martes, 25 de agosto de 2009

Tormenta de verano

Aunque cualquiera diría que aún es pronto para afirmarlo, esas manchas nubosas en el horizonte, esos vientos súbitos, traen consigo el final del verano.
La atmósfera está ya demasiado caliente, contiene demasiada energía, acumulada durante los límpidos días azules de estos últimos tres meses. Es hora de la descarga, de esas lluvias tórridas que no refrescan nada, de goterones grandes y calientes como las aguas de una piscina nocturna.

Para mí es uno de los mejores momentos del año pero, como todo cenit, es también el preludio de un descenso, de un sol que ya se aleja y unos días cada vez más cortos. Y hay algo de pérdida irremisible en esos días.
En una madrugada de finales del verano de 2002 escribí uno de esos microrelatos de los que tanto abusaba entonces y que formaba parte de un cuarteto dedicado a las estaciones. En principio es un pequeño relato sobre el placer de la lectura, dedicado a esos libros estivales que recordamos luego toda la vida, pero creo que también contiene -y ahora que estoy lejos de allí me doy perfecta cuenta- una esencia de Madrid, del Madrid despoblado, seco y caluroso, que aún vacío subsiste en el centro de la península antes de que su población ingente regrese de las playas conquistadas y arrasadas del Levante. Espero sinceramente que os guste.


El verano

Fue un verano tórrido. Las mujeres caminaban medio descalzas, con vestidos de tela suave y etérea, y los hombres sudaban en sus camisas y se abrían sofocados los primeros botones de la pechera. Entre el canto de las chicharras, el asfalto se fundía en las avenidas, los árboles no daban sombra y las calles se quedaban a media tarde desiertas, vacías. Y aunque las tormentas eran frecuentes, incluso la lluvia que caía entonces era tibia, y el calor volvía luego con más fuerza que antes.
Aquellas tormentas estivales llegaban a veces de madrugada, en mitad de la calma y el bochorno y cuando eran los grillos, y no las cigarras, quienes cantaban. En noches como aquellas, incapaz de dormir, yacía en mi cama destapado y semidesnudo, con la pequeña lamparita encendida sobre un libro. Y entre página y página llegaba hasta mi el siseo de los aspersores del jardín, hasta que por encima de todos los demás susurros nocturnos se escuchaba de pronto el bramido de un trueno lejano. Como asustados, los grillos del jardín callaban. La noche quieta, el tiempo dormido y yo despierto, leyendo mi libro.
En el silencio recién creado una suave brisa mecía los visillos de mi cuarto, junto a la ventana abierta, y un aire cálido y húmedo se colaba en la habitación con su promesa de agua y el leve aroma de una tierra distante y mojada. Y entonces comenzaba a oírse el viento, silbando entre las fachadas de los edificios, aullando como un loco que ha escapado a su encierro. Soplaba sobre el mundo como un preludio a la tormenta y agitaba vigoroso a su paso las hojas de los árboles cimbreantes, batiendo también los toldos de las terrazas y balcones que no habían sido alzados a la puesta del sol y que ahora temblaban y chirriaban, débilmente sujetos a sus goznes de metal. El fragor de los truenos se acercaba, rompían tan cerca que a veces los cristales de las ventanas y los adornos de las estanterías vibraban y, en la breve quietud que reinaba entre un estruendo y otro, se oían puertas que, empujadas por poderosas corrientes, se cerraban de golpe en el silencio oscuro y vacío de apartamentos colindantes.
No recuerdo la madrugada exacta, pero sí que fue en una de esas noches, mientras esperaba la lluvia ardiente, que leí la historia olvidada de un hombre que dormía de día y leía de noche.

1 comentario:

Anónimo dijo...

pues sí me ha gustado.