sábado, 12 de diciembre de 2009

Soñaba que dormía



Este diminuto relato lo he escrito esta misma mañana, lo cuelgo aquí recién salido del horno :-)

Soñaba que dormía

Soñaba que dormía boca abajo, con el rostro presionado contra la almohada, cuando en realidad –y esto, claro está, sólo lo supe al despertar- dormía boca arriba, con las manos sobre el pecho, como la efigie de un mausoleo. Y si esto les parece de por si una incoherencia, imagínense cuan extraño y dispar era el sueño que padecía.

Soñaba que dormía junto a mi segunda esposa pero el perfil, el color del cabello y sobre todo la curva suave de la espalda, eran de la primera. Y sólo quien haya dormido con más de una mujer sabe lo distintas que llegan a ser cuando yacen a tu lado, desde la quietud de los párpados cerrados, de los labios entreabiertos, hasta el perfume de su cabello o la temperatura de su piel. Sin embargo y a pesar de esas diferencias, en los hombres se da a menudo este extraño caso que pocos confesamos: dormimos con una mujer a la que amamos, pero soñamos -casi sin poderlo evitar- con la primera que tuvo acceso a nuestro corazón.

De mi primera esposa no volví a saber nada tras el divorcio, al menos inmediatamente. En cierta ocasión me pareció verla en la calle, a lo lejos, era desde luego su postura erguida, de tacones altos, y la melena oscura que yo recordaba, pero la perdí entre el gentío de Rio Rosas con Santa Engracia, y confieso que me quedé un instante varado en la acera, con miedo de seguir andando, por si la alcanzaba.

De todas formas, lo cierto es que no necesité encontrármela por Madrid para llegar a saber de ella. Ya en la fiesta de unos amigos, cuando yo aún no me había vuelto a casar, supe que salía con alguien. Y en la misma fiesta del año siguiente -mucho más agradable- me llegó el rumor, mientras sostenía una copa de vino, de que había roto abruptamente con aquel desconocido, espectáculo incluido en una cafetería del centro. Mentiría si dijera que aquel vino no me pareció excelente, pero también si no admitiera abiertamente haber sentido cierto alivio primero y luego una urgencia extraña por buscarla y correr a su lado a consolarla, a mostrarme magnánimo y comprensivo, a abrazarla compasivo.

Luego llegó mi segunda boda y enseguida los niños que no vinieron con la primera. Pasaron los años y mi vida cambió notablemente, ya no iba a fiestas ni escuchaba los comentarios, entre risas, del grupo de al lado, pero en una cena que mi mujer y yo organizamos en casa para unos amigos, después de haber dejado a los niños con mi suegra, uno de los invitados a quien yo apenas conocía resultó, por una de esas casualidades de la vida, haber trabajado con ella en un proyecto de consultoría para una empresa cuyo nombre no retuve mientras intentaba esquivar la mirada curiosa de algunos de mis amigos y sus esposas. Todavía hoy soy de la opinión de que nadie pudo percibir la prisa con que comenzó a latirme el corazón al saber, de boca de aquel invitado entrometido, que mi antigua amante y esposa había rehecho su vida, que había alcanzado una excelente posición en su empresa antes de dar el salto y crear la suya propia y que, aunque tenía pareja –escuché fingiéndome distraído- no se había vuelto a casar. Por lo visto viajaba mucho, a destinos lejanos, y su vida ajetreada apenas si le permitía mantener contacto con unos pocos buenos amigos. Tentado estuve de preguntarle a aquel invitado cómo diablos sabía él tanto de mi ex-esposa pero me contuve y dejé que el tema se apagara por si solo mientras sonreía como buen anfitrión.

Cuando al final de la velada, todos nuestros amigos, incluido el portador de aquellas noticias, cogieron el ascensor o bajaron ruidosamente las escaleras, cerré la puerta de casa y respiré hacia dentro. Insistí en que dejáramos la mesa y los platos como estaban y nos fuéramos a dormir cuanto antes. No quería que mi mujer notase mi desconcierto y apagué la luz enseguida. Y sólo en la oscuridad, consciente de que no era observado ni analizado, pude al fin relajar mi rostro y decirme a mi mismo –con sinceridad absoluta- lo que sentía.

Más allá de la vana envidia, por otra parte ligera, de aquella vida excitante y viajera que al parecer llevaba mi primera esposa, o de la obviedad de preguntarme cómo hubiera resultado la mía de haber seguido casado con ella, había algo que me molestaba más profundamente, que me hacía sentir decepcionado, pero no con nadie en particular, ni siquiera con mi propia vida o el rumbo que había tomado, sino más bien con la…-¿cómo decirlo?- la “unicidad” del destino, la certeza de que la vida es sólo una y que el camino escogido, para bien o para mal, excluye –salvo en sueños- a todos los demás.

1 comentario:

Anónimo dijo...

me ha gustado mucho. a ver si te prodigas más.

que estés bien