viernes, 19 de diciembre de 2008

La corriente de la vida

Bueno. Dejad que después del pesimismo de mi entrada anterior, balancee y equilibre las cosas con una entrada de sesgo más positivo y optimista. Porque eso es lo que trasmite el video siguiente, que lleva ya algún tiempo circulando por Internet, propagando una dulzura que es fruto de un montaje humilde y una música excepcional.

La canción o tema de fondo está basada en un poema de Rabindranath Tagore, que sólo he logrado encontrar en inglés, llamado "Stream of Life". Precisamente porque no he encontrado una traducción al castellano y dada la brevedad del poema, me he atrevido yo mismo con una traducción propia a partir del inglés y por la que espero no ser demandado.
Creo que es este tema tan adecuado el que, en perfecto sincronismo con las imágenes y la alegría que estas trasmiten, consigue un resultado para el que no encuentro mejor palabra que la de "alborozo".

Por cierto, como madrileño, es un orgullo para mi comprobar que uno de los momentos de mayor intensidad y ritmo del video es el que corresponde a la Plaza Mayor de Madrid, aunque opino que el video te hace sentir, sobre todo, ciudadano del mundo.



La corriente de la vida

Es la misma corriente de vida que corre por mis venas día y noche,
la que baila en el mundo con un ritmo suave.

Es la misma vida que surge del polvo de la tierra en innumerables briznas de hierba
y rompe en oleadas de flores y hojas.

Es la misma vida que reside en el océano,
cuna del nacimiento y de la muerte, mecida por mareas y reflujos.

Siento que mi ser fue bendecido por el contacto con este mundo de vida.
Y mi orgullo proviene del latir de las eras bailando por mi sangre en este preciso momento.


NOTA para "freakies": este poema rezuma el mismo elixir que una de mis novelas de ciencia-ficción favoritas: "Música en la sangre", de Greg Bear. Ya sabeis: "Nada se pierde. Nada se olvida. Estaba en la sangre, en la carne, y ahora es por siempre."

domingo, 14 de diciembre de 2008

Buenos y malos

Estoy viendo la 2, antes de irme a la cama en esta fría noche de domingo, y no doy crédito. El reportaje (del programa “En Portada”) trata sobre el Congo, de sus guerras, de su hambruna, de sus epidemias y, también, qué curioso, de su gran riqueza. Un país enorme, en el corazón de África, que es uno de los más ricos del mundo en recursos naturales, que tiene uranio, cobalto, oro y otros metales preciosos suficientes para enterrar a Europa en una fina pátina dorada, y donde la gente, sin embargo, apenas sí logra sobrevivir.

Mientras me recuesto en el sofá, algo molesto por tener que ir mañana a trabajar, observo en imágenes tan grandes como el televisor de 32 pulgadas de mi salón, que el habitante medio del congo tiene como concepto del lejano futuro, como única preocupación diaria, qué comerá hoy. Una región entera siendo expoliada de sus riquezas por empresas occidentales y orientales, cuyos niños, nacidos con la misma inteligencia y las mismas capacidades que los de aquí, antes que sufrir el hambre se alistan con 12 años en facciones o ejércitos de mercenarios para morir con 13 de un balazo disparado por otro muchacho. Los que sobreviven a ese sangriento holocausto, años después siguen con su vida por las calles pobres y embarradas de las ciudades, sin familia ni amigos, buscando el alimento de hoy.

Junto a otros sentimientos, no puedo sino admitir mi admiración al contemplar la tremenda capacidad de adaptación del hombre, su capacidad de lucha, su instinto de supervivencia. En una misma región conviven la avaricia y el coraje, el despotismo y la sagacidad, cualidades detestables y admirables del ser humano… y me pregunto, ¿hay en el Congo buenos y malos?, ¿o esas cualidades las portan por igual todos los hombres, es decir, cada uno de ellos?.

Con la mirada fija en la cámara, una mujer relata como durante la guerra civil del Congo los soldados que mataron a los hombres de su poblado, la violaron seis veces y mataron a dos de sus tres hijos. Tras infligirle este dolor, prometieron darle a ella y a las demás mujeres algo de comer. Así que tomaron a su cuñada –explica la mujer- y le cortaron las manos y los pies, y lo mismo hicieron con sus orejas, yendo todos estos miembros a una gran olla de agua hirviendo. Buscando más condimento, a una mujer embarazada, una vecina del mismo poblado, la abrieron el vientre y le extrajeron el feto, que también fue a parar a la olla. Los soldados sazonaron todo esto con sus orines y excrementos y les dieron, sí, de comer.
Cuando uno oye semejantes cosas, se pregunta qué clase de hombres hacen algo así, quienes, por el amor de dios, podrían ser tan crueles, tan despreciables, tan… Tienen que ser diablos, o estar poseídos o vinculados a Satanás…y quiere uno creer que son seres distintos, no humanos, otra cosa, algo horrible, otra raza, aunque sabe que muy probablemente entre estos diablos, capaces de tanto mal, se encuentren algunos de los niños-soldado por cuyo modo de vida he sentido lástima en el párrafo anterior. Y es que siempre es más fácil pensar que los hombres nos dividimos en buenos y malos, y que como en la película de este sábado noche, “El Señor de los Anillos”, puede enfrentarse el mal de cara, en una tremenda y épica batalla final. Resulta mucho más complicado, en cambio, aceptar que la maldad no está fuera de nosotros, sino dentro, que nuestra naturaleza humana es capaz de lo mejor y de lo peor, para cada hombre, sin excepción. ¿En qué momento el niño-soldado, que chapoteaba y jugaba hace unos años en el río de su poblado, se siente capaz de mutilar y matar?. Y manteniendo ese simple y maniqueo concepto de la vida, ese niño –díganme- ¿es bueno o malo?.

Dicen, y algunos le dan crédito, que la novela de “El Señor de los Anillos” fue escrita con la mente puesta en la Segunda Guerra Mundial y en el conflicto entre los oscuros ejércitos de Hitler y las inocentes y en principio timoratas potencias aliadas, que a punto estuvieron de advertir demasiado tarde el peligro y el mal que les acechaba. Sin embargo, el final de la batalla y la victoria definitiva sobre los “malos” no tuvo el carácter épico que a muchos les hubiera gustado, fue en cambio una nube con forma de hongo que devastó, arrasó y mató toda vida en miles de kilómetros cuadrados, un arma definitiva y terrible, el mal absoluto –lo han calificado-, lanzada por los “buenos”, los aliados.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Madrid, nostalgia y melancolía


Siempre que regreso a Barcelona, de Madrid me traigo algo que añade peso a mi equipaje. Y no hablo de un libro, unos apuntes o una raqueta que haya rescatado de casa de mis padres sino de un intangible, algo que me persigue cuando voy hacia el aeropuerto y me alcanza cuando el avión alza el vuelo. Dícese nostalgia, si bien la definición de esta palabra se compone del objeto añorado, una casa, un país, una ciudad, y del sentimiento que reside dentro, la melancolía, y cuya entrada en el diccionario castellano siempre me ha parecido una de las más bellas:
Melancolía.- Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.
Es tan precisa y exacta esta definición, y tan coincidente con lo que a veces siento al dejar Madrid, que bien podría en este punto dar por terminado este ensayo. Más no lo haré. Me gusta escribir, y este blog es un refugio, una posada, un hotel de madrugada, debe ser aquí donde descargue mi exceso de equipaje y cualquier otro peso que me acompañe en mi viaje.

Estos cinco días de formación y aprendizaje en Madrid los he dedicado a mi trabajo por las mañanas y a la familia y los amigos por las tardes. Con una agenda suficientemente apretada y un buen número de taxis, he logrado ver a papá, a mamá, a la abuelita, a mi tío Jesús, a Sergio, a Juan, a Jaime, a Antonio, a Iñigo, a Raquel, a Nacho, a Juan Pablo, a Carmen, a Javi, a José Luis y a María. Y por falta de tiempo y a veces incluso de medios (porque no dispongo de coche en Madrid), me he dejado por el camino, cosa que lamento especialmente, a Noemí, a David, a Manu, a mis primos, a César, a mi hermana,… por mencionar sólo a unos pocos.



Pero más allá incluso de todas estas personas que visitadas o sin visitar dejo atrás al marchar, reconozco que existe otro dolor suave, otra sensación de pérdida que me acompaña en este vuelo de regreso a Barcelona. La nostalgia es sutil, opera mediante detalles infinitesimales, pequeñas cosas propias del lugar que abandonamos y que sabemos no encontraremos allá donde vamos, como las hojas grandes y caducas de los pseudoplátanos, que en otoño alfombran las aceras de Madrid, se acumulan entre los coches aparcados y anegan las alcantarillas. O la luz limpia y oblicua del sol invernal golpeando los edificios altos y blancos de la Gran Vía, bajo un cielo azul intenso, camino del bullicio y el ajetreo de personas que cruzan sus caminos sin mirarse en la plaza de Callao. Cuando la Navidad se acerca, antes incluso de que se adornen y se enciendan las luces de los centros comerciales o aparezcan en televisión los primeros anuncios de juguetes, hacen su aparición, como un presagio, las nieblas nocturnas, elevándose del asfalto de las calles hasta la altura de las farolas cuyas luces amarillas se emborronan y difunden como guirnaldas suspendidas.
El fantasma de todas estas imágenes es el que ha cogido conmigo el puente aéreo. Supongo que son detalles entre los que vivimos sin más, y que a fuerza de costumbre no percibimos ni hubiéramos percibido nunca tal vez de haber permanecido allí el resto de nuestra vida. No fuimos conscientes de ellos hasta que el destino trajo un cambio y los perdimos. Supongo que de eso se alimenta la nostalgia, de pérdida, quizá no real pero sí sentida.

Mientras el comandante anuncia nuestro inminente aterrizaje en el Prat, me incorporo y me ajusto el cinturón. Miro por la ventanilla del avión y veo luces allá abajo que salpican la noche oscura, y disfruto y bebo con calma de esta melancolía y esta nostalgia que ahora me inundan, consciente de que se trata de algo efímero, que mañana habrá desaparecido, cuando esta otra bella ciudad de Barcelona me acune y me asuma, como un nuevo y brillante amor que desdibuja pero no borra del todo el anterior.

domingo, 23 de noviembre de 2008

La piel del niño


Ayer cogí mi moto y fui a Terrassa. Una de las ONGs para las que hago voluntariado me pidió ayuda para una jornada de participación intercultural que iban a organizar en esa ciudad del extrarradio de Barcelona. No sabía muy bien qué esperar pero empecé a imaginarlo cuando, después de aparcar mi moto junto a la estación de Cercanías, una marabunta de niños y niñas magrebíes surgieron del tren acompañados de monitores y padres. Minutos antes, mientras aguardaba, había estado charlando con el vigilante de la estación y, al comentarle a quién esperaba, con un gesto de duda y una mueca de rechazo me contó que eran precisamente los árabes quienes más problemas le causaban allí, tratando de colarse sin pagar, amenazando incluso a algunos pasajeros para conseguir unas monedas.

