallar la respuesta a través del sudor de su frente.
Esta idea pudiera parecer absurda a la mayoría, pues no en vano la leyenda bíblica persiste y son pocos los que hoy en día no piensan en el trabajo como en una verdadera maldición. Obsérvese, sin embargo, que al hablar de trabajo no me refiero a la simple ocupación de las manos o el intelecto, ni a la mayor o menor satisfacción que de dicha ocupación pudiera derivarse. Hablo, señores, de la sensación magnífica que produce “tener trabajo”, tener un empleo, una responsabilidad,…y hablo —desde luego— del fenómeno opuesto: de lo que significa no tenerlo, de la angustia de la desocupación, el desempleo, la ausencia de responsabilidades que subyace como auténtico mal en la vacía extensión del tiempo libre. Se disfruta de la ociosidad sólo cuando ésta no es gratuita, cuando deviene de la realización de un trabajo o un esfuerzo, cuando es merecida o se ha obtenido por meritos propios, como unas vacaciones. Fuera de eso, el tiempo libre se vive con una ausencia total de imaginación, de perspectivas, se vive incluso con una molesta vergüenza, como les ocurría a algunos de mis amigos cuando acabaron la carrera: después de toda una vida dedicada a los estudios, ocupada siempre por estos, ahora, al terminar y comenzar a buscar trabajo, mientras esperaban con ansiedad esa llamada, esa entrevista que no llegaba, se sentían aturdidos por la inactividad, el tedio de sus nuevas vidas. Apenas hacían nada durante el día, sólo enviar alguna carta, releer sus propios curriculums o el periódico de la mañana en busca de ofertas. Los días para ellos volaban y cuando te los encontrabas por la calle y les preguntabas qué tal, bajaban azorados la cabeza, como si llevaran a cuestas la vergüenza de su ociosidad, una moderna flor de lis, una letra escarlata que les recordaba a ellos y a los demás que no hacían nada de utilidad. Porque el hombre —y aquí vuelvo a mi hipótesis de Adán— necesita trabajar, necesita sentirse útil a si mismo y a los demás, necesita crear, desarrollar, producir,…llamémoslo por ahora, sin mayor pretensión, “deseo de utilidad”.
A finales del otoño pasado también yo me sentía así. Todavía lejos de acabar la carrera, había visto durante todo ese año cómo mis amigos, mi novia, mis compañeros, uno por uno, acababan sus estudios y comenzaban a trabajar, se volvían “útiles” al fin, como gusanos de seda que salieran de sus capullos convertidos en mariposas capaces de volar. Yo, en cambio, me veía varado en una playa solitaria y desierta, todavía incapaz de zarpar pero deseando adentrarme en alta mar: sentía, como ya he dicho, un tremendo “deseo de utilidad” y, así las cosas, me decidí a enviar un único curriculum a una empresa de meteorología, mi especialidad. Tuve suerte, la empresa en cuestión, METEOTEMP, concertó con halagadora prisa una entrevista en la que pudieron comprobar que me desvivía por trabajar, máxime en una empresa como aquella que se dedicaba a la creación y difusión de partes meteorológicos y que aunaba —recuerdo que pensé— mis conocimientos de física atmosférica y mi gusto, antiguo ya, por la redacción. El trabajo era a jornada parcial, cuatro horas que me permitirían volver a casa a estudiar y no dar por perdidos los exámenes de febrero. No, se lo aseguro, no estaba muy bien pagado pero yo tenía tanta, tanta ilusión, …¿comprenden?. En seguida empecé a trabajar.
Me es difícil describir la alegría que experimenté durante aquellos primeros días. En casa todo eran sonrisas, mi padre parecía al fin orgulloso de mi, me trataba con un respeto nuevo, desconocido, como el que debe corresponder —imagino que piensa él— a un hombre adulto, hecho y derecho. Mis amigos me felicitaban por teléfono o por correo electrónico, expresando tímidamente la envidia que sentían, y mi novia presumía con sus amigas de lo mucho que me esforzaba, sin que le importara admitir que lo hacía por poco dinero, pues eso tal vez enaltecía mi condición como trabajador.
Yo, por mi parte, salía cada mañana de la cálida y oscura boca de metro de Callao hacia la luz intensa y radiante de aquellos soleados y fríos días de diciembre y, una vez fuera, se me henchía el pecho y el alma misma al comprender mi nueva situación, como un hombre que inicia una aventura o elige de pronto caminar en una dirección de final incierto. A veces me quedaba quieto un segundo, absorto en mitad de la plaza, aprisionado por la excitación casi provinciana que me trasmitían los coches y el bullicio de la gente a mi alrededor, la actividad continúa de la Gran Vía, los grandes comercios, los cines, las aceras manchadas de sol... y miraba a toda aquella gente, caminando deprisa hacia sus propios trabajos, y me sentía parte de un enorme conjunto, plenamente integrado en la sociedad. Al fondo, a través de la neblina matinal que todavía enturbiaba la calle Preciados, se dibujaba la sombra fantasmal del viejo reloj de la Puerta del Sol pero yo giraba a la derecha, hacia Santo Domingo, dónde se ubicaba mi puesto laboral, y caminaba hasta allí contento, feliz, con el rostro trasformado por una emotividad desconocida.