La denominada jornada de participación intercultural se celebraba en un centro cívico de la ciudad, cedido por el ayuntamiento. Así, mientras en una sala unos ancianos jugaban al dominó o leían el periódico en una apacible tarde de sábado, en otra sala mucho mayor mis compañeros de la ONG habían dispuesto tablas de madera y caballetes para conformar mesas de dibujo, de maquillaje, de tatuajes de planta de henna o de platos típicos de la cocina árabe y concretamente marroquí. Los niños iban y venían de una mesa a otra, dejaban que las monitoras les pintaran la cara con ceras, jugaban arrastrándose por el suelo de la sala o coloreaban un dibujo que enseñarle orgullosamente después al primer adulto que pasara por su lado. Jugaban y se divertían, en definitiva, igual que todos los niños a esa edad, tengan el origen que tengan. Al verlos, me acordé de pronto del vigilante de la estación y me pregunté si algunos de estos niños que se tiraban por el suelo o se agarraban a mis piernas o me suplicaban que les enseñara mi moto, estarían dentro de diez años ejerciendo algún tipo de violencia contra algún pasajero de cualquier estación de tren.

Ayudé en cuanto pude, que no fue mucho, tomando fotos del evento, disponiendo mesas o carteles, pero sobre todo disfruté de lo lindo dejando que una amable señora con un pañuelo a la cabeza y que no sabía pronunciar palabra en castellano me dibujara en el antebrazo una hermosa filigrana árabe que venía a representar una gran serpiente bajo las estrellas, si bien para saber de qué se trataba tuve que recurrir al resto de señoras que la acompañaban y que sí entendían más o menos mi idioma. Entre todas se echaron un buen rato a mi costa, interpretando mis palabras, confundiéndolas con sabe dios qué otras cosas que de pronto las llevaba a sonrojase y a romper en risas. Mahmoud (pronúnciese Magh’mud), otro de los monitores, estudiante de ingeniería química y de origen también marroquí, me ayudó en todo momento con las traducciones e incluso me hizo el favor, cuando tuve el capricho, de trascribir mi nombre completo, José Manuel, a su hermosa caligrafía árabe. Es la foto que encabeza esta entrada. Gracias, Mahmoud. Yo, por mi parte, le hablé de las únicas palabras árabes que conocía, las que se corresponden con estrellas como Betelgeuse o Rigel, en la constelación de Orión, nombradas así por los árabes antes de que los occidentales las tradujéramos burdamente al latín durante la Edad Media.

También disfruté de una conversación muy interesante, sobre política y sociedad, compartida con otra monitora, catalana en este caso, y dos chicos de Marruecos. Entre otras cosas aprendí que en Marruecos las bodas duran tres días, que no existe la poligamia porque las mujeres no la tolerarían y que los propios emigrantes son muchas veces culpables de contar maravillas sobre la riqueza y el bienestar de occidente cuando en verano vuelven a su tierra natal presumiendo de haber medrado en sus países de acogida. La verdad, no me resultó difícil imaginar a un joven inmigrante que, después de aceptar los más bajos empleos de nuestra sociedad, lleva orgulloso a Marruecos su coche de segunda mano con el pensamiento puesto en la mirada envidiosa de vecinos y amigos o en la sonrisa orgullosa de una madre a la que prometió regresar triunfante. Al llegar al pueblo, entraría por la vía principal, atravesando la plaza, a la vista de todos, y antes de subir la colina y alcanzar la casa blanca de sus padres, haría sonar el claxon escandalosamente para que sus hermanos pequeños salieran a recibirle. Mientras yo soñaba todo esto, los compañeros comentaban que el rey actual de Marruecos, Mohamed VI, es tolerado por la mayoría como un mal menor que evita que los radicales islamistas se hagan con el poder, y que el radicalismo religioso ha crecido allí en los últimos años de forma tal que, mientras hace veinte años una mujer marroquí podía usar un discreto bañador en la playa, hoy sólo puede bañarse tapada hasta los tobillos. Todas estas conversaciones conformaron en mi cabeza un cuadro de nuestros vecinos del sur que no sé si será del todo certero pero que tiene al menos una mayor gama de colores que aquel que llevaba conmigo antes de acudir a esta jornada intercultural.

Quizás por ello, cuando ya volvía a casa conduciendo mi motocicleta bajo las luces ocres de la autopista, sentí cierto malestar al pensar que me llevaba de allí más de lo que había aportado.
Pero luego me acordé otra vez del vigilante de la estación, y de los niños de esa tarde, jugando libres e inocentes, y comprendí que entre el buen pasajero de la estación y el "moro" que le amenaza y le roba unas monedas, no hay una raza ni un color de piel como eugenésicamente el afable vigilante me daba a entender, sino simple y llanamente la educación de un niño, lo que recibe y aprende en unos pocos primeros años. Y en eso, -pensé, más satisfecho- yo estaba poniendo mi parte.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El señor de las moscas

Con esta entrada en mi blog, comienzo lo que podría darse en llamar una sección de “crítica literaria”. Sin embargo, no es así: puedo garantizar que casi todo lo incluido a partir de ahora en dicha sección será más bien “veneración literaria”, porque aquí me propongo escribir sobre libros que me han marcado, que me han hecho gozar, y nunca sobre aquello cuya calidad, en opinión de este humilde lector, no merece mayor comentario. Todos hemos cometido el error, normalmente ineludible, de leer un mal libro, pero escribir además sobre él me parece propio de idiotas. Hay que escribir, hablar y cantar las alabanzas sólo de los buenos libros, de aquellos con los que hemos disfrutado, para que ganen la fama que merecen y perduren. El tiempo, con paso objetivo, ya se encargará de borrar de la memoria todos los demás.

He titulado esta sección “Creaciones, propias y ajenas” porque he concebido la posibilidad de introducir en este blog, si algún día me atrevo, alguno de mis relatos breves, ninguno de los cuales merece en todo caso abrir la sección.


El señor de las moscas, de William Golding



Bajo este título que hoy alguien relacionaría más con Mordor y la Comunidad del Anillo, se esconde en realidad la historia de un accidente aéreo, el de un avión real cuyo pasaje está formado, casi en su totalidad, por disciplinados niños de un colegio inglés. De manera elegante, el autor sólo nos deja entrever, gota a gota, que detrás del accidente y las aventuras de estos niños, abandonados a su suerte en una isla tropical, el mundo ha sido víctima, una vez más, de una guerra de alcance global, quizá nuclear, pero cuyas batallas y combates se celebran todavía, si acaso, en los teatros europeo, americano o asiático y apenas sí rozan los cielos de esta solitaria isla perdida en algún lugar del Pacífico Sur.

Planteado el argumento, simple, atractivo, cabe preguntarse: ¿qué harán una treintena de niños de edades comprendidas entre los 4 y 12 años en una isla tropical sobre la que se ha estrellado su avión sin que haya sobrevivido ningún adulto? Y contra el pavor o la lástima que esta situación pudiera sugerir a un adulto, la primera respuesta del libro es pasmosa: divertirse. Sí, desde ese momento inicial, la maestría del autor nos recuerda que hablamos de niños tan jóvenes que, como todos a su edad, no prevén ni temen el futuro, no tienen conciencia de la muerte y no ven en su situación una calamidad tanto como una oportunidad para jugar en playas de arena blanca, nadar junto a coloridos peces o escalar y explorar la misteriosa montaña de la isla. Todo sin ningún adulto que les prohíba o les censure por hacer simplemente lo que desean hacer. Sólo uno o dos de los muchachos, los más maduros, que no necesariamente los mayores del grupo, son capaces de discernir que en cuestión de horas tendrán hambre, que por la noche tal vez haga frío, que deben organizarse y especializarse, es decir, imitar la sociedad de sus padres y reproducirla con éxito en aquella isla hasta que sean rescatados.

Como experimento psicológico, esta novela es ya un sobresaliente por atreverse a preguntar qué harían nuestros niños, que apenas han vivido unos años en nuestra moderna y civilizada sociedad industrial, si de pronto se les apartara de todo referente y se les dejara libres y sueltos se mitad de la naturaleza. Y la respuesta sugerida es atrevida pero escalofriantemente razonable: con contadas excepciones, olvidarían casi todo lo aprendido, pues en su nuevo entorno no les serviría de mucho, y regresarían a un estadio salvaje, más propio de unos mamíferos erguidos, simples homínidos con una herencia genética, física, pero sin un conocimiento correctamente trasmitido de una a otra generación. De esta forma, mientras la novela comienza con algunos muchachos de la isla tomando referencias del mundo británico que han perdido y tratando de organizar al resto, de imponer unas normas que ayuden a la supervivencia de todos, otros niños se enfrentan a los primeros desafiando dichas normas, creando otras nuevas e imponiendo otra ley, más básica, más primitiva, basada, claro está, en la fuerza. Así, la educada y sensata formación de unos niños de colegio británico se acaba convirtiendo en una vorágine de violencia y caos, de misterio y misticismo, de perseguidores y perseguidos. Así llegamos a las cinco o seis últimas páginas, que no tienen desperdicio: la seguridad paterna representada en la barriga blanda de un hombre adulto, la involución de la cultura humana en el olvido de un niño pequeño de las señas y la dirección que debe repetir a cualquier adulto en caso de verse perdido.

Todavía hoy se duda de qué pretendía su autor al escribir la novela y las interpretaciones del libro son tantas y tan variadas que, al igual que ha ocurrido con los grandes clásicos que han sucedido al Quijote, esta novela corta ha pasado a formar parte de aquellos relatos que intentan y logran describir la naturaleza humana y, por tanto, son dignos de formar parte de ese invento sofisticado y ancestral llamado literatura universal.