Todo aquello, sin embargo, cambió. En la entrevista, mi jefa, la señorita Silvia Apellidos, me había explicado que mi trabajo consistiría en ayudar al meteorólogo de guardia, dibujar mapas y redactar informes para distintos medios de comunicación. La verdad es que durante el tiempo que trabajé allí jamás redacté algo en la forma en que yo hubiera deseado, todo eran prisas y la calidad escrita de los informes no contaba. Mi mejor valor, mi capacidad para redactar, quedaba así malgastado. Tampoco mis conocimientos de meteorología, aunque todavía escasos, eran utilizados, todo intento por mi parte de aplicarlos era suprimido en aras de una mayor rapidez y muy pronto empecé a sentirme allí como un autómata, como un robot, peor aún, como un mono. Es curioso: yo tenía un empleo, pero no me sentía más útil que cuando carecía de él.
Fuera, sin embargo, la gente seguía preguntándome por mi nuevo trabajo, felicitándome, ignorando la mueca en mi rostro o la rapidez con que yo cambiaba de tema cuando insistían. Y es que yo nunca hablaba de mi descontento, supongo que sólo quería seguir disfrutando del orgullo de mi padre, del de mi novia, de la mirada satisfecha de mi tío o el reconocimiento de mis primos, aferrándome a todas las cosas buenas que sí me había granjeado ese empleo, desde tener mi propia tarjeta de la seguridad social a la satisfacción de poder invitar a copas a los amigos.
Del trabajo salía cada día tarde, cansado, confundido. Teniendo en cuenta mis estudios, yo había firmado una jornada parcial de cuatro horas, pero detrás se escondía una avalancha de trabajo que era imposible realizar en menos de seis. Por supuesto me quedaba más horas de las que me tocaban, siempre bajo la responsabilidad de que —tal y como decía mi jefa— lo que no hiciera yo tendría que acabarlo otro ese mismo día, alguno de mis compañeros, que bastante tenían ya. Y era cierto, allí todos estaban sobreexplotados y a consecuencia de ello todos tenían mala cara o estaban amargados, con la excepción de Sara ( gracias por tus sonrisas Sara ) y el bueno de Jesús. Sin embargo nadie habló jamás de la necesidad evidente de contratar a un empleado más, la empresa se lo ahorraba. Así la presión fue en aumento, el trabajo también, y el día en que, con los exámenes ya muy cerca, decidí marcharme a mi hora, tuve que enfrentarme a mi jefa, a sus ladinas artimañas psicológicas y finalmente a sus amenazas de despido. Sin duda fui entonces lo bastante explícito en mis argumentos, porque al día siguiente alguien, no ella misma, me hizo entrega de una carta de despido.
Y sí, —lo confieso— recuerdo las mañanas soleadas de enero y diciembre con nostalgia de paraíso perdido, de un tiempo maravilloso que se escapó con todo su esplendor. Pero también es cierto que así me ocurre a mi con todo lo que ya pasó, con los tiempos pretéritos, con el pasado y su naturaleza irrecuperable por definición.
Quizás quieran saber ustedes qué he aprendido. He aprendido que a veces ocurre que no encontramos la llave que abre la puerta del mundo. A veces ocurre que no gira en la cerradura, que se atora sin remedio y cae al suelo entre los dedos nerviosos y entorpecidos. Y a veces, también, el deseo de cruzar el umbral de esa puerta nos lleva a sobrevalorar lo que hay al otro lado.
¿Y quieren saber qué opino ahora del “deseo de utilidad” y De lo Útil ?. Si fue Adán quien eligió, si trabajar no fue como dicen un castigo de Dios, estoy de acuerdo con su elección. Eligió trabajar porque el hombre tiene esa necesidad. Sí, necesidad en todos los sentidos. Pero trabajar no es vivir, y nuestro “deseo de utilidad”, nuestro deseo de sentirnos útiles, no debiera nunca llevarnos a pensar que existimos exclusivamente para producir, hay demasiada gente dispuesta a aprovecharse de eso. Es al revés señores, producimos para poder vivir, para sentirnos útiles también, producimos para volver a casa y dar un tranquilo paseo con nuestra novia, para jalear a nuestro equipo de fútbol, para leer un libro exquisito junto a la ventana empapada o tomar una caña en un bar con ese amigo al que una desconocida volvió a despechar.Yo creía que sentirse útil consistía en tener un trabajo, en ser productivo, un bien valioso para la sociedad. Pero estaba equivocado. Sentirse útil pasa por hacer valiosos tus talentos y virtudes naturales, por desarrollarlos con ilusión cada día. Yo estudio física y disfruto con muchas de las asignaturas, pero supongo que ante todo, en mi fuero interno, soy un creador, un escritor. Y algunas noches, en la oscura intimidad del asiento trasero de mi coche, mi novia, casi dormida en el hueco de mi hombro, aprovecha un largo silencio para preguntarme en qué pienso. Creo que la última vez le dije, un poco jocoso: “ Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte ”. Supongo que ella no reconoció en esas palabras el último párrafo del Lolita de Nabokov, pero es igual, porque seguro que sí entiende que forman parte de mi, como todas las cosas que he leído o escrito. Por eso sonríe divertida, igual que sonrío yo cada vez que encuentro un cabello suyo, rubio y largo, entre mis ropas.
martes, 25 de agosto de 2009
Tormenta de verano
La atmósfera está ya demasiado caliente, contiene demasiada energía, acumulada durante los límpidos días azules de estos últimos tres meses. Es hora de la descarga, de esas lluvias tórridas que no refrescan nada, de goterones grandes y calientes como las aguas de una piscina nocturna.
Para mí es uno de los mejores momentos del año pero, como todo cenit, es también el preludio de un descenso, de un sol que ya se aleja y unos días cada vez más cortos. Y hay algo de pérdida irremisible en esos días.
En una madrugada de finales del verano de 2002 escribí uno de esos microrelatos de los que tanto abusaba entonces y que formaba parte de un cuarteto dedicado a las estaciones. En principio es un pequeño relato sobre el placer de la lectura, dedicado a esos libros estivales que recordamos luego toda la vida, pero creo que también contiene -y ahora que estoy lejos de allí me doy perfecta cuenta- una esencia de Madrid, del Madrid despoblado, seco y caluroso, que aún vacío subsiste en el centro de la península antes de que su población ingente regrese de las playas conquistadas y arrasadas del Levante. Espero sinceramente que os guste.
El verano
Fue un verano tórrido. Las mujeres caminaban medio descalzas, con vestidos de tela suave y etérea, y los hombres sudaban en sus camisas y se abrían sofocados los primeros botones de la pechera. Entre el canto de las chicharras, el asfalto se fundía en las avenidas, los árboles no daban sombra y las calles se quedaban a media tarde desiertas, vacías. Y aunque las tormentas eran frecuentes, incluso la lluvia que caía entonces era tibia, y el calor volvía luego con más fuerza que antes.
Aquellas tormentas estivales llegaban a veces de madrugada, en mitad de la calma y el bochorno y cuando eran los grillos, y no las cigarras, quienes cantaban. En noches como aquellas, incapaz de dormir, yacía en mi cama destapado y semidesnudo, con la pequeña lamparita encendida sobre un libro. Y entre página y página llegaba hasta mi el siseo de los aspersores del jardín, hasta que por encima de todos los demás susurros nocturnos se escuchaba de pronto el bramido de un trueno lejano. Como asustados, los grillos del jardín callaban. La noche quieta, el tiempo dormido y yo despierto, leyendo mi libro.
En el silencio recién creado una suave brisa mecía los visillos de mi cuarto, junto a la ventana abierta, y un aire cálido y húmedo se colaba en la habitación con su promesa de agua y el leve aroma de una tierra distante y mojada. Y entonces comenzaba a oírse el viento, silbando entre las fachadas de los edificios, aullando como un loco que ha escapado a su encierro. Soplaba sobre el mundo como un preludio a la tormenta y agitaba vigoroso a su paso las hojas de los árboles cimbreantes, batiendo también los toldos de las terrazas y balcones que no habían sido alzados a la puesta del sol y que ahora temblaban y chirriaban, débilmente sujetos a sus goznes de metal. El fragor de los truenos se acercaba, rompían tan cerca que a veces los cristales de las ventanas y los adornos de las estanterías vibraban y, en la breve quietud que reinaba entre un estruendo y otro, se oían puertas que, empujadas por poderosas corrientes, se cerraban de golpe en el silencio oscuro y vacío de apartamentos colindantes.
No recuerdo la madrugada exacta, pero sí que fue en una de esas noches, mientras esperaba la lluvia ardiente, que leí la historia olvidada de un hombre que dormía de día y leía de noche.
viernes, 31 de julio de 2009
A Madrid por el Paso del Suroeste
Ver A Madrid en un mapa más grande
A Madrid va uno cuando la necesidad de afecto materno apremia, cuando un percance ha ocurrido o cuando desde la última vez ha transcurrido un tiempo excesivo. Y cualquier medio puede llevarte allí, pues en Madrid acaban todas las rutas aéreas, todas las líneas de ferrocarril. Diríase que todos los caminos conducen allí, y más si eres un expatriado, un prófugo o, como dice la canción de Sabina, un fugitivo.
En mi caso, viajaré esta vez al centro de la península por motivos personales, quiero darle un abrazo a alguien y decirle que la tierra no se hundirá bajo sus pies. Pero antes he de llegar allí y para ello he escogido la ruta más larga, el camino más tortuoso pero también el que tiene un mayor valor iniciático. Porque eso debiera ser todo viaje, un descubrimiento, una aventura, un temblor en nuestra rutina que sacuda los sentidos. Y todo lo demás debiera llamarse “traslado”, porque no pasa de ahí.