Sin embargo y aunque estoy absolutamente de acuerdo con lo anterior, yo, que siempre he pertenecido y probablemente siempre perteneceré a la corriente puramente estética que defendía Nabokov (sencillamente porque es la belleza de lo escrito la cualidad que me hace amar un relato, llorar sobre él y venerarlo después como a un ídolo pagano), me quedo con el desarrollo onírico de esta novela, narrada desde el principio como un sueño inofensivo que se transforma lentamente en pesadilla y que concluye en un estallido brusco y final, como resulta ser casi cualquier despertar.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Una gota de agua en el mar


Los que mejor me conocen saben que soy persona vehemente cuando discuto y que me gusta hacerlo sobre multitud de cuestiones relativas a política, derechos humanos, reparto de la riqueza, etc. Y no hace mucho, en mi última visita a Madrid, mientras argumentaba encendidamente con algunos amigos sobre cosas semejantes, me dio por pensar que todo cuanto digo, coherente con lo que creo y siento, no siempre he venido a subrayarlo con actos que den firmeza -o al menos sean consecuentes- a tantas y tan gratuitas palabras.

Como quiera que vivo dentro del paréntesis vacío entre la pujante juventud y la sosa y temible mediana edad, sin cargas familiares por tanto –al menos por ahora- y con un trabajo de jornada laboral continua, tomé la decisión a mi regreso de Madrid de dedicar al menos un par de tardes a la semana a realizar algún trabajo social para la comunidad, la de los seres humanos (conste que también pensé en trabajar para la comunidad de las abejas pero no sé bailar en círculos, su reina es una prepotente hinchada de si misma y la recompensa era empalagosamente dulce).
Evidentemente, puestos a elegir quién mejor era merecedor de mi tiempo y mis esfuerzos, pensé en grupos desfavorecidos antes que en banqueros deprimidos o agentes de bolsa desquiciados (por mucho que ahora, con la crisis, lo necesiten), y desgraciadamente no tuve que buscar mucho para que saliera de Internet una marabunta de ONGs y asociaciones que cuentan con el voluntariado como única opción para sobrevivir y mantener su acción social (http://www.hacesfalta.org/).

Apabullado por tanta necesidad, decidí ir poco a poco. Sabía por ejemplo que no podría trabajar con enfermos o discapacitados, porque son personas que necesitan de una sonrisa perenne y un ánimo inalterable que yo nunca me he visto capaz de mantener ante esas desgracias y frente a las cuales sólo sé ofrecer una tristeza compasiva y, en ocasiones, un inútil enfado con el responsable (sí, te hablo ti, dios de todas las cosas, hacedor de mundos, menuda obra…, te habrás quedado a gusto). [No os preocupéis, lectores, soy casi ateo, puedo permitirme la blasfemia]

Finalmente opté por concentrarme en aquello que más me ilusionaba y encontré algo relacionado con la enseñanza. Después de años de dar clases de mates, física o química a niños cuyos padres podían pagar hasta 20€ la hora por la satisfacción de creer a sus hijos bien educados mientras ellos salían un jueves a cenar, asistir en las mismas asignaturas a chavales cuyos recursos se limitan a lo que guardan en los bolsillos, que no tienen ningún hermano que haya acabado la Secundaria y que no han oído siquiera hablar de la Universidad, me pareció una penitencia adecuada. Así que desde hace unas semanas trabajo con dos asociaciones, una en L’Hospitalet y la otra en el Raval, enseñando matemáticas, física, química, inglés, informática y todo aquello que entre dentro de mi capacidad. Sé que no es mucho, sólo una gota de agua en el mar, pero –recurriendo de nuevo a nuestras amigas las abejas- es la suma de los comportamientos individuales la que define al conjunto que llamamos sociedad, y no podemos por otra parte aspirar a sociedades que posean virtudes que nosotros mismos no tratamos de alcanzar.

Y que nadie se lleve a engaño: no hago esto gratuitamente, ni me supone sacrificio alguno. Obtengo una tremenda satisfacción trabajando con mentes que aún tienen tanto por descubrir, tan abiertas y dispuestas a escuchar, disfruto hallando nuevas formas de explicar viejos conceptos, retrocediendo en el tiempo para recordar mi adolescencia, cómo era yo entonces, y, sobre todo, me considero privilegiado de encontrarme de vez en cuando con la inteligencia esquiva de un adolescente sin recursos que ha olvidado de pronto que estudia sólo para sacarse el graduado y ha empezado en cambio, como por arte de magia, a entender realmente las implicaciones del problema de geometría garabateado en su cuaderno.

domingo, 2 de noviembre de 2008

La lluvia


Qué tremendo el placer que se siente cuando un aguacero te coge guarecido en casa y te permite, desde el lado seco y caliente de la ventana, observar su violencia inútil contra los edificios y sus fachadas, batiendo, encharcando las calles adoquinadas y levemente iluminadas. Nada más agradable que levantarte un domingo por la mañana, desayunar un vaso de zumo, unas tostadas, una taza de leche y acercarte, aún en bata, a esa ventana helada. La luz del día oscurecida por un eclipse de nube y una cortina de agua que se agita viva en el aire. Cerca, la terraza empapada. A lo lejos, edificios emborronados.

En días así, suelo recordar el contraste que supondría atravesar con un pequeño avión esas nubes opacas y, después de unos minutos de vaporosa ceguera, surgir con las alas aún mojadas, metálico y brillante, sobre la cima algodonada de las nubes. Ese hecho simultáneo, el de la base oscura y sombría de la nube más tormentosa en contraste con su techo blanco, luminoso, reflejando fuertemente el sol, siempre logra maravillarme, precisamente por eso, ¡porque ocurre a un mismo tiempo!: las sombras y el temor, la humedad de los charcos y el envite de la lluvia aquí abajo… y la luz cegadora, el cielo azul y brillante sobre una alfombra de nubes blancas, allá arriba.

Y todavía hay quien se pregunta por qué en el hombre ese deseo loco de volar.

sábado, 25 de octubre de 2008

Las Ondas de Elliot



Recientemente, en una breve estancia de 4 días en Madrid, en casa de mis padres, cayó en mis manos un viejo manual que en su momento, años ha, debió venir como regalo de alguna revista financiera que mi padre, muy aficionado a la bolsa y las finanzas, compraría persuadido o esperanzado de encontrar allí alguna clase de panacea predictiva o sortilegio infalible para los ahorros familiares.

Puesto que hallé el manual abandonado en un estante y cubierto de polvo, doy por hecho que a mi padre no le fue muy útil pero he aquí que su título, “Manual de las Ondas de Elliot”, atrajo sin embargo mi curiosidad. Debo explicar que como físico que no ejerce, la palabra “onda” me pone a tono, y cuando al abrirlo descubrí además que en sus últimas páginas mencionaba cierto soporte matemático, no tuve otro remedio que raptarlo inmediatamente y traerlo a Barcelona.

Hoy, yendo al trabajo en el traqueteo monótono de un vagón de Cercanías, lo fui leyendo y desgranando con auténtico asombro y curiosidad. Curiosidad, porque cabe en seguida preguntarse si un libro que describe y analiza el vaivén de los mercados, hasta el punto de dar una predicción que asegura fiable, pudo o podría haber predicho el rumbo o tendencia de las bolsas previo a la actual crisis financiera, evitando así el descalabro de muchos. Y asombro, porque, desde la primera página, el método y el análisis descrito por Elliot parecía tan, tan simple…

Básicamente y para no aburrir a nadie, la Teoría de las Ondas de Elliot describe la evolución del mercado en el tiempo como una composición sencilla de 8 ondas, 5 alcistas y 3 bajistas, clasificadas como impulsivas o correctoras según vayan a favor o en contra de la tendencia del conjunto de 8. La primera decepción fue comprobar que el tal Elliot (economista, 1871-1948), que no debía saber realmente lo que era una onda, ni trasversal ni longitudinal, utilizó indecorosamente ese nombre para describir tramos rectos en el tiempo, de pendiente positiva (ondas impulsivas a favor de la tendencia) o negativas (ondas correctivas en contra de la tendencia), y cuyo conjunto global sí toma la forma de ondas con periodicidad variable, de ahí la asociación, supongo. A cambio de mostrarnos esta burda simplificación, toda ella resuelta gráficamente, sin una sola ecuación matemática, Ralph N. Elliot nos regala un concepto elegante que hoy resuena en oídos de todos pero que en su época debió ser seguramente muy meritorio: la idea de que su ciclo de 8 ondas se repite dentro de un ciclo o estructura mayor con la misma forma, el cual a su vez se repite idéntico dentro de un ciclo aún superior, etc. En definitiva: una estructura fractal.


“Es hermoso. Dudosamente cierto –pensé- pero hermoso”. Sin embargo, como quiera que el manual seguía clasificando y aludiendo a una serie de reglas muy deterministas que a un físico moderno siempre le repulsan un poco, y como quiera que cada vez quedaba menos para que el tren se detuviese en mi parada, a medida que avanzaba en la lectura del libro empecé a despreocuparme de la descripción de esta “teoría de ondas”, que como digo era muy simple, y a buscar con encono la causa física, real, que lleva a un hombre a decir que el comportamiento de los mercados financieros es periódico, fractal y predecible. Es decir: ya me ha dicho usted, Mr. Elliot, cómo se comporta el mercado –y sin entrar a confirmar aún si esto es cierto y si funciona-, dígame ahora POR QUÉ, según usted, se comporta así.