Mañana por la mañana, pertrechado con mi cazadora de verano y un pequeño equipaje, me calaré el casco, las gafas de sol y saldré del garaje con mi motocicleta dispuesto a abrir el que yo llamo, irrisoriamente, el Paso del Suroeste: una vía que hipotéticamente une Barcelona y Madrid siguiendo una línea recta. Esto implica atravesar por carreteras comarcales las provincias de Barcelona, Tarragona, Teruel y Guadalajara, con lo que espero encontrar -imagino que no dragones ni damiselas- pero sí hermosos parajes, ríos, valles, montañas y llanuras infinitas de nubes sombreadas. Espero ver las vides con su fruto perlado dorándose al sol, encinas solitarias y colinas sembradas de girasoles a ambos lados de la carretera. Llevo conmigo mi cámara y no perderé ocasión de detenerme donde una postal me lo pida.
Sí, mañana tengo un viaje, a Madrid.
jueves, 7 de mayo de 2009
Primavera
La primavera
En cierta ocasión, un amigo me relataba en un bar el encuentro fortuito que tuvo con una chica a quien él profesaba un amor desmedido. Me habló de cómo una mañana la vio salir de un portal, por casualidad, y la paró, de cómo hablaron largo rato varados en la acera, a la sombra de unos árboles de primavera, y también me contó, entre cerveza y cerveza, cómo fue que la conoció, cómo que empezó a amarla y por qué razón. Me confesó que algunos días podía charlar con ella animadamente y, muchos otros, sintiéndose triste o alicaído, era incapaz de decirle nada por miedo a que ella no le encontrara entretenido. Aquel día, a la salida de aquel portal, ella sonreía y le escuchaba divertida, se pasaba de vez en cuando los dedos por el cabello castaño, suavemente acariciado por una ligera brisa y, entre risa y risa, respiraba profundamente dentro de su blusa entallada. Mas al poco ella miró su reloj, distrajo su atención hacia el final de la calle y agitó el brazo en dirección a un coche rojo que vino a detenerse junto a ellos. Del coche salió un muchacho apuesto y bien vestido que, una vez hechas las presentaciones, la tomó de la mano y se la llevó.
Miré a mi amigo por encima de mi cerveza, sin saber bien qué decir. “ ¿ Sabes ? -me explicó por encima de la suya con ojos lacrimosos que yo no sabía si atribuir al alcohol o a su corazón lastimado- lo peor de todo es que aquel día estuve brillante ”.
domingo, 5 de abril de 2009
Origen de la memoria

A través de un viejo compañero del colegio que me encontró recientemente en esa macro-indiscreta base de datos que es Facebook, me llega, 27 años después, esta fotografía que ni la memoria más persistente hubiera podido o sabido retener. O eso pensaba.
Porque nada más recibirla, mientras calculaba mentalmente el año en que fue tomada y obtenía un sorprendente 1981, empecé a recitar en un murmullo, uno a uno y sin ningún atisbo de duda, los nombres de todos esos niños y niñas, de sólo 6 o 7 años, que fueron mis compañeros en 1º de EGB.
Y de pronto no son sólo los colores desvaídos de esta imagen de los 80, como el sepia de las fotos del siglo XIX, los que me recuerdan aquellos años de escuela, sino cada rostro y cada historia impresa en él, cada apresurada carrera hacia el patio, al terminar la clase de la mañana, cada partida de chapas o de canicas, cada sonrojo ante una de aquellas niñas a las que escandalizaban nuestras palabrotas, en una época en la que los meses transcurrían lentos como eones y cada día era una aventura eterna.
No sé si mis allegados me reconocerán. Tercera fila, arriba, en el centro, con un estrambótico jersey a rayas horizontales por el que mañana mismo exigiré explicaciones a mi madre. A mi izquierda, bajito y con su largo tupé, está mi mejor amigo de entonces, Ángel Luis Arévalo, con quien compartía una sensibilidad y una visión estética y enriquecedora del mundo que cambié, como cromos de fútbol, por la amistad de otro chico más popular y que luego resultó ser uno de esos falsos líderes a los que todos hemos seguido por error alguna vez. Ángel Luis abandonó la escuela pocos años después, porque su madre, que se había vuelto a casar, se mudaba con su nuevo marido a Albacete, y yo, con esa crueldad ciega de la que sólo son capaces los niños, vi llegar y pasar el día de su marcha sin despedirme siquiera de él.
En la primera fila, la de más abajo, casi en el extremo de la fotografía, está María del Mar Díaz Ruiz. Esa niña menuda, de cabellos rubios y rizados en bello contraste con su chándal azul, fue, como se suele decir, mi primer amor, y, como casi todos los que tuve después, más platónico que correspondido. Cuatro cursos más tarde sus padres la cambiaron de colegio y eso me produciría la primera experiencia sentimentalmente dolorosa de mi vida. Aún hoy no me atrevo a valorar cómo influyó eso en mi actual forma de ser o incluso de escribir pero sí recuerdo que muchos, muchos años después, caminaba por la acera con un amigo de la universidad cuando tropecé con su rostro, de la misma belleza que yo recordaba, y bajé la cabeza fingiendo no haberla reconocido. No se si eso prueba que soy un cobarde, pero sí desde luego que podemos ser de adultos infinitamente más estúpidos que de niños.