Y entonces, ¡oh, alados querubines que oigo de pronto cantar entre nubes algodonadas!, ¡suena la música celestial y bailan los planetas!, aparece al final de este manual que devoraba sin piedad antes de alcanzar la estación de Gavà, nada más y nada menos que la sucesión de Fibonacci.
0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34,… esta sucesión de números naturales, desconocida en Occidente hasta 1202 pero conocida en Oriente desde muchos siglos antes, tiene tal cantidad de propiedades (http://es.wikipedia.org/wiki/Sucesi%C3%B3n_de_Fibonacci#Propiedades_de_la_sucesi.C3.B3n) que a pesar de ser todas ellas contrastables matemáticamente, rozan el concepto de lo mágico. O díganme si no parece magia que cualquier número natural pueda ser descrito como la suma de un número finito de términos de la sucesión de Fibonacci, o que el cociente de dos términos consecutivos de esta sucesión oscile alternativamente conforme ascendemos en el orden de los términos hasta alcanzar, en el límite, el denominado número áureo, 1.6180339887… pero, sobre todo, díganme si no parece magia que las hojas de los árboles dispongan su ordenación alrededor del tronco en base a este número dorado, que la relación de abejas macho y abejas hembra en un panal contenga ese mismo número, que esté presente en la moléculas de ADN, en la espiral de los caracoles y en el átomo y en la órbita de los planetas y en la organización neuronal del cerebro… y por favor no me hagan seguir porque al entender todo esto estuve a punto de saltar del tren en marcha y correr campo a través gritando “¡¡Arrepentíos!!, ¡¡¡arrepentíos hombres de poca fe porque el Juicio está aquí!!!” ;-)

Afortunadamente cuenta uno con cierta educación coercitiva, cierto escepticismo bien aprendido durante años de estudio en la facultad, que ayuda a mantener la cabeza en su sitio. En mi opinión, el Sr. Elliot, genio o tunante, debió en cambio perder la suya cuando decidió argumentar que su Teoría de Ondas para el mercado bursátil era una consecuencia de la sucesión de Fibonacci aplicada al comportamiento de las masas, un resultado lógico de los hombres como especie concentrándose en torno a la compra y venta de activos. Si el caracol y el árbol y los planetas participan de la serie de Fibonacci –dijo Elliot- ¿por qué no iba la raza humana y su juego especulativo del siglo XX a participar también de él?

A la espera de lo que puedan decir Eulogio, o Nacho, compañeros de facultad que han trabajado y trabajan precisamente en teorías matemáticas de predicciones de mercado, y que podrán tal vez aportar jugosos comentarios en base a su experiencia, tengo que dar mi opinión: (¡porque este blog es mío!, y porque uno nunca debe dejar pasar la oportunidad de ser el único que habla, mientras los demás callan ;-)

Sobre la naturaleza y la sucesión de Fibonacci: existen efectivamente numerosos casos en la naturaleza cuya estructura contiene bien la serie de Fibonacci, bien el número áureo o una forma fractal. Lejos de ser una coincidencia sorprendente, creo que no es otra cosa que el resultado de buscar un camino óptimo, sencillamente el camino que sigue la evolución, entendida esta como una búsqueda continua del mejor método que garantice la supervivencia, no porque exista una “voluntad” de sobrevivir en la naturaleza sino sencillamente porque lo que no sobrevive perece y deja de existir. Así, los árboles disponen sus ramas para que todas sus hojas reciban un máximo de insolación, los helechos tienen esa estructura fractal para maximizar la superficie de traspiración en el mínimo volumen y, de la misma forma que las cosas vivas sobreviven sólo si encuentran ese camino óptimo, lo inanimado no llegan siquiera a existir (o lo hace por poco tiempo) si no es estable, es decir, si no cumple relaciones o proporciones naturales que garanticen esa estabilidad y permanencia, y que devienen, en última instancia, de leyes conocidas o no tan conocidas, como ocurre en cosmología, pero siempre físicas, no numerológicas. Es decir, ya superamos a Pitágoras, y hay una razón para la forma que adquieren las cosas y sí, es cierto, también algunos números óptimos, áureos, pero siempre como consecuencia de razonamientos o principios lógicos, como el de mínima energía o el de máxima entropía, de ecuaciones naturales como las de la Relatividad que carecen tal vez de la magia oculta del pentagrama pero no de una asombrosa belleza.

Sobre la Teoría de Ondas de Elliot: se trata de una teoría basada en la observación detallada de las variaciones del mercado por un sujeto minucioso que elaboró una forma sencilla e irreal de predecir el valor futuro del mercado y quiso excusarse por su temeridad buscando una explicación harto complicada, asombrosa y de nuevo irreal: autosemejanza y fractales en las fluctuaciones del mercado, la serie de Fibonacci apareciendo como medida para predecir el futuro de la renta variable y el número áureo coaccionando el libre albedrío del ser humano y de la naturaleza estocástica del planeta en que vivimos. ¡Por dios!, a veces un huracán destroza las cosechas de aceite de palma y las acciones de éste bajan arrastrando a todo el sector agroenergético, o un avión se estrella y la aerolínea propietaria o la empresa fabricante entran en picado. Incluso que el presidente de los Estados Unidos se lo monte con una becaria en el despacho oval puede repercutir en la bolsa… ¿sigue la lascivia de Bill Clinton la sucesión de Fibonacci?, ¿hemos de creer en el misterio de la numerología o admirarnos por el contrario con la belleza de las matemáticas y la alternancia de lo simple y lo complejo en el tejido mismo de la naturaleza?. La teoría de las Ondas de Elliot es una idea que científicamente resulta absurda, incluso ofensiva a la inteligencia, que se nutre de verdades parciales bien contrastadas y comprobadas para diversos fenómenos, pero que es falaz en lo fundamental: su explicación causal. Pero voy más lejos: creo que esta teoría, elaborada por Elliot durante los años 30, en la monotonía de los Estados Unidos sumidos en la “gran depresión” y, por tanto, sin demasiado componente de azar, fue rescatada en los años 70 para que alguien sin ideas propias y una gran capacidad para la especulación gratuita pudiera escribir un libro al respecto (¿Prechter?, ¿Frost?) y ganar una buena suma sin mayor dificultad ni dignidad que la utilizada por un famosillo de “Gran Hermano” que anuncia en TV su primer y único disco antes de que el mundo olvide su rostro para siempre. Aún así, hay muchos que piensan diferente (igual que hay muchos que opinan que el hombre nunca ha estado en la Luna) y no sería justo no dejar aquí este video:
http://www.youtube.com/watch?v=RE2Lu65XxTU


Mi tren se detuvo en la estación de Gavà justo después de que yo terminara de leer el manual de las Ondas de Elliot pero, debido a un retraso "impredecible", aunque frecuente en RENFE-Cercanías, perdí el minibus que me hubiera llevado al Centro de Control. Así que mientras esperaba en la acera desierta el paso de un nuevo trasporte, pensé en escribir esta entrada en mi blog y lanzar la pregunta a quienes tal vez puedan y se atrevan a responderla: ¿es realmente efectiva la Teoría de Ondas de Elliot?, ¿ha demostrado ser válida día a día?, ¿predice Crisis o cambios probables del mercado?, ¿ayuda a alguien a ganar dinero por otra razón que no sea la información anticipada que del mercado posee esa persona?. Porque si la respuesta a estas preguntas es afirmativa, creo que en mi próximo viaje en tren saltaré desnudo del vagón de cola y correré por la campiña catalana como mi madre me trajo al mundo para proclamar la buena nueva y convertirme, como el Lancelot de Excalibur, en un descreído barbudo que vaga sin rumbo por la Tierra.

viernes, 10 de octubre de 2008

MIND THE GAP: 4 días en Londres

Entre las pocas cosas que uno acumula de forma prácticamente invisible (desde luego no los años!), está la experiencia de los viajes. “Fuimos nómadas” -como decía Carl Sagan- Durante millones de años no hicimos otra cosa que viajar buscando el fruto de los árboles o persiguiendo las migraciones de los grandes rumiantes y ocho mil años después de habernos asentado gracias a la ganadería y a la agricultura parece que todavía le queda al hombre algo en su biología que le incita a emprender viaje. Pero no nos pongamos románticos en exceso: comparadas con las auténticas aventuras que iniciaban nuestros antepasados más remotos cuando cambiaban de valle o de llanura, o la de nuestros tatarabuelos cuando subían a un endeble barco de madera en busca de fortuna en las Américas, un viaje a Londres de cuatro días para un tipo escrupuloso y urbanita como yo no contiene mayor peligro ni entraña otros riesgos que el de ser devorado por los ácaros de la moqueta de una típica pensión inglesa o padecer media hora en el baño por culpa de un poco de “tap water” londinense.

Asumido esto, y con el permiso de mi Cristina (dios la bendiga), me “embarqué” en un vuelo increíblemente barato de la siempre estrafalaria Ryan Air junto a otros dos compañeros de la oficina, Sergio y Xavi. Los tres juntos, gracias sobre todo al conocimiento de la ciudad que Sergio tenía, recorrimos con eficiencia todos los lugares “obligados” de la capital inglesa e incluso tuvimos tiempo para una pequeña inmersión cultural en el barrio de Camden, a través de un auténtico pub inglés llamado “World’s End” donde pasamos una tarde estupenda escuchando música en vivo de jóvenes promesas británicas y bebiendo cerveza Foster o Guinness.

Para no aburrir en exceso, enumero a continuación algunas de las cosas que llamaron mi atención durante esos cuatro días en Londres:

“Mind the Gap”, esta frase todavía resuena en mi cabeza. El sistema de locución del metro londinense la pronunciaba con asiduidad para advertir del peligro de tropezar con el hueco entre tren y andén. En las líneas más modernas del suburbano, una voz femenina realizaba una completa advertencia. En las más antiguas, sin embargo, era una voz oscura y siniestra la que pronunciaba, arrastrando cada sílaba, un funesto “Mind the gap”, como si de un Gran Hermano vigilante se tratase. Sumado al hecho de que Londres está repleta, bajo el suelo y sobre él, de cámaras de vigilancia, le daba por momentos a la ciudad un aire Orwell a lo 1984.

La famosa campana de los pubs ingleses existe. Pero más que advertir de que el local cerrará en breve sus puertas, lo que hace es apresurarte a que tomes una última cerveza. Así que vas a la barra y pides la última… y cuando estás de regreso vuelve a sonar la campana, así que corres otra vez a por la última cerveza, y aún no la has apurado cuando de nuevo vuelve a sonar la campana y te diriges haciendo “eses” a por tu tercera “última” cerveza… Vamos, que la campana no es una tradición inglesa sino un invento del consumo despiadado!.

Londres tiene en general un nivel de vida muy superior al de, por ejemplo, Madrid. Esto es así tanto en la media estadística como, sobre todo, en sus extremos: en la ciudad que me vio nacer y crecer conozco barrios opulentos como Conde Orgaz o Puerta de Hierro, pero cualquiera de ellos palidece ante los barrios de Kensington o Notting Hill donde los BMWs y Mercedes son coches humildes, casi utilitarios, en comparación con los Aston Martin, Ferrari, Porche o Maserati que pueden verse por decenas aparcados en hileras de extremo a extremo de sus calles. Después de pasear por allí un rato, y del asombro y admiración inicial que estas máquinas perfectas despiertan, uno siente algo de vergüenza al preguntarse qué parte del tercer mundo estará pagando el lujo obsceno a la vuelta de la próxima esquina.

La puntualidad inglesa es un mito: en nuestro último día corrimos por los pasillos del metro (siempre vigilados por las cámaras…) para llegar a las diez de la mañana al cambio de la guardia a caballo, no tan famoso como el de la infantería de Backingham Palace pero –cuentan- mucho más vistoso. El cambio, después de esperar un buen rato con la cámara de fotos encendida, se produjo finalmente a las 10:17 y, quizá por la lluvia, quizá porque no éramos suficientes turistas, fue tan soso y breve como cabe esperar de un acto inglés.

¡Ah!, y finalmente, es cierto, las jóvenes inglesas incumplen más de uno de los tres principios de la Termodinámica o -como solían decir en mi facultad- en realidad añaden un cuarto: “Prefieren enfriarse con tal de calentar”, patente en faldas cortas como bufandas y vestidos finos como muselina, que en aquellas calles, frías y mojadas, no me inspiraba tanto deseo como dolor de garganta. En la foto, unas modelos posan en el escaparate de unos grandes centros comerciales (pincha, pincha en la foto sin miedo :-) El sexo –y esta es mi impresión como “Alfredo Landa español”- parece tratado en Inglaterra con desparpajo y provocación pero sin misterio.

Espero no estar dando una impresión negativa de mi visita a la ciudad del Thames: hoy estoy enfermo en casa, un resfriado inglés –supongo-, y este texto pudiera sonar a venganza ;-)



Así que vimos el Big Ben, las casas del Parlamento, St.Paul’s Cathedral, Coven Garden, Portobello, Picadilly, Trafalgar, … pero de todo ello me quedo con un apunte mental que hice después de mucho caminar. Y es que lo principal de este tipo de viajes que haces junto a amigos o compañeros no son tanto los monumentos que aparecen a la vuelta de cada esquina como las risas que el grupo comparte en las situaciones inesperadas, a costa de las costumbres locales más estrafalarias o sencillamente al disfrutar la alegría de una cultura y lengua mediterránea en contraste con un país que nunca entenderá que no es necesario formar una cola para coger el autobús.






En estos viajes, y sobre todo desde que existe la cámara digital, toma uno mil fotografías al día que contienen todos los lugares relevantes de la ciudad y sólo unas pocas fotos –acaso las más entrañables, las que son realmente depositarias de la memoria- que describen esas situaciones de amistad y camaradería. Y en ese sentido no conviene olvidar que lo importante de un viaje, tenga el destino que tenga, es volver a casa con la amistad fortalecida de quienes nos acompañaron, antes que con un montón de hermosas fotografías vacías.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Fiesta de la tierra y el cielo

Si algo es gozoso de esta ciudad de Barcelona –y que la distingue de mi añorado Madrid- son las fiestas que salpican continuamente el calendario y la ciudad. Parece que cada uno o dos meses, los barrios o distritos de la ciudad entraran uno a uno en una jubilosa efervescencia, engalanándose para atraer y recibir a los vecinos de los demás barrios. Son especialmente conocidas las del barrio de Gracia, a finales del verano, pero destacan ante todo las de la propia ciudad, durante la festividad de la Mercè, el 24 de septiembre. Desde el punto de vista laboral, la fiesta sólo tiene un festivo, como ocurre con San Isidro en Madrid, pero las actividades culturales, deportivas y gastronómicas se extienden casi dos semanas alrededor de esa fecha. Lo que hace especial estas fiestas –y las distingue de sus homólogas madrileñas- es que Barcelona, dado su menor tamaño, las vive aún con un sentido de comunidad que la capital, con sus cinco millones de habitantes -la tercera parte de los cuales pertenecen a otras provincias e identidades culturales del país que se han visto desplazados por razones de trabajo-, ha perdido, probablemente para siempre. Así, mientras la gente de Madrid me sigue pareciendo más cálida que los barceloneses, que son más reservados, más del norte, más europeos, las fiestas de Barcelona disfrutan de un ánimo y un brillo que, salvo en barrios muy tradicionales, como el de La Latina, nunca observé en la capital. Y creo que estas son el tipo de paradojas que con los datos en la mano no se pueden deducir, y hay que haber sido vecino de ambas ciudades para poderlas descubrir.

Pero volviendo al tema, las fiestas de la Mercè tuvieron un elenco envidiable de actividades, de muchas de las cuales participé en compañía de Cristina y algunos amigos madrileños (hola, Samuel) y catalanes (hola Lucía, Clara). La última, en el día de hoy, ha sido la denominada “Festa del Cel” o “Fiesta del cielo”, celebrada en la extensión del Forum y que reunió a miles de personas para una exhibición aérea de aviones, helicópteros y paracaidistas. Mi mayor motivación para ir, a parte del paseo en mi nueva moto con Cristina (que aún no la había estrenado), era la patrulla Águila, el escuadrón acrobático del ejercito del aire y cuyos aviones apenas se dejan ver, si el lector se fija un poco, en la fotografía que retrata al autor de este blog.

Sin embargo, aunque la exhibición de la patrulla Águila fue interesante y meritoria (desplegaron en el cielo, con sus reactores de colores, la bandera catalana además de la española, lo que no deja de ser un detalle por parte de una institución que todos suponemos rígida y centralista),


video

lo que más me impresionó con diferencia fue la exhibición aérea de un solitario reactor militar, invitado británico, que desplegó allí mismo una danza de autentico poderío. Se trataba de un Eurofighter, el último modelo de caza diseñado y construido íntegramente en Europa para dotar a los ejércitos de España, Alemania, y Gran Bretaña con un avión de superioridad aérea que rivalice con los F-22 americanos o los más antiguos Su-27 rusos. Lo cierto es que mientras la Patrulla Aguila, dotada de reactores de entrenamiento C-101, apenas se dejaba oír en el cielo, este moderno caza, plenamente operativo para la lucha aérea, atronó literalmente las playas de Barcelona.



Y fue la agilidad y potencia de que hizo alarde, ascendiendo en ángulo recto a velocidades ridículamente lentas, como sólo creía capaz a un cohete espacial, y ese bramido increíble de sus reactores, lo que me hizo pensar y sentir dos o tres cosas muy distintas y de cuyo análisis aún me estoy ocupando: por un lado sentí asombro y admiración, como la de un hombre ante un dios revelado; sentí también orgullo, porque lo que veían mis ojos era obra de los hombres, de cuyo ingenio participamos todos: un objeto que volaba y maniobraba a voluntad en el aire, una proeza que no hubiera soñado Dédalo, que hubiera hecho llorar a Da Vinci; y finalmente sentí miedo, sí, mucho miedo, porque aquella máquina increíble que atronaba mis oídos, que me llenaba a un tiempo, como he dicho, de asombro, admiración y orgullo, había sido construída por hombres, para matar a otros hombres... ¿Se imaginan todo ese ingenio puesto a disposición del bien común, de la provisión de agua y alimento para todos, de la búsqueda de energía y recursos limpios que respeten la convivencia con el hábitat, el único hábitat (Gaia), que tenemos?... Dios mío, ¿qué estamos haciendo?.

sábado, 27 de septiembre de 2008

2008 Presidential Election debate


Lejos de tomar parte, ya que no tengo voto en ese país, muchos de quienes me conocen saben los profundos lazos que me unen a los Estados Unidos de América y, como no podía ser de otra manera, -y debido precisamente al tiempo que residí y participé de su cultura y sociedad gracias siempre al esfuerzo que mis padres hicieron para enviarme allí- he seguido con interés, en su lengua nativa, el primer debate entre los dos candidatos a la presidencia del país. Tomo pues la palabra para participar del debate que ahora debería darse en el seno de todas las sociedades que nos sentimos y nos sabemos en la órbita sociocultural de la gran potencia de nuestro tiempo, América, cuyo destino está ligado al nuestro como el de Egipto o el de la Galia estuvo en su momento ligado al de Roma.
Creo que lo primero es lamentar que debates de esta magnitud tengan lugar con tan poca frecuencia y en espacios de tiempo tan breves, lo que no hace sino fomentar que los argumentos de los participantes sean superfluos y traten sólo la situación presente y su posible solución, sin lograr otra cosa que arañar la superficie de un verdadero debate ideológico y político, algo que Estados Unidos, un país absolutamente bipartidista (y por tanto la democracia menos democrática que puede existir, pues un partido menos y sería una dictadura!), encontraría verdaderamente enriquecedor.
Por ello, y porque el pueblo norteamericano está formado mayoritariamente por una clase media de elevado conocimiento específico y profesional pero escasa cultura general (hablo, sabiendo lo que digo, de increíbles lagunas en geografía y –aún más importante- en historia, por no mencionar la ciencia, mi querida ciencia, en un país que considera el Creacionismo una teoría tan contrastada como la teoría evolutiva de Darwin), Barak Obama ha sido especialmente aleccionado de cara a este debate para no profundizar en argumentos cuyo razonamiento esté basado en conocimientos propios de su educación elitista y que no serían seguramente seguidos ni compartidos por la inmensa mayoría de los votantes. El senador John McCain, tiene a su favor en cambio que ha sido elegido por sus compañeros republicanos precisamente por amoldarse a ese perfil tópico de americano sencillo y honesto, que habla al pueblo con frases directas (no importa si son incompletas, parciales o incluso falaces) y cuyo conocimiento deviene sobre todo de la experiencia, la honorable experiencia, de ahí que el partido Republicano elija casi siempre a candidatos de mayor edad que sus oponentes demócratas.
Para no extenderme demasiado y para asegurarme de que me centro en el debate que nos ocupa, iré desgajando algunos de los momentos que más me impactaron. Seguiré, señalando el minuto y segundo exacto, el video íntegro del debate en inglés (sin extrañas traducciones o censuras) que está colgado en la página de Televisión Española (http://www.rtve.es/noticias/) desde esta mañana.