No puedo dejar de escribir tampoco sobre la chica de blanco junto a María del Mar, de nombre Nadia Blázquez, pues con ella llenaría el hueco que años antes dejara su amiga y compañera. Nadia era de esas chicas cuyas condiciones en la vida -padres separados, algún que otro problema en casa- volvían excepcionalmente madura para su edad. Mientras los demás pedíamos permiso para volver a casa más tarde de las 8, ella ya cogía el metro sola y vivía sin limitaciones ni horarios. Me enamoré de ella en la fiesta de su doce cumpleaños, mientras bailábamos abrazados con la música de Eros Ramazzoti, en el salón de su casa, y ese mismo año tuve con ella mi primera cita, si bien estoy seguro que ella no la consideró nunca como tal, pues acudió en compañía de un libro que no dudó en decirme que traía por si se aburría. Salimos algunas veces más durante aquella primavera de interminables huelgas del profesorado en las que los alumnos vagábamos sueltos y libres por la ciudad, sentándonos en bancos de calles tan lejanas de casa y del colegio como nuestro temor a lo desconocido y a una invisible frontera nos permitía descubrir.
Nadia era preciosa pero yo nunca me atreví a tomarla siquiera de la mano, aunque lo deseara fervientemente cuando, al cruzar una calle o esquivar al gentío de una acera atestada, nos rozábamos levemente. No fue hasta el año siguiente que supe, por uno de esos amigos envidiosos, que ese mismo verano en que yo soñaba con rozar su piel ella retozaba ya sobre la hierba de una piscina municipal con uno de aquellos chicos nuevos y malotes que habían entrado ese año en el colegio. No me sorprendió tanto enterarme de aquello como descubrir lo que implicaba: que se había acabado la inocencia, que entrábamos todos, yo el último como siempre, en la adolescencia.
Finalmente -se lo debo a ella y a mi mismo- en el extremo derecho de la segunda fila está Diana. Era de esas chicas atractivas pero algo rellenita que terminaba siendo la confidente de todos los chicos antes que la causa de sus desvelos. No sé cómo llevaba ella eso, egoístamente nunca se lo pregunté: yo le hacía depositaria de mis secretos “Me gusta María del Mar” -le decía- pero nunca le preguntaba sobre los suyos. A veces tenía la sospecha, contrariado, de que era yo por quien ella suspiraba. La amistad de nuestras madres y la proximidad de nuestros hogares nos convirtieron en muy buenos amigos y siempre volvíamos a casa juntos, arrastrando a nuestros hermanos pequeños y cotilleando sobre los compañeros de clase.
Cuatro años después del instante en que aquí la veis retratada, cuando contaba tan sólo diez años de edad, su casa saltó por los aires al explosionar el gas que debido a una fuga se había ido acumulando en las escaleras del edificio durante horas, horas en las que seguramente ella y yo corríamos por el patio o volvíamos contentos a casa desde el colegio, y que detonó esa tarde bajo la presión del dedo inocente de un cartero que llamó al portero automático. Ella fue la única víctima mortal. Y el resto de su familia vivió para llorar su muerte y rozar la locura y abandonar para siempre aquel barrio y aquella escuela que yo ahora me empeño en recordar.
Es increíble. Miro de nuevo la foto y la veo realmente como un almacén de la memoria, el origen de tantas historias, no sólo la mía… Como dice esa tremenda película de Sergio Leone: “Conoces a los ganadores en la línea de salida”. Sí, pero también a los perdedores, y a los que no serán ni una cosa ni la otra, que son la mayoría y que seguramente siguen hoy con la multiplicidad y complejidad caleidoscópica de sus vidas, vidas que se extienden y se ramifican a partir de esta simple fotografía.
Profesora Iciar, Raquel, Blanca, Alicia, Ángel Luis, Pablo, Eduardo, Juan, Oscar, Daniel, MariPaz, Alicia, Helena, Olga, Rodrigo, Mónica, Nuria, Alejandro, Marcos, Fernando, Ignacio (Nacho), Miguel Ángel, Diana, Nadia, María del Mar, Ana, Inés, Diego, Israel, Encarna, Carlos, Alberto y Víctor, desde estas líneas yo os recuerdo y os honro a todos, a los que aún vivís y a los que ya no estáis, sois parte de la memoria, de mi memoria, única depositaria de lo que he sido y aún debo ser, hasta el día en que yo mismo exista sólo como eso, como fotografía, como origen de otra memoria.
viernes, 6 de marzo de 2009
Estic malalt: dolor y enfermedad

La debilidad de mi estómago se ha ido haciendo patente desde mi juventud y ahora que empiezo a entrar en eso que llaman la mediana edad se reafirma como uno de los males, junto a los dolores de espalda, que prometen hacerse endémicos y propios, íntimamente personales, y que serán seguramente quienes me den guerra sin cuartel en la vejez.
Con el tiempo aprende uno a sobrellevarlos con cierta dignidad, salvo tal vez por el absentismo laboral que provocan y que siempre me ha causado algo de vergüenza, no tanto porque piense que cabe aún hacer algo con este estómago mío como por el hecho de comprobar que a ningún otro compañero le ocurre, lo que establece una comparación tan ridícula como pusilánime en la que lucho en desventaja.
Quizás lo que más me fascina (“fascina”, por dejar de usar palabras derrotistas, ahora que ya cedió la fiebre y he probado mi primer y delicioso trozo de pan tostado), es comprobar que mientras se halla uno inmerso en estos episodios de dolor y enfermedad, incluso cuando son tan efímeros como una noche de continuados vómitos biliares, puede uno prometer y de hecho promete lo que haga falta, se arrodilla ante dioses en los que no cree y jura erigir monumentos colosales a quienes sostienen nuestra mano o nuestra frente cuando esta se inclina o se introduce por completo en la blanca vacuidad del inodoro. Todo, lo daríamos todo, con tal de que el dolor o la nausea desaparecieran, y no puede uno creer entonces, mientras el esófago arde y se contrae, que el final de ese padecer esté cerca, que en realidad no vayan a ser sino unas pocas horas de sufrimiento, tras las cuales todo lo prometido, todo lo escrito en este párrafo incluso, parecerá exagerado.
Pero sin duda, si he de quedarme con alguna conclusión de estas últimas 48 horas, el perfecto candidato sería ese ya familiar momento, entre arcada y arcada, en los que la enfermedad nos da un respiro, un alivio, una muestra de piedad, y se detiene uno a pensar en lo maravilloso y a la vez milagroso que es realmente el estado opuesto a aquel en el que ahora está: el de la salud, el de los otros 350 días del año que pasamos en perfecta y equilibrada armonía con el mundo, sin una fiebre, sin un vómito, sin un dolor, y que nunca, nunca, llegamos a apreciar y agradecer lo suficiente.
lunes, 2 de febrero de 2009
Esta imagen, aquel momento
En uno de aquellos primeros momentos en los que todo era novedad y diversión, mi amiga Noemí tomó esta instantánea de mí, de mi yo de entonces. Ahí estoy, con mi viejo polo del equipo de tenis y unos ridículos shorts, literalmente entre la tierra y el cielo, en la que parece ser la cúspide del mundo. La imagen, aún siendo ésta una reproducción digital de un negativo de los de antes, conserva su esencia, su materia no gráfica, esa milagrosa e irreverente proximidad con la persona fotografiada que en otro tiempo hizo temer y creer a los pueblos indígenas que aquellas imágenes planas capturaban y robaban una parte de sus almas. Miro la fotografía y pienso que en mi caso así fue: una parte de mi alma está contenida en la sonrisa, y otra en el guiño de los ojos, heridos por el sol. Y todo el conjunto me resulta tan evidente y a la vez tan inexplorado como la tierra que subyace allá abajo, tan profundo como el cielo que se extiende detrás, tan misterioso como el destino del tiempo que ha trascurrido desde entonces.
domingo, 25 de enero de 2009
Viento del Oeste
Aunque siguiendo una dirección común, cada borrasca tiene su configuración isobárica propia y la que ha rozado el norte de España en las últimas 48 horas era una depresión especialmente profunda (por debajo de 980hPa en superficie) y que se hallaba “comprimida” por altas presiones desde el sur, acortándose el espacio entre las isobaras y disponiéndolas en línea recta, como trazadas con la regla de un escolar, a lo largo de cientos de kilómetros (si las isobaras hubieran sido curvas, aún con mayor gradiente de presión, los vientos que las siguen se habrían frenado por una cuestión inercial).
Los errores en las predicciones meteorológicas son con frecuencia el blanco de muchas y airadas críticas, a menudo por personas que olvidan mencionarlas cuando sí aciertan, que son la mayor parte de los días de nuestra vida. A diferencia de lo que en ocasiones puede ocurrir con otros fenómenos meteorológicos que se producen o alcanzan su máximo desarrollo en un corto espacio de tiempo (como las temibles y legendarias galernas del Cantábrico) o los que afectan a pequeñas extensiones de terreno (como la gota fría del Mediterráneo), esta última borrasca, su configuración isobárica, su potencia, había sido ya anticipada. Estaba en la página de la Agencia Estatal de Meteorología, estaba en los telediarios y en varios periódicos. La pregunta entonces es, ¿por qué 48 horas después estamos lamentando la muerte de 12 personas, incluyendo 4 niños, a causa de este temporal? La respuesta, en mi opinión, es una mezcla de las palabras incredulidad, indiferencia e inacción.