En su primera mitad, el debate se centró en la crisis financiera y el estado interno del país, lo que condujo a temas de financiación de empresas (McCain) o de individuos (Obama), de paro y de salud pública. Me hizo gracia comprobar como el senador McCain presumía de que el estado federal no intervenía es la salud pública, dejando al ciudadano esa “decisión” (33’10’’), algo que no puedo dejar de comparar con el recuerdo que guardo de mis “padres” adoptivos americanos restando importancia a una tos terrible sencillamente para no tener que tomar la costosa “decisión” de ir al médico (una visita = $80). Y es que en Estados Unidos, la nación más poderosa de la Tierra, lo cierto es que al médico sólo van los ricos y los pobres que creen estar muriéndose (y aprovecho para decir que de seguir así la Sra.Aguirre, en la Comunidad de Madrid, mi patria chica, podría ocurrir lo mismo). En cualquier caso, para mi fue positivo comprobar que, en esta primera mitad del debate, Obama vinculaba el orgullo de ser americano al de tener unos servicios sociales ejemplares, y me extrañó que lo dijera tan rotundamente porque es sabido que, no sólo McCain sino la mayoría de los norteamericanos, entienden como un motivo de orgullo verdaderamente americano su política exterior y su hegemonía mundial, no la sanidad pública. Este orgullo hacia el exterior, lo que Juan de Mairena (Antonio Machado) llamaría patriotismo, puro y duro, queda perfectamente representado en varios momentos de la intervención del senador McCain, cuando saca a relucir, una y otra vez, que de ninguna forma deben los americanos permitir que Estados Unidos retire sus tropas y salga derrotado de Irak (56’46’’). Lo que no dice, por supuesto, es cual sería para él la definición de victoria, que en el conflicto iraquí me parece actualmente un imposible, sobre todo por el prestigio internacional que ha perdido EE.UU. desde que tomó unilateralmente la decisión de entrar en guerra con ese país. A todo esto, llama la atención, y espero que mi padre esté leyendo, que hoy, el que puede ser futuro presidente de Estados Unidos, Barak Obama, diga abiertamente que fue un error entrar en Irak (37’50’’) y esté decidido a retirar las tropas de allí mientras España era duramente criticada por hacer lo propio hace 4 años. La de vueltas que dan las cosas, ¿verdad papi?: parece que hasta los americanos se han cansado al final de buscar las dichosas armas de destrucción masiva ;-) Aquí viene a cuento las relaciones de EE.UU con España, ya que, aunque nadie lo esperaba, Obama lo sacó a relucir como un ejemplo de su argumentación sobre política exterior. Un poco antes, Obama ya había dicho que Estados Unidos seguía actualmente la política de hablar con países que no eran precisamente democráticos, sencillamente porque convenía, para lo cual se aplicaba la teoría –y cito la frase porque da justo en el clavo- “de acuerdo, son dictadores, pero son nuestros dictadores”. Con esta política en la mano, es posible hablar con China o Pakistan, por ejemplo, pero no con Venezuela. Y es entonces (69’10’’), hablando de que EE.UU. debería dialogar más, cuando Obama llegó de pronto a España, sorprendiendo por lo que pareció al propio McCain.
Dado que para nosotros, españolitos, es el momento estelar y nos afecta como ninguna otra cosa de este o futuros debates, lo traduzco literalmente lo mejor que sé:

Obama: “El senador McCain, consistentemente, llegó incluso a decir el otro día que no se reuniría en particular con el primer ministro de España, ya que no estaba seguro de si estaba o no en línea con nosotros!, Quiero decir, ¡España es un aliado de la OTAN!, ¡Si no podemos reunirnos con nuestros amigos, no sé cómo vamos a poder liderar el mundo a la hora de tratar asuntos importantes como el terrorismo”

McCain: “Bueno, no voy a plantear la agenda de la Casa Blanca antes de ser Presidente, ni siquiera tengo todavía el sello presidencial…" [y a continuación McCain respira hondo y cambia de tema]

Así que, por lo menos los españoles ya sabemos qué clase de futura relación nos espera con Estados Unidos según gane uno u otro candidato.
Todavía hubo algunas perlas más en el debate, como McCain insistiendo en que había visitado varias veces Afganistán e Irak y, por tanto (considerese la clarísima conclusión), a diferencia de Obama, conocía bien los problemas y la realidad de esos países (a mi me llevó un año de total inmersión en la vida norteamericana llegar a entender mejor su cultura, occidental y similar a la mía, pero sólo un vaquero como McCain se atrevería a decir que entiende a Afganistán y a sus talibanes con cuatro horas de visita oficial, toma ya!). Pero ese es un problema del que adolecen en general todos los norteamericanos y por extensión los ciudadanos de todas las naciones que alguna vez dominaron el mundo: son incapaces de comprender que entre conocer y entender una cultura existe un trecho enorme que sólo el tiempo, la dedicación y la buena disposición pueden cubrir.

Por otra parte y para ser justos, no puedo ignorar tampoco mi decepción con Obama al escucharle hablar abiertamente de matar a Bin Laden (45’45’’) en lugar de detenerle o llevarlo ante la justicia, como haciéndose eco de un deseo nacional de venganza que no parece tanto encajar con su personalidad como con una estrategia más para ganar la Casa Blanca. Lo que me hace pensar que, en cualquier caso, y aunque creo que ha quedado claro que espero que Obama lo consiga, no creo que su victoria significara a la postre una transformación de ese país como la ocurrida por ejemplo con la victoria de Kennedy en los sesenta.
Soy de la opinión de que hoy en día los candidatos, por muy "de color" que sean, tienen que venderse tanto y a tantos antes de alcanzar siquiera un debate presidencial como este que, para cuando les dan el deseado sello presidencial y las llaves del Air Force One, están más endeudados e hipotecados que los propios ciudadanos a los que dicen representar.

jueves, 25 de septiembre de 2008

El final del verano

Hoy jueves llegué temprano a casa y decidí salir con la bici a buscar el último día del verano. Pero ya no estaba allí. Había llegado tarde. Eran sólo las seis y el sol ya se inclinaba grávido sobre el horizonte, brillando sin fuerza, debilitado por la brisa fresca y racheada que me secaba el sudor sobre la piel desnuda de los brazos.
Y es verdad, el equinoccio ya pasó y la balanza, después de un breve instante de auténtico equilibrio, vuelve a inclinarse lenta pero inexorablemente hacia los días oscuros del invierno. A medida que el punto subsolar deje nuestras latitudes, camino del hemisferio sur, las sombras de mi barrio se volverán más alargadas, las aceras permanecerán a la sombra de los edificios y la luz, cada día más perezosa, se irá a dormir temprano.

En estos días aciagos en que las hojas de los árboles te susurran que te abrigues y las nubes proyectan veloces sombras sobre el suelo, uno no se cansa de pensar que hubiera debido disfrutar más del verano, que cada uno de esos días al sol, con apenas una camiseta y un bañador, fueron una auténtica bendición no reconocida. Oh dios!, lo que daría por poder retener el sol en mi piel… y no me refiero al bronceado. Era la claridad intensa y brillante de los días, la temperatura suave de las noches, eran las excursiones en bicicleta, las cervezas frías bajo los toldos llenos de sol, las gotas de mar evaporando sobre mi rostro y el sabor de la sal en los labios…
Y sí, ya sé, ya sé que aún vendrán días cálidos… pero es el primero y no el último de los días fríos el que trae consigo el final del verano.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Uno de esos momentos

A veces, en mitad de nuestra rutina diaria, en lo que puede ser el conocido trayecto de vuelta a la comodidad del hogar, nos vemos atrapados durante unos segundos en un momento extraño, un hito en el tiempo y el espacio que parece vacilar, como haciendo equilibrio, entre la fantasía y la realidad. En ocasiones, ese instante no tiene otro hecho más particular que el de hallarnos completa y asombrosamente solos y, claro, eso impide que tengamos siquiera un testigo presencial con quien compartir el momento exacto en que la malla tetra-dimensional que nos rodeaba pareció rasgarse y, por un solo segundo, ¿o fueron mil?, ofrecer a nuestros ojos algo más, pues vivimos en uno solo de múltiples universos, cobijados en una agradable realidad de cinco sentidos que no es sino una de las muchas caras, una burda aproximación, de una realidad mucho más compleja, rica y sutil. Luego, pasado ese momento, el cronómetro vuelve a ponerse en marcha, un desconocido irrumpe en la escena, un perro ladra en la calle y el llanto de un niño o el claxon de un coche nos deja de golpe, como un paracaidista que toca tierra, en el mundo que siempre ha sido y siempre fue, el que vemos y tocamos, el que escuchamos y saboreamos. Una ilusión, eso fue todo, sólo una extraña percepción. Pero no puedo evitar imaginar al hacedor de mundos graciosamente enternecido al contemplar el asombro que por ese instante recoge nuestro rostro lívido y extasiado, antes de echarse a reír, cerrar la puerta que ha abierto sin querer y continuar jugando con sus supercuerdas de once dimensiones.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Easy Rider



Como quizá algunos recordéis, la única pega que alguna vez le he puesto a la que hasta ahora era mi montura, mi flamante Kymco Zing II DarkSide, era que debido a su baja cilindrada (125c.c.), no podía, por más que la pobre quisiera, satisfacer mi ansias exploratorias y llevarme más allá de 60-70 Km de radio con centro en Barcelona, y eso dejaba muchas preguntas en el aire: ¿qué hay más allá de Montserrat?,¿y de Villanova?, ¿y de Mataró?...

Tenía que subir de cilindrada si quería alcanzar un poco más allá, así que vendí el más viejo de los coches, me saqué el carné “A” de moto justo antes de que entrara en vigor la nueva normativa y puse en Internet un anuncio de venta de mi pequeña DarkSide. El anuncio lo puse en agosto y el 1 de septiembre, apenas hubo regresado la gente de sus vacaciones, la moto ya tenía varios novios. Al final se la llevó un muchacho fortachón, de tercero de arquitectura, que pagó al instante y que, cuando vio cómo se me caía el alma a los pies en la entrega de llaves, prometió cuidar de ella con esmero. Les acompañé hasta la salida del garaje y dejé -como decía Lisa Simpson en ese gran capítulo del profesor sustituto- que se alejaran desgarradoramente de mi vida ;-))

Como todo cambia y evoluciona y ese es su único destino, ahora, a trece de septiembre, ya tengo conmigo mi nueva montura. Una perla negra y grana, una Hyosung Aquila de 650c.c. que todavía se comporta de forma fría conmigo y que por supuesto no concentra en su bella silueta ninguno de los recuerdos que atesoraba mi vieja moto. Es sin embargo lo que estaba buscando: cómoda de montar, pesada sobre la carretera y con un diseño custom deportivo en torno a un motor inyección de gran potencia. Eso sí, acostumbrado a los 12,5 CV de mi antigua moto, el día que saqué la nueva del concesionario, con sumo cuidado, ¡creí que me habían atado a un misil balístico intercontinental y habían apretado el botón rojo!. Diría que incluso noté la fuerza de Coriolis!.Y eso que la moto está limitada para que sus 80 CV se queden en sólo 35, como manda la ley, y me asombren pero no me espanten…


Con esta moto podré explorar, hacer salidas al parque natural del Montseny, a las playas de Begur o a los valles pirenaicos. En el bolsillo impermeable de mi bolsa sobre-depósito colocaré un mapa que me indique el trazado de las carreteras de montaña y en su interior mi cámara de fotos con la que llevarme de vuelta a casa las mejores imágenes que encuentren mis ojos.

Mucha gente que me considera una persona inteligente, o al menos sensata, me pregunta cómo diablos se me ocurre asumir el riesgo que supone moverse en una moto. Supongo que no hay una respuesta única o clara, como no la hay cuando te preguntan por qué amas a la mujer que amas o por qué te gusta el azul más que el amarillo. Pero creo que tiene que ver con la cercanía con que sientes el viaje y la carretera. Todos los elementos, el asfalto, el paisaje, el viento o la lluvia,… se sienten más próximos y el viaje se disfruta como nunca. Si vas bien equipado, bien abrigado e impermeabilizado, rodar bajo la lluvia se convierte en un placer y una tormenta en un auténtico espectáculo natural. Entiéndase, no estoy diciendo que montar en moto sea la culminación de todo ser humano, por supuesto que podría vivir sin ello y hay no pocas cosas en mi vida que antepondría a esa actividad (-como escribir). Sin embargo, todos somos un poco hedonistas, y todos, una vez cubiertas nuestras necesidades esenciales, nos procuramos aquello que nos da placer. Y eso precisamente es lo que hago cuando me subo a la moto y arranco el motor.

domingo, 31 de agosto de 2008

Un año en Barna

Bueno, aunque llevo ya un año en Barcelona, este blog lo abrí hace sólo un par de semanas. Imposible resumir aquí, ahora, lo que este blog no ha recogido. Ni lo voy a intentar. Sin embargo, esta tarde, al sincronizar mi móvil con el PC, han salido a la luz, revoloteando como luminosas palomas blancas, toda una serie de fotografías que tomé con él y que, si bien no resumen ni mucho menos el pasado año, sí abarcan al menos todo el periodo, pues compré mi móvil precisamente a los pocos días de llegar a Barna. Como este imprescindible aparato siempre nos acompaña (desde 1996 aproximadamente!), y ahora casi todos incorporan cámara, se ha convertido en un descriptor pobre pero tenaz (cámara de sólo 2 Megapixels!) de nuestra rutina diaria. Dejo aquí, comentadas, unas cuantas de esas fotos que van desde septiembre del 2007 a sólo unos días de la fecha actual.



Al llegar a Barcelona, a finales del verano del 2007, descubrí un río, el Besòs, y en su margen derecha, a lo largo de varios kilómetros de su recorrido, un parque longitudinal con su calle peatonal, su carril bici y amplias explanadas de hierba donde jugar al futbol. Recorrí aquel parque en bicicleta a principios de septiembre. Desembocaba en el mar, como el río al que acompañaba.

A finales de septiembre volé, en viaje de trabajo, a Alicante. He aquí unos hermosos cúmulos congestus en los días de “gota fría” del levante.

La estación de França, una estación con sabor a ferrocarril, como lo era todavía Atocha en mi niñez.

Esto confirmó a los pocos meses de mi llegada la idea que ya traía conmigo de que el Barça se siente en Barcelona como dificilmente se siente el Real Madrid en Madrid. Y es verdad: ¿qué madridista que se precie sería tan hortera de comprar un frigorífico del Real Madrid?. Ahora que lo pienso, los madridistas no necesitamos estas muestras de mal gusto: todos los frigorificos del mundo son por defecto del Real Madrid (blancos)!! :-))

En invierno, con un frío que pelaba, me fui de excursión en moto a Montserrat. La verdad es que la montaña es espectacular, de aspecto épico y tenebroso, parece sacada del Señor de los Anillos. Por lo visto es una montaña insigne en Cataluña. Un compañero de fútbol bromeaba días después que ni siquiera él, catalán de pura cepa, había ido nunca a Montserrat, así que flipaba conmigo y con mi interés por lo catalán. "Bueno, no es lo catalán -dije yo- Exploraría con el mismo afán si esto fuera Galicia y no la conociera!". Sin embargo he de decir que Cataluña, hasta donde he visto, es una región preciosa, tiene valles y montañas a la sombra imponente de los Pirineos, tiene ciudades de enorme riqueza arquitectónica como Barcelona, Tarragóna o Gerona, y sobre todo tiene el Mediterráneo, el Mediterráneo que a mi más me gusta: el del pino que llega hasta la orilla del mar, el de la costa rocosa, casi montañosa, que une este lado occidental a la imagen que yo tengo del oriental, de pastores griegos que se asomaban asombrados al espejo azul del Egeo.

Esta es una vista del ocaso más allá de Gavà, visto a través de la ventana de mi despacho. En las tardes de invierno me quedaba trabajando a menudo, aburrido ante la idea de volver a casa y encontrarla vacía porque Cristina aún no había vuelto de su propio trabajo.



Mi compañero Jero (Jerónimo), con quien subí a la torre BGS del Centro de Control a inspecionar las antenas GPS de los servidores de tiempo una nublada mañana de primavera.

El equipo de fútbol de San Andreu sube a segunda división! Toma ya, esto es afición! La gente, como se ve, empieza a vestirse de corto, el verano se acerca. San Andreu es un barrio muy catalán -obsérvense los colores de su equipo!- pero no, pienso yo, muy catalanista. Al menos jamás he tenido el más minimo problema, ni con la gente ni con el idioma, y es mi barrio!. Me gusta vivir en San Andreu, es como un pequeño pueblo dentro de Barcelona.

Me sorprendió comprobar que , al menos en Barcelona, se celebraban las victorias de la selección española con tanta o más euforia que en otros sitios de España. Supongo que el buen amante del fútbol prefiere un buen partido de España, o del Numancia!, a uno malo del Barça, por muy culé que sea. En el Mundo Deportivo sacaron a Xavi en portada. En el Marca creo que ese día pusieron a Casillas. Nótese que el periódico está en castellano llano, llano.


Aquí el figura de mi amigo y compañero de despacho, Sergio, stratosergio, tocando con su grupo Angels of Mercy. Son realmente muy buenos, con un ligero problema de nervios cuando suben al escenario que ojalá superen pronto para poder oirles siempre tal y como suenan en la intimidad de sus ensayos.

Esta es la imagen de un pequeño punto en lo alto de una colina de Barcelona. La tomé hace sólo unos días. Se trata de un punto geodésico, un punto sobre el cual se colocaba un teodolito (intrumento de precisión para medir ángulos y distancias) y que, por su posición relativa a otro, a cierta distancia en la visual, permitía conocer la posición exacta (latitud,longitud, altura). Desde que se ha hecho extensivo el uso de satélites, ya no son por lo visto muy necesarios. Sin embargo, últimamente y no sé por qué razón, me los encuentro sin querer. Camino por la acera y , zas!, ahí encuentro una chincheta dorada con un número inscrito. Cruzo un puente sobre la vía férrea y, toma!, una plaquita indicando otro punto geodésico.
En realidad, la cosa empezó este verano, cuando pasaba unos días descansando en Benicasim y cogí la bicicleta para explorar el término de Oropesa y las "misteriosas" regiones más allá de Torre Bellver, donde la mayoría de los turistas no han llegado nunca. Y alcanzado el punto donde terminaba la carretera y no había otra solución, até la bici a un poste y me encontré subiendo unas escaleras de más de cien metros de desnivel, construidas sobre la roca viva. En lo alto todavía había algunas casas en construcción (el hombre moderno y su devastación) y, buscando alejarme lo más posible de ellas, me puse a ascender por una montaña rocosa, una estribación pelada que crecía y se prolongaba hacia el mar, por encima de él. Pues bien, allí, en lo más alto, a la sombra de un pequeño pino que se balanceaba sobre el vacío y miraba impertérrito la planicie azul del mar, encontré una chincheta dorada y un número grabado en ella. Y sentí que aquel punto era la referencia de algo, un lugar exacto en la superficie de la Tierra, señalado de forma humilde pero inequívoca. Y lo cierto es que desde entonces encuentro algo mágico en esos puntos, como un nexo con la astronomía, la arqueología e incluso las ciencias ocultas! (ay!, dios mío, César, ¿qué me has hecho?, pronto creeré en los ovnis!). No , en serio, cada uno de esos puntos es único, el lugar donde estuvo enterrado un tesoro o la clave aún viva para encontrarlo, un nodo de energía espacial, sólo conocido por druidas y mantenido por templarios...
En fin, que estoy desvariando y será mejor que me vaya a la cama. Aquí tienes, lector, un año en Barna.

lunes, 25 de agosto de 2008

Las bellas cosas

A veces escucha uno una melodía que le pellizca el alma. Suena inocentemente en una emisora de radio que nuestro aparato nunca capta con claridad, o va y viene en la banda sonora de una película mediocre de los años ochenta.
Pero la reacción es inmediata: se percata uno de que ahí hay algo, un pedazo de universo que deseamos atrapar, poseer, a toda costa, como sea. A menudo quien está a nuestro lado no entiende tanta ilusión, no puede comprender qué cuerda altamente sensible ha desplazado esa música en nuestro interior. Pero a nosotros no nos importa, el mecanismo se ha activado, la rueda ha girado y los goznes se quejan y crujen, emprenden el movimiento.
En cierta ocasión perseguí como un animal en celo la melodía de un anuncio de televisión: en tiempos anteriores a cualquier buscador de Internet, aguardé durante horas junto al televisor para recoger con un grabador barato apenas seis segundos de aquella melodía, con las voces de los actores entorpeciéndolo todo. Recorrí las mejores casas de discos de Madrid, con el grabador en la mano, obligando a los encargados a escuchar mi pésima “maqueta”. Llamé incluso a varias cadenas de televisión que emitían el anuncio haciéndome pasar por un alumno de una inexistente facultad de Publicidad e Imagen que necesitaba a toda costa acabar su proyecto de fin de carrera. Con todo, al final obtuve el nombre de la canción e incluso el autor, encontré el disco en cuestión, con nueve canciones más además de la deseada, y lo compré a un precio que hoy todavía me espanta. Cuando por fin introduje el CD en el reproductor y escuché la canción comprobé que, de los 3 minutos y pico que duraba, apenas quince segundos contenían la melodía que me arrebataba el corazón, el resto era un sonido mediocre que no quise volver a escuchar ni una sola vez.