Cuando vivía en Carolina del norte, Estados Unidos, era relativamente común la formación de tornados (no tanto como en Kansas y el centro del país, ¿verdad Dorothy?). Un tornado es un fenómeno local, ni siquiera mesoescalar, y es virtualmente imposible averiguar dónde y en qué momento se va a originar o hacia donde se dirigirá una vez formado. Sin embargo, sí se conoce la situación atmosférica que antecede la formación de tornados, y en Estados Unidos, cuando ésta es detectada, la radio, la televisión y todo medio de comunicación que radie en la zona afectada, interrumpe su retrasmisión, olvida los lucrativos anuncios, y comienza a repetir continuos y cansinos mensajes de alerta a la población. Los más temerosos de los oyentes (como yo aquel día que estaba solo en casa) acaban metidos en la bañera y cubiertos de cojines hasta arriba, mientras que los menos precavidos continúan haciendo zapping en el salón. Lo que no hacen de ninguna forma los rudos hombres de aquel país es subir en ese momento a retirar la hojarasca seca de las canaletas obstruidas del tejado. Todo el mundo suspende sus actividades: en los colegios suenan los timbres fuera de hora y los chavales corren ordenadamente a refugiarse en el sótano de la escuela, y en su casa las bellas divorciadas y su american beauty dejan de lado ese día la jardinería, abandonando la poda de sus orquídeas, para refugiarse en el interior de su aséptico hogar.
En España tuvimos suerte, lo peor del temporal ocurrió de noche y en las primeras horas de la mañana de un sábado, mientras la población dormía o se desperezaba lentamente. De haber sido un martes a las siete de la tarde, 4x12 habrían sido las muertes causadas. Pero de nuevo, ¿hay culpables?, o mejor planteado, ¿podrían haberse reducido las calamidades?, ¿quién podría haberlas reducido?
Este país es geográficamente privilegiado: vivimos en latitudes medias, de temperaturas suaves todo el año, lejos de las latitudes tropicales que a veces envidiamos pero que sufren tres o cuatro veces por año el envite de los huracanes, lejos de los monzones y sus inundaciones, incluso lejos de peligrosos bordes tectónicos que causan seísmos y tsunamis. Sí, tenemos suerte, y la valoremos o no, lo cierto es que estamos acostumbrados, y el anuncio de fenómenos naturales o meteorológicos adversos nos provoca asombro, curiosidad o incredulidad antes que temor. Esto nos ocurre también porque no somos objetivos: mientras acudimos al trabajo una mañana de lunes o encendemos la tele un viernes por la tarde nos preocupa el tráfico o si retransmitirán el partido, pero no estamos midiendo peculiares vientos de 180 Km/h en el Atlántico, ni observando una boya-sonda subir y bajar 12 metros sobre el nivel medio del mar. No, nosotros no, pero el Estado sí.

Un Estado responsable, uno que recuerde que es su tarea garantizar la seguridad de su población, que por esa razón crea y mantiene con el dinero de todos un ejército, que presta fondos al desempleo, que garantiza los depósitos bancarios o prohíbe la conducción bajo los efectos del alcohol, no puede cometer la torpeza de no estar atento a fenómenos naturales que generan victimas mortales como los de estos días. Y más aún teniendo a su disposición una Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) cuya máxima, como reza su página web, es “contribuir a la seguridad de personas y bienes”.
Para un Estado responsable, la primera actuación habría sido alertar a la población, difundir al máximo la alarma constatada por la AEMET. No basta con sacarlo en el telediario justo detrás del estreno de un nuevo musical en el teatro Apolo. Hay que inundar a la gente durante unas horas con la información para primero vencer su natural indiferencia hacia lo publicado en los medios (tanta basura y cotilleo, ¿verdad?) y después lograr que den por cierto que la cosa es seria y que existe un riesgo. Papá Estado no puede prohibir a sus hijos salir a la calle –ni yo quisiera que lo hiciera- pero puede como digo promulgar un edicto o decreto que obligue a todos los medios de comunicación, televisión, prensa o radio, a interrumpir cada diez minutos su programación y sus aburridos anuncios con un mensaje de alerta en las ocasiones en que se prevea una situación de peligro local o general para una población. Y por supuesto no puede obligar a cerrar durante seis horas a una empresa privada, pero sí actuar sobre las dependencias que son de su competencia, cerrando una carretera, un aeropuerto, un colegio, un parque infantil o un polideportivo donde los niños, de estar abierto, entrarían a jugar, ignorantes del peligro.
Por eso me crispan las declaraciones del alcalde de Sant Boi (Barcelona) que hoy leo en la prensa a propósito de la muerte de cuatro niños que se entrenaban en un pabellón deportivo de esa localidad y que se derrumbó bajo la fuerza del viento. Sobre todo cuando el propio alcalde basa su exculpabilidad en un edificio bien construido que se vino abajo a acusa de un “viento extremo, tal vez un tornado”. No sé hasta que punto podrá el Sr.Alcalde de Sant Boi conseguir testigos o convencer al Servei Meteorologic de Catalunya para que diga lo contrario, pero mucho me temo que las condiciones de ese día eran de todo menos propicias para un tornado. Lo que estaba ocurriendo había sido avisado, previsto, una borrasca especialmente intensa atravesando el norte de España, sólo eso y nada menos que eso, y el desastre no lo produjo un tornado sino la falta de información y determinación de los políticos para cerrar una instalación publica en unas condiciones de viento excepcionales.
Mientras tanto, sé de cuatro chavales de quienes puedo decir seguro que, coincidan o no, no leerán este artículo.
http://www.abc.es/20090125/nacional-sucesos/vendaval-lleva-vida-cuatro-20090125.htmlhttp://www.lavanguardia.es/sucesos/noticias/20090124/53625938731/el-vendaval-se-cobra-siete-vidas-en-catalunya-cuatro-son-ninos-de-sant-boi.html#nuevoComent
miércoles, 21 de enero de 2009
El turno de Obama

Y así es. No me importa el discurso, no me importa su raza, por mí como si quiere tener tres becarias insaciables. Lo que ese hombre tiene que comprender es que ser el Presidente del país más poderoso de la Tierra es una responsabilidad que no puede circunscribirse únicamente a su enorme e imponente nación.
A menudo me ha gustado imaginar unos Estados Unidos que fomentaran y lideraran unas Naciones Unidas donde primara la democracia, donde el número de escaños de un país en ese foro fuera proporcional, entre otros factores, al número de bocas que alimentar, y donde no existiera la aberración, el tremendo absurdo, que supone el “derecho a veto”. Porque, ¿cómo se puede alabar y desear un sistema político para uno mismo y a la vez justificar y avalar su ausencia en el foro internacional?.
Luego pienso en su ejército, lo conozco bien, a los 17 años yo era un pequeño experto en armamento y a punto estuve de alistarme en las fuerzas aéreas a cambio de una beca para estudiar ingeniería aeronáutica en una universidad como Purdue. Es realmente una maquinaria imponente, en todos los terrenos, aire, mar o tierra. Una flota completa, como la Sexta, que tan bien conocemos en el Mediterráneo, tiene mayor poder de fuego que todo el ejército de algunas naciones desarrolladas (como la nuestra). ¿Se imaginan esa maquinaria liderando e impidiendo las masacres ejercutadas por caciques africanos, deteniendo guerras civiles fraticidas, apoyando a fuerzas civiles humanitarias y ejerciendo, en definitiva, no como un ejército imperialista sino como parte de una policía mundial dirigida y supervisada por un parlamento democrático en el seno de las Naciones Unidas?. Seamos sinceros: hay otras naciones que tienen una gran capacidad militar, antes Rusia, pronto China, algún día la India, pero los demás países no esperamos de ellas lo que esperaríamos de Estados Unidos. Por eso nos ha llamado siempre tanto la atención su indiferencia, su apatía e incluso su desprecio por estas cuestiones que plantean un orden mundial más justo. Sin embargo –insisto- Norteamérica ganaría tanto en prestigio, colaboración y cooperación adoptando una postura coherente con la democracia que ensalza y defiende.
Como decía antes, tengo ilusión, pero eso no significa que me haga ilusiones. Obama empezará lo primero por tomar el pulso a asuntos de índole interna. En ese aspecto, tiene cuestiones fundamentales sobre la mesa. La crisis económica es la más notoria y la más difícilmente abordable. Le siguen la sanidad, la educación y el cambio climático. En realidad todas ellas tienen un denominador común –escuche bien Sra. Aguirre- ya que en todos los casos existe en ese país un exceso de liberalismo: bolsas y mercados que rebajan o incrementan el precio de los alimentos hasta el punto de hacerlos parecer ridículos, innecesarios, o imposibles, prohibitivos, como si el mundo no necesitara comer y los repuntes de la bolsa bastaran para alimentarlo; nadie tiene la culpa –claman- ¡es la oferta y la demanda!. Una sanidad que no cubre al desempleado porque presume que en un país con oportunidades para todos nadie está sin empleo si no quiere, ¡cada cual que pague sus gastos médicos!. Una educación que se hunde lentamente -como decía el fallecido Carl Sagan- en la celebración de la estupidez, en la superstición y el Creacionismo, mientras sólo los más afortunados pueden pagarse una educación con miras más amplias, en caras y prestigiosas universidades. Y un sistema energético, derrochador como ninguno, que prefiere –porque le sale más barato, de nuevo oferta y demanda- terminar con las reservas de un combustible del pasado antes que empezar a invertir ya en la creación de alternativas limpias para el futuro. ¡Buff!, buena suerte, Mr. Marshall: sólo encauzar todo eso le llevaría a cualquiera los cuatro años de legislatura. Por eso, no creo que haya grandes cambios, todavía no, en aspectos internacionales. Sencillamente, Obama estará demasiado ocupado. Me conformo en realidad con que, gracias a este nuevo presidente y sus ideas más plurales y avanzadas, los americanos y americanas vayan poco a poco saliendo al mundo, integrándose en él, no invadiéndolo, reconociendo su diversidad y haciendo suya una historia común, planetaria, que nace en los pueblos del valle del Éufrates, hace ocho mil años, y no en el fervor patriótico de los últimos trescientos.
Veamos qué pasa, es el turno de Obama.