La belleza, dice textualmente el diccionario de la Real Academia, es aquella propiedad en las cosas que nos hace amarlas. ¡Fantástica definición!, ¿no es así?, pues se deduce entonces que todo aquello que posee, al menos a nuestro parecer, esta propiedad de la belleza, necesariamente nos lleva a amarlo, y que todo aquello que alguna vez hemos amado tuvo, al menos en parte o durante un instante, algo de esta mágica y deslumbrante propiedad que es la belleza.
La bondad de una definición, como la de una ley física que se toma por cierta, se acostumbra a medir por su capacidad para continuar describiendo un único concepto cuando se modifica cualquiera de sus variables. Así es como entiendo yo que la Real Academia acierta en su definición de belleza: porque al redactar el primer párrafo de este texto, mientras escuchaba los quince primeros segundos de cierta canción olvidada, donde proyecté la idea de una “melodía” podría igualmente haber tratado de una película, de una mujer o de una fotografía, y nada, nada de lo dicho en ese párrafo, ni el descubrimiento del objeto amado, ni la búsqueda obsesiva, ni siquiera la triste pérdida del encanto inicial, nada hubiera tenido que reescribirse.
Cambia sólo lo que es bello, pero permanece su definición.

lunes, 18 de agosto de 2008

618 Km : un madrileño en Barna

Hace casi un año exacto, en la mañana del 13 de agosto de 2007, después de pagar la mitad de lo convenido a los chicos de la mudanza y supervisar como introducían mi querida moto en el pequeño camión que habían traído, di un último vistazo al apartamento desoladamente vacío donde había residido los últimos dos años, tomé mi maleta y cerré la puerta.

Seiscientos dieciocho kilómetros después, muy de madrugada porque soy de los que sin conducir deprisa se entretienen por el camino como si cada viaje fuera una pequeña aventura, la exploración de un territorio nuevo y desconocido, alcancé mi nueva residencia: un pequeño apartamento en un último piso del barrio barcelonés de Sant Andréu. Mi novia, que llevaba residiendo allí algo más de un mes, estaba en esos días de mediados de agosto con sus padres, en Castellón, y cuando aparqué el coche en una calle próxima y apagué el contacto, sabía que no habría nadie para recibirme. Quizá por esa razón o quizá por el cansancio acumulado, me quedé un rato allí sentado, con las ventanillas bajadas, sintiendo la noche fresca.
Algo me decía que el momento era trascendente, que en el instante en que abriera la puerta del coche y pusiera pie a tierra se consumaría el plan laboriosamente trazado dos meses antes. Así que repasé mentalmente la llamada de Aena ( “¿José Manuel?, Sí, buenos días, oye, enhorabuena, estás dentro” ) y las escapadas de fin de semana a Barcelona para buscar apartamento con la agencia de turno ( “¿No les gusta?, a pesar del aspecto les aseguro que con unos arreglos… se trata de un apartamento muy bien situado… Bien, no se preocupen, sé perfectamente lo que necesitan ustedes” ) y los tímidos reparos de mis padres, mis amigos, mi jefe, mi entorno en general, a mi nueva aventura laboral y vital ( “¿Estas seguro?, ¿a Barcelona?, mira que allí son…”).
Y al final lo había hecho, estaba allí sentado a las dos de la madrugada, a 618 kilómetros de familia, amigos, ex-jefe, y de toda una vida centrada en torno a esa ciudad castellana que me es tan querida, que fue escenario de reyes y emperadores, de rufianes y fugitivos, de combates a espada y rebeliones con navaja, de mil años de cañas y tapas y donde, como dice Sabina, el mar, simplemente, no se puede concebir.
http://diegocg.googlepages.com/Pongamos_que_hablo_de_Madrid.mp3

Sí, allí estaba, tan cansado del viaje como orgulloso de mi decisión. Y como quiera que siempre me he considerado un tipo abierto, tolerante, no creía en las predicciones agoreras de familiares y amigos, de locutores rabiosos en emisoras de orgullo patrio, sino en la capacidad y el derecho de cualquier hombre a viajar y establecerse en cualquier parte. Catalanes en Madrid o madrileños en Barna, ¿qué más da?: la vida toda es una gigantesca oportunidad y el mundo un lugar demasiado pequeño para trazar líneas divisorias que cierren el paso.
Así que subí las ventanillas, abrí la puerta, y puse el pie, a la vez con humildad y con orgullo, en tierras catalanas.

domingo, 17 de agosto de 2008

Hacia las Montañas Blancas

Siempre he tenido la sensación de que mi vida, mi aventura, empezó un día de madrugada, con las primeras luces del alba, mientras descendía con sigilo unas quejumbrosas escaleras de madera y el reloj del salón marcaba la hora exacta de mi huida, la silenciosa y velada despedida de mi familia y del mundo que conocía, para ganar el exterior y emprender el camino hacia unas lejanas montañas blancas.

Obviamente, en realidad no fue mi vida sino una novela que devoré ávidamente a los diez años de edad la que comenzaba de aquella manera. Y debo decir que ni siquiera es la más querida o mejor escrita de las novelas que haya leído pero, ya se sabe, lo que uno lee a los diez años… Así pues, he elegido el sencillo nombre del protagonista de aquella novela, “Las Montañas Blancas”, por lo que para mi tuvo de iniciática aquella primera escena, aquella huida, aunque fuera ficticia, que marcaba el inicio de una aventura a la vez deseada y temida, como deben ser todas las aventuras.
En la práctica, además, decidirme por este discreto personaje de esta humilde novela, me ha permitido espantar el fantasma de tener que encontrar un título para este blog con mayores pretensiones, uno que hipotéticamente me definiera, me representara, a mi o a mi vida hasta la fecha. Semejante tarea entrañaba una dificultad de tales proporciones que su sola perspectiva lograba marearme. ¿Debía escoger un nombre mitológico?, ¿uno de leyenda?, ¿uno que evocara mi mejor lectura o tal vez uno extraído de mis propios relatos?. El lector tal vez sienta curiosidad por saber qué otros nombres barajé, y finalmente deseché, antes de quedarme con el de Will Parker. Pues bien:

Humbert, por ser el seudónimo del protagonista de la que seguramente es la mejor novela que he leído: “Lolita”, de Vladimir Nabokov. Algún día, en este mismo blog, le dedicaré a esta novela todo un tema, y otro más a su autor. Todavía pienso que haber escogido ese nombre hubiera sido una especie de blasfemia, pero eso sólo indica la veneración que le tengo.
Winston, en honor a Orwell y su novela “1984”, un clásico que todo hombre debería leer antes de tener edad de votar. Lo deseché sin embargo por evocar una historia demasiado tétrica. Y es que quiero que este blog tenga, como mi vida, sabor a muchas cosas: nostalgia, alegría, melancolía, pasión.
Pirrip, escogido del protagonista de “Grandes Esperanzas”, de Dickens, y que para mi representa los avatares de la adolescencia y el primer y a veces absurdo amor cuya importancia vital no es sin embargo desdeñable.
Nessim, por ser uno de los actores principales de esas cuatro fantásticas novelas que recrean, como jamás lo harán otras, la vida de una ciudad portuaria y Ficticia (porque como dice Antonio Muñoz Molina: “Esa Alejandría nunca existió”), crisol de culturas y sentimientos, esencia del Mediterráneo, mi querido Mediterráneo.
Harlam, porque de nuevo protagoniza la mejor novela ( y ¿acaso la única bien escrita?) de Isaac Asimov, la primera de ciencia-ficción que leí, prestada por mi tío en aquel verano de 1990, y que acaso fue la responsable de que luego estudiara Físicas, aunque ahora que lo pienso no hizo el trabajo sóla: a ella le siguieron “Cita con Rama”, “Mundo Anillo”, “Solaris”, “Crónicas Marcianas”, “Música en la Sangre”, “Pórtico”, “Hyperion” y tantas otras que expandieron mi imaginación y despertaron en mi lo que Carl Sagan llamaba “sentido de la maravilla”, primera de las dos cualidades que debe poseer un hombre de ciencia. Para quien pueda interesarle, la segunda es el escepticismo.
Dravot, por Daniel Dravot, uno de los dos protagonistas de “El hombre que quiso ser rey”, un relato de Kipling que me dio una idea dulce de la necesidad que el hombre tiene de alcanzar la gloria y, con ella, la inmortalidad en la memoria de los otros hombres.
Morel, porque su invención no es técnica ni científica, sino eternamente nostálgica.
Montag, porque representa desaforadamente mi afecto por los libros, cuyo papel arde espontáneamente a la temperatura de 451 grados Fahrenheit.

Estos son sólo algunos de los nombres que primero pensé. Como se aprecia, todos los posibles que consideré provienen de una fuente literaria, ¿es esa mi única pasión, la literatura?: ¡ni mucho menos!, pero sí es cierto que admiro la palabra escrita por encima de otras muchas cosas y veo en ella y en sus protagonistas, en los autores y los personajes que viven entre sus líneas, la huella de lo inmortal, la mejor oportunidad de trascender las circunstancias personales del ser humano e ingresar para siempre en la humanidad. Durante un tiempo creí –debo confesarlo- que mediante la palabra escrita, la literatura, yo mismo podría alcanzar ese atisbo de inmortalidad. Ruego al lector me perdone, fui un necio, era sólo un muchacho. Y ha sido luego que el transcurrir de los años me ha hecho ver, afortunadamente para mí casi a un mismo tiempo, que ni necesito tanto ganar la eternidad ni soy la mitad de bueno escribiendo de lo que yo pensaba. Supongo que aceptar las limitaciones de uno es madurar, si bien debe ser el único aspecto en que lo he logrado, pues en todo lo demás soy un tipo casi infantiloide.
Así que, sepa el lector que también me interesan la ciencia, la política, el cine, la música o la historia, que me gusta Henry James, Dire Straits y la dinámica de fluidos, pero que nada más diré en esta introducción sobre mis pasiones. Simplemente espero que todas ellas salgan lentamente a la luz en este blog, pues no es otro que ese su objetivo.

Adelante, Will Parker, sal por la puerta, despacio, sin hacer ruido, y ahora corre, corre y gana el horizonte.